El show de los diputados y las tarifas

Con la gente mostrando su cansancio por los aumentos, oficialismo y oposición han decidido actuar al respecto para no perder la oportunidad del momento.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Sin mayores variaciones, los diversos sondeos de opinión demuestran mes a mes que las preocupaciones de los argentinos se concentran en los mismos temas de siempre, con la inseguridad y la inflación llegando al podio. Ayer fue la sesión impulsada por la oposición en diputados para tratar la suba de tarifas, elemento fundamental para el tema del momento.
Pese al acuerdo generalizado de que los aumentos están empezando a cansar a los consumidores, desde el gobierno están convencidos de que el camino de la normalización tarifaria es fundamental para la recuperación. Por tal motivo es que el Jefe de Gabinete y el Presidente salieron a respaldar los aumentos, resaltando la necesidad económica de hacerlo.
Ante esto, el bloque oficialista sigue demostrando sus disidencias. Exponentes del radicalismo y la Coalición Cívica se refirieron al tema de manera mucho menos positiva que los representantes del ejecutivo nacional. Sin romper con el trazo grueso del macrismo, tampoco lo aceptaron acríticamente.
Para algunos la movida obedece a quitarle el protagonismo mediático a la verdadera oposición, es decir a aquellos que intentaron conseguir el quórum para sesionar en el día de ayer. Eso explicaría que los diputados oficialistas que cuestionaron las subas de tarifas finalmente no bajaron a dar el debate en el recinto.
El único miembro del interbloque de Cambiemos que se prestó para intentar sesionar fue el salteño Alfredo Olmedo, el polémico diputado que adoptó el amarillo como una marca propia desde antes que el PRO se convirtiera en una fuerza nacional.
Luego de casi una hora de espera -ya que el quórum les era esquivo- el diputado se retiró del recinto, lo que desató la furia -sobreactuada- de los opositores que estaban esperando para debatir. La diputada Camaño fustigó el rol de Monzó por no esperar unos minutos más.
Se puede entender la puesta de escena si se piensa en los desprevenidos que no suelen andar muy cerca de la política cotidiana. Pero escuchar a la diputada del massismo recordar que alguna vez se esperó hasta ocho horas para tener quórum es una tomada de pelo para lo que pasó en el último diciembre, con un escándalo demencial por el tratamiento de la reforma previsional.
En aquel momento, la oposición reclamó el tiempo cumplido con los nervios y la presión de los que no pueden regalar ni un minuto, llegando incluso a retirarle el micrófono a Emilio Monzó. Así como entonces le reclamaban al presidente de la cámara que cumpla con el horario, ayer le pedían que lo ignorara.
Más allá de la discusión por agregar o quitar minutos a la espera, quizás se deba destacar la debilidad de la oposición y la endeblez de su estrategia legislativa para la ocasión. Que todo su poder de fuego caiga por la partida de un diputado de un monobloque provincial no sólo desmerece la labor opositora sino que además contribuye a que el gobierno acreciente la confianza en su propias capacidades.
Gran parte de los análisis que se hacen desde octubre de 2015 resaltan alto el hecho de que el oficialismo está en minoría en ambas cámaras, lo que lo obliga a negociar cada ley, poniéndolo en situación de debilidad.
Quizás los analistas deban replantearse gran parte de los supuestos bajo los cuales ha funcionado la política argentina hasta hoy, al menos si se tiene en cuenta la victoria que logró el oficialismo para aprobar las reformas en diciembre y la posibilidad de voltear una sesión sobre un tema que en esta época del año -cuando se negocian paritarias y se ajustan tarifas- es central en la agenda.
Quizás el desempeño legislativo de muchos de los diputados -que muchas veces deliberan usando argumentos infantiles, falaces o absurdos- no justifique la afirmación de que deberían ganar el triple, tal como aseguró el jefe del bloque de diputados del PRO Nicolás Massot.
De lo que no hay dudas es que si nos guiamos por su capacidad de sobreactuación, con la que le ponen las notas de dramatismo y emoción a algo tan aburrido como el debate parlamentario, quizás Massot esté en lo correcto.



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