Los consumidores sólo quieren pasarla bien

Todo el debate por las tarifas pretende poner al consumidor en el centro de la escena, pero el tironeo muestra una pelea entre mezquinas facciones que se olvidan de lo que espera el que paga las boletas cada mes.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Qué tristeza, amigo lector. ¿No está un poco cansado de las operetas que se come la gente? No le hablo de las famosas obleas, sino de cómo un simple debate por el aumento de tarifas puede ir mutando en otra cosa diferente. Hay personas que se aferran a la micromilitancia como perro callejero a pantalón de ciclista.
La semana pasada la vedette fue la suba de tarifas. Quizás si se lesionaba Messi o si se filtraba un video hot de Mirtha Legrand podíamos llegar a escuchar algo distinto, pero no tuvimos suerte (o sí, cada uno sabrá).
No faltó ninguna historia trágica: el jubilado que roba remedios porque no le alcanza para nada, la madre soltera que necesita tres sueldos para pagar lo que gasta el microondas por calentar la mamadera del bebé o el que se electrocutó colgando los ganchos porque está todo impagable.
Tanta fantasía política termina saturando a todo el mundo. Por algún mecanismo difícil de descifrar, la izquierda y el kirchnerismo sueñan con que la gente se canse de los aumentos, monte una guillotina en Plaza de Mayo y ejecute al presidente. Todavía no me queda claro si cambiar cortes de calles por cortes de cabezas es una evolución, pero al menos sería distinto.
El habitual onanismo revolucionario les impide ver en lo que degeneran los ejemplos que usan para ilustrar su campaña. Ya Goebbels sabía que cuando tenía que dar una mala noticia primero tenía que hacer correr el rumor de que la cosa iba a ser peor. Pese a todo lo que les copiaron, los compañeros nestoristas parecen olvidarse de esa maniobra.
Si uno escucha los argumentos de los opositores al gobierno, casi que junto a la boleta de servicios llega una banda de dotados señores como el famoso Negro de Whatsapp para sodomizar al consumidor. Como si te hicieran un service antes de pagar los servicios.
Después resulta que la gente recibe las boletas y no es tan grave, porque con todo el relato lastimero previó la situación y consumió menos o simplemente no le subieron el 1500% que repite la cadena de micromilitancia.
Es notable cómo algunos se olvidan de que en 2016 los aumentos fueron mucho más altos, con una inflación del doble que la de ahora, con más pobreza y más desocupación. En aquel entonces Arancurren tuvo que dar marcha atrás, hacer las audiencias públicas en las que había más anotados que en el ingreso a medicina y después desdoblar el pago de las boletas con un retroactivo a cuenta.
En 2017 también hubo aumentos, pataleos, marchas, encadenados e historias tristes de gente que no comía para poder pagar el gas. Después llegaron las elecciones y sorpresivamente al gobierno le fue mejor que en 2015. Tal vez para la gente los aumentos representaban un gasto menor que la corrupción.
Los principales detractores de Miauri parecen no acordarse cuando el invierno antes de la última elección presidencial (la que perdió el semental motonáutico) cruzaban los dedos para que no hiciera tanto frío, para que la gente no vaya a votar enojada porque el gas tenía menos presión que sifón vacío o porque había que entablar un duelo con facas para conseguir una garrafa barata.
Hasta ahora, Gatricio está tranquilo, jugando con un ovillo al que todavía le queda hilo. Los aumentos no lo han hecho perder tanto capital político, o al menos no en manos de nadie. Aunque cae su imagen, a esta altura le pasa a todos. Es como si la gente volviera a aquello de que no le cree a ninguno (y lo bien que hace).
Lógicamente las personas han aprendido a desconfiar de los que dicen que hoy tenemos que hacer algunos sacrificios para poder vivir mejor en el futuro. La Unión Soviética planteaba la misma restricción del consumo que el camarada Mauriciovich, y todos sabemos lo bien que resultó aquella experiencia.
Esa misma mentalidad soviética de protección de lo estatal es detrás de la que se escudan algunos vivos, como los empleados de EPEC, que apelan a la nostalgia y el romanticismo de las empresas públicas de los ‘40 para sostener sus privilegios. Mientras los consumidores se cuidan de no olvidarse una luz prendida, ellos no la pagan. Una reconexión por falta de pago capaz dura más de una semana, mientras que ellos tienen el plus de días de viaje si se van de vacaciones a más de 100km.
Antes de despedirnos, estimadísimo lector, vamos a haceruna pequeña reflexión para nuestros amigos amarillos.
Ítalo Calvino escribió un cuento titulado “Pasarla bien”. Allí relata que había un país en el que todo estaba prohibido salvo el juego de la billarda, el principal entretenimiento de la gente.
Un día el rey decidió levantar las restricciones, por lo que la gente podía hacer lo que quisiera. Ellos decidieron seguir jugando a la billarda. Entre sorprendido y enojado, el rey la prohibió.
Ese día el pueblo hizo la revolución y los mató a todos.
Aunque el costo económico de la política de subsidios del gobierno anterior era insostenible, el grueso de la gente no lo percibía. Se acostumbró a la ineficiencia, a los cortes, a la falta de presión, a que los empleados los maltraten. Pero también se acostumbró a pagar poco. Esa era su billarda.
Si el gobierno no resuelve su problema de inflación, los ajustes se van a repetir año tras año. Si se sostiene, algún día los consumidores se van a terminar por cansar, exigiendo recuperar su preciada billarda para poder volver a pasarla bien, aunque -tal como en el cuento- eso sea sólo una ilusión.



Dejar respuesta