La policía de internet vuelve a la carga

Amnistía Internacional parece olvidar que la libertad de expresión es un derecho humano fundamental y respalda a los que perdieron el monopolio de la información.

Por Javier Boher
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internetSuena reiterativo, pero en el mundo de las redes sociales parece que hay que insistir más que nunca: la libertad de expresión es un derecho humano fundamental, base de los derechos políticos que se consagraron con las revoluciones burguesas.
Amnistía Internacional es una organización reconocida por su histórica posición a favor de la democracia y opuesta a todas las formas de autoritarismo. Por eso sorprende el informe que se difundió en los últimos días.
En el mismo se trabaja la idea de que existen ciertas prácticas de hostigamiento hacia periodistas y activistas políticos que plantean ruido o incomodidades al discurso del gobierno. Según los que adhieren a la tesis de la organización, estos personajes deberían ser sostenidos, defendidos, venerados por ser una especie de voz de la conciencia en una sociedad obnubilada.
Según Amnistía, un ejército de “trolls” (como se conoce a los usuarios agresivos) y “bots” (programas desarrollados para simular ser una persona) pretende imponer un única versión que asfixie las alternativas esbozadas por los opositores. Aunque aquellos puedan ayudar a manipular la opinión pública, reducirla a eso es infantil.
El primer sesgo del informe es que sólo tiene en cuenta una cuestión unidireccional, no considera a los que son hostigados por quienes están en la oposición. Lo plantea como si exigirle al gobierno fuese lo correcto, mientras que pedirle credibilidad a los periodistas fuese acoso.
Parecen olvidar que para ellos se terminó la época de la inexistencia de los archivos: deben recuperar el prestigio de su nombre para sobrevivir en la sobreabundancia informativa.
Aunque no les guste, la crítica no es por sí misma una amenaza. Lo que asusta es el número de gente que lo hace. Hoy las redes permiten un feedback o devolución que antes no existía. Al que antes no le gustaba una nota lo hablaba con los amigos en el bar. Hoy puede escribirle al autor.
La gente en redes sociales no tiene filtros, por eso asusta. Se descarga de sus problemas cotidianos con aquellos que se oponen a sus ideas. No todos se dan cuenta de eso y piden protección.
Pretender prohibir a los internautas criticar a los periodistas es tan ridículo como prohibir a un votante criticar a un político. O prohibir a un futbolero que critique a un jugador que no le gusta.
Messi ha sufrido el acoso de más de un periodista deportivo y nunca ha salido a llorar para que los censuren. Sale y juega. Les cierra la boca con actuaciones soberbias. No pretende que la gente sólo abra la boca para alimentar su soberbia, el sueño de algunos de los aludidos.
El informe de Amnistía conlleva el germen de fascismo que es tan común en internet. El que no controla el discurso pretende controlar la plataforma. Es contradictorio con el habitual discurso de la organización, que rescata el rol democratizador de las redes en países autoritarios, por ser un espacio libre de regulaciones.
El llanto de Amnistía se ampara en que las noticias falsas han poblado internet, alejando a la gente menos informada de lo que realmente se esconde detrás de lo que se lee o se ve. Ahí debería aparecer el respaldo del que hace periodismo en serio.
Lo que no dice el informe es que muchas de las críticas recibidas por los mencionados en él corresponde al período de la desaparición de Maldonado, en el que operaron (o eligieron creer) por algunos informes falsos con los que se pretendía demostrar la culpabilidad del Estado en la desaparición.
Si el problema son la masividad, el anonimato y el hostigamiento de las redes sociales, muchos harían bien en preguntarse qué posición tienen respecto al “hit del verano” que tantas veces fue coreado en las canchas, porque casualmente la liberad de expresión parece existir solamente cuando a algunos los toca de cerca
Pese a todo, hay que ser cuidadosos de no defender el ensañamiento con el que opina diferente, porque se puede caer en la tiranía de la mayoría que tanto preocupó a Tocqueville cuando visitó el Estados Unidos del siglo XIX: una ilusión de democracia en la que se oprime al que cuestiona desde fuera de los límites acordados.