Ni aguantadero ni partido, peronismo

En su afán por conducir en un caos organizativo, el interventor del PJ no pierde oportunidad de dejar alguna frase destacada sobre la naturaleza del movimiento creado por Juan Perón.

Por Javier Boher
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Luis Barrionuevo está empecinado en acercar a las diversas caras del peronismo para hacer el debido contrapeso al presidente Macri. Aunque públicamente se manifiesta optimista sobre las posibilidades de que su partido frustre la reelección presidencial, la realidad demuestra que dicho objetivo es un tanto ambicioso.
En declaraciones a Radio La Red volvió a reflejar su rechazo al kirchnerismo, la carta de presentación para seducir a la ortodoxia del peronismo tradicional, el que se siente incómodo celebrando la épica y estética de la izquierda clasista.
Pretende estimular la fibra peronista que late en los corazones de los militantes, recuperando a un desgastado Juan Domingo Perón, durante años desplazado por el mito de Néstor Kirchner. Aunque se manifestó a favor del regreso de los cuadros kirchneristas al partido, rechazó enfáticamente la posibilidad de sentarse a negociar con Cristina Fernández.
En su autopercepción mesiánica no descarta llevar el orden a los peronismos provinciales que fueron derrotados el pasado octubre, en una especie de Revolución Cultural Peronista que depure al partido de aquellos que provienen desde otros movimientos.
Para ello quiere recuperar el dogma justicialista, relanzando las ramas que forjaron la pertenencia popular, mencionando específicamente a las 62 organizaciones y a la juventud peronista. Aunque los partidos precisan de órganos internos sanos para ejercer el poder, en este caso parecen más preocupados por recuperar carcasas vacías de significado que por generar nuevos significados que reúnan a la gente.
Salvando las distancias, el problema del peronismo es comparable al de la iglesia católica, que pierde fieles a manos de iglesias en las que se canta, baila y celebra desde el placer. Las instituciones se refundan o se refunden, no alcanza con aferrarse a la liturgia.
Pese a esas caricias para las bases, cuando apuntó contra la conducción de la última década dejó un nuevo testimonio de su capacidad de sincerarse. “Esto no era un partido político, era un aguantadero por donde se lo mire”.
La frase hizo las delicias del gorilaje criollo, ese antiperonismo en efervescencia que ha cristalizado electoralmente en los últimos años. Desde ese espacio, más de uno hubiese repreguntado al interventor del PJ por la situación actual. O la pasada.
La chicana fácil que podría emitir algún empedernido lector de Fernando Iglesias sería sobre hasta cuánto tiempo hacia atrás cubre la afirmación del gastronómico. Si uno no pone fechas, rápidamente pueden entrar en esa bolsa los atentados a la embajada y la AMIA, la voladura de la fábrica de Río Tercero, el caso Cabezas o el Corralón de Remes Lenicov.
No debe haber sido su punto.
¿Considerará Barrionuevo que hoy el PJ es un partido político, en contraposición al aguantadero que era antes?. La fragmentación hace que hoy no sea ni un partido, ni un aguantadero. Los caudillismos han sumergido al partido en un Stalingrado peronista en el que se pelea cada seccional o circuito para triunfar en el frente interno, casi sin importar las armas que se usen.
El justicialismo está en problemas si se lo piensa sólo desde el escudo, la marcha y los bombos. Quien conoce la historia sabe que se puede prescindir de esos elementos si existe un liderazgo claro. Por eso, a excepción de Perón y de Menem en sus segundos mandatos, ningún presidente peronista fue elegido por el sello puro del Partido Justicialista.
Al final, sólo una reflexión emana entre los que no confían en que la conducción del gastronómico traiga orden: ¿quién quiere el escudo cuando ya tiene el poder?.



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