Picos de odio a los masones

La intolerancia oscurecía unos días de junio de 1871 en Córdoba. Se exteriorizaban aversiones contra los extranjeros, sospechados todos de masones y enemigos de la iglesia por fieles fanatizados.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Honoré Daumier, “El levantamiento”, 1860.

En el fragor de un enfrentamiento que encontraba su punto máximo de batalla ideológica en los periódicos, originado en un brote de intolerancia católica local contra la masonería, extensiva a los extranjeros en general, el diario El Progreso que dirigía Ramón Gil Navarro se había puesto a la cabeza de la defensa de la libertad de pensamiento y de prácticas y creencias, un gesto claramente liberal. Era junio de 1871 y venían, El Progreso y la redacción católica de los Vélez, El Eco de Córdoba, desafiándose en una batalla discursiva en torno a recientes episodios en la ciudad, que denotaban un denso oscurantismo ciudadano. Participaban como actores del debate los sectores políticos, la universidad, la iglesia. Sus coros estaban en los cafés, en el club, en las plazas. Las asociaciones de extranjeros radicados en Córdoba aportaron su punto de vista y, por supuesto, el periodismo teñía con signos distintos la percepción social del asunto, a la vez que era caja de resonancia para el debate nacional del tema, un episodio de la guerra de clericalismo contra el liberalismo.
El foco de este apunte está puesto en el marco de ese debate, y en particular en un episodio en el que tuvieron participación jóvenes colegiales del Seminario de Loreto, en cuyo colegio realizaban estudios preparatorios futuros seminaristas que vivían y estudiaban allí.
El 24 de junio de 1871, El Progreso formulaba del siguiente modo la situación, tras una festividad católica que había tenido lugar unos días atrás, al cumplirse 25 años del pontificado de Pío Nono:
“¿Cómo? Con motivo del jubileo del Santo Padre, se vociferan amenazas de muerte contra los extranjeros y esto en pleno siglo XIX cuando de todas partes nos vemos rodeados por ello, cuando ellos nos enseñan a trabajar y nos hacen cooperar a los grandes beneficios de de sus conocimientos.
Es triste el decirle: las escenas del 21 darán muy luego sus frutos amargos.
Si el extranjero no tiene garantías morales y materiales, si se le impide el derecho de libertad de conciencia nunca jamás le tendremos entre nosotros.
Quedaremos reducidos a nuestros propios recursos.
Mas no, esto es imposible.
Lo que sucedió el miércoles no es la obra de la población sana y sensata de Córdoba, sino la de algunos hombres que explotan el fanatismo y especulan sobre la ignorancia.
Sin embargo cualquiera que fuese la causa del escándalo a que nos referimos, la población extranjera está dolorosa y justamente indignada.
(…)
“Nos han dicho que el señor Don Agustín Garzón en casa del Ilmo. Señor Obispo y en presencia de una numerosa turba había lanzado mueras a los masones.
Pero hay algo más grave todavía: en el seminario o sea Colegio de Loreto, nos han dicho que se ha pronunciado una alocución en donde se pronunciaron los mismos gritos.
El que la pronunció fue nada menos, que un catedrático del Colegio Nacional de Monserrat, el Dr. D. Julio Rodríguez. Le creíamos con más talento.
Y esos son profesores, pagados por el Gobierno General para enseñar a la juventud.”
La acusación que enuncia El Progreso sobre los colegiales del Seminario de Loreto no caerá en saco roto. Entretanto, un cuadro interesante del sentimiento de aquellos días lo aporta un colaborador, un extranjero que ha venido por unas pocas jornadas y que tuvo ocasión de palpar el clima en ocasión de la fiesta de Corpus Christi, que coincidía con el cuarto de siglo del papado de Pío IX.
“Vine a Córdoba con el principal objeto de admirar su hermosura y pintorescas montañas, y conocer al mismo tiempo a los frailes vivos, pues, a mis años, no los había visto por todo el mundo si no pintados, y por eso preferí ver aquí la procesión del Corpus. Llevo muchas cosas que contar por esas tierras de Dios. He visto el retrato de Pio, Papa IX, en un altar, en la plaza, rodeado de velas de cera, más alto todavía que el Cristo Crucificado. Mucho fraile, muchas viejas, estaban de rodillas ante el santo vivo. Al otro lado del altar había un santo muerto. Un cura refunfuñón y mofletudo me echó un réspice en la procesión, porque tenía en la mano un cigarrillo apagado, y él llevaba un incensario prendido. Vi a un distraído extranjero en la puerta del hotel de París, a quien un soldado le iba a atizar un sendo culatazo, por iniciativa clerical, porque estaba inclinado, en vez de arrodillado; y vi tanto y tanto, que no lo creyera si me lo contaran de un país republicano.
Voyme, pues, y a vd. no le pesará, a otras regiones donde no aspire tanto incienso, donde no vea tanto vocinglero campanario.”
El diario insiste en la siguiente edición respecto a la acusación que había lanzado El Progreso contra algunos estudiantes del Colegio de Loreto. Esta vez lo hace desde otra sección, la de las gacetillas, que era en general el área de recreación del diario, ya fuera con humor “universal” como con toques locales. En este caso, está ausente el tono jocoso y se refuerza una acusación más personalizada y puntual sobre el episodio de los estudiantes.
Esto pone el gacetillero del Progreso, que firmaba como “Monje” y puede que se tratase del propio Gil Navarro:
“Varios Colegiales del Colegio de Loreto
Antenoche en la solemnización del año vigésimo quinto del Pontificado de Pío IX hemos con profundo sentimiento oído a varios de estos señores dar gritos de mueran los herejes masones.
Esta es una infamia señores colegiales, y un arma innoble que sólo demuestra barbarie y estupidez.
¡Qué hermoso ejemplo de cultura y de civilización el que dan al pueblo!
Pero no es extraño, la cabra tira al monte. El que dio primero los gritos era un colegial Silvestre, es decir huazo
Señor Silvestre eso no es más que tirar carambola con efecto contrario y acreditarse de lo que es: ¡¡¡ESTÚPIDO!!!
Lo mismo decimos de los que lo acompañaron.”
La acusación del Progreso será recogida y respondida, para empezar, por el rector del Seminario, Uladislao Castellano, presto a limpiar la foja de los alumnos aludidos por la nota de El Progreso. También lo hará a título personal uno de los estudiantes.



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