Redescubrir el ritual de las revistas

“Coso” se titula la nueva publicación periódica cordobesa presentada el viernes, que intenta de un golpe (o dos golpes anuales) reunir textos y creaciones visuales para lectores ávidos de identidad cultural propia, que conviva con las normas actuales de formato y producción independiente.



Por Gabriel Abalos
gabrielabalos@gmx.com

La revista “Coso”, una apuesta a vencer la quietud del estanque.

Aun en la ciudad de los primeros números de revistas que no tuvieron continuidad, sacar una revista como Coso es una acción de impacto histórico. Aun como única edición –y ojalá todas las venideras mantengan esa cualidad- el lanzamiento del primer número de Coso constituyó la puesta a circular de un objeto casi aléphico, cuyas facetas iridiscentes componen un homenaje al sexo –o a la sexualidad, aunque suena más académico y Coso no lo es. Es una revista que toca en lo popular, pero no es popular. No es popular de la calle, sino de determinados círculos culturales.
El viernes por la noche parecía imposible entrar al España Córdoba, sobre todo porque la puerta estaba cerrada. Quien nos abrió parecía rebasado por la concurrencia y casi no nos deja pasar, pero, la verdad, se podía estar perfectamente cómodos repartiéndose en los patios de la casona. Era posible estar más lejos o más cerca del foco principal, que se desarrollaba en el patio trasero, donde muchos y muchas oían a autores y autoras leer sus textos publicados en Coso. Sinceramente, es mejor leerlos tranquilo que oírlos.
Pero el viernes era la fiesta de lanzamiento y, además del escenario principal, se cumplía otro precepto del evento, la juntada en círculos cambiantes de gente de la cultura: del arte, de la literatura, del periodismo y afines. Así, en pequeños círculos y encuentros más o menos breve, entre canciones de la Negra Marta, poemas y confesiones sobre la vida sexual, circulaba la satisfacción de ver aparecer una publicación periódica construida prácticamente de manera colectiva. La variedad que expone en su cuerpo la revista Coso, su especie de exceso de pólvora inaugural en un formato de libro casi, la hace atractiva. Una revista a la que siempre le queda algo por leer, y uno sabe de antemano que son textos que valdrá la pena leer, porque son de una verdadera crema de productores de contenido, además con notable autorreferencia local, e invitados de lujo.
Hacía tiempo que no se veía por estos pagos de tanta tradición en publicaciones periódicas una revista que ponga a disposición una precisa calada en el lenguaje, la cultura, la mentalidad, la diversidad, la iconografía, el ingenio cordobés que vibran en este mismo momento. Es como un compendio literario periodístico y visual de actualidad en formato resumido.
La publicación valora las notas amplias, confortables, tanto como textos pequeños y decidores.
Los contenidos no deben extenderse hasta una novela, por eso Juan Forn entrega a imprenta apuntes sobre una que no escribirá, primera parte. Ojalá continúe, porque está buena. Igualmente el cuento de Eugenia Almeida, tremendo cuento negro. Maestra.
Cerrando un momento la revista, para volver a mirar la tapa de Lucas Aguirre, contada adentro por Demian Orosz lo que se ve propone un viaje desde la superficie hasta el detalle. Es una flor hecha de cuerpos sin rostro que en su torbellino parecen obedecer el mandato sobre qué hacer si se acaba el mundo.
Y así es: la revista en general ha preferido que su primer pique sea en la arena del sexo, tema al que dedican sus visiones interiores los invitados, ya sea narradores como poetas, cronistas como ilustradores. Las excepciones son esos dos magníficos textos literarios (y a propósito, notamos que Coso carece de sumario, una lástima); más la hermosa nota que le dedicó Flavio Lo Presti al poeta Vicente Luy -cuya luz parece verse mejor en la añoranza, que en vida, ya que lo rodeaba una extrema aura oscura-, y la que dedica Gonzalo Toledo a un editor referencial como fue Diego Cortés. Y una nota que se aproxima a la ministra Patricia Bullrich (la nota más “de coyuntura” de la revista) escrita por Pablo Waisberg. También se cuenta una indagación fotográfica por Eduardo Soteras de los bailes de cuarteto de ciudad de Córdoba.
Hay anécdotas sexuales, recuerdos, fantasías, indagaciones. De estas últimas hay un par que vale mencionar: la nota de Lucas Asmar Moreno sobre las “teteras”, puntos de encuentro entre hombres para sexo rápido en la ciudad y en los suburbios. Una búsqueda de la historia, de los hábitos, de la marginalidad, incluso de la decadencia. Un recorrido por lo sórdido y a la vez lo urgente. Y también hay un turismo por telos de la ciudad, otra versión de los sitios para acucios sexuales, escrita y vivida por Alejo Gómez.
Mencionar los nombres de todos los colaboradores sería un plomo: cabe mencionar a algunos otros que aportan alguna faceta de la temática del sexo, como Esther Díaz, Mariela Laudecina, Juliana Rodríguez Salvador, Mariano Blatt, Alejo Gómez Jacobo, Federico Bianchini, Fran González Brizuela, Agostina Parisi y a artistas visuales y fotógrafos como Lucas Aguirre, Nacha Vollenweider, Luis Fernández Alle, Sebastián Salguero, Dani Leoni y Eduardo Soteras. Hora French cede un dibujo suyo referido a Ficción, la muestra que está presentando en el Museo Caraffa.
El Staff de Coso es encabezado por el editor responsable Juan D’Alessandro y el secretario de redacción Waldo Cebrero. El director de fotografía es Eduardo Soteras, el asesor artístico es Lucas Aguirre y la edición estuvo a cargo de Waldo Cebrero, Juan Carrá, Flavio Lo Presti y Juan D’Alessandro. La edita Editorial Recovecos.
Una revista de 168 páginas y casi cincuenta colaboradores textuales y visuales, con frecuencia bianual como se proyecta, es para paladear paso a paso, sin el apuro de que la aparición de la siguiente decrete el vencimiento de la pasada.
Ni siquiera se admite el apuro con vistas a tener que hacer una reseña de Coso. También nos guardamos textos para seguir leyendo y descubriendo.



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