La isla peronista

Schiaretti es uno de los principales militantes en esta línea de acción. En forma contemporánea a las expresiones del senador insistió que, si pretende convertirse otra vez en una alternativa de poder, el PJ debe dejar atrás a los K.

Por Pablo Esteban Dávila

“El peronismo de Córdoba es distinto al de otras provincias”, sostuvo ayer el senador Carlos Caserio ante los micrófonos de Cadena 3. Sus declaraciones estuvieron orientadas a diferenciarse de la cumbre -nominalmente justicialista- desarrollada en San Luis el pasado fin de semana bajo los auspicios del gobernador puntano Alberto Rodríguez Saá.
En rigor, Caserio no dijo nada nuevo. Hace rato que el peronismo cordobés transita un camino propio, a menudo divergente de sus parientes nacionales. En el poder provincial desde hace ya 20 años, fue forzado a distanciarse de la conducción partidaria durante las administraciones kirchneristas, períodos en los cuales se le negó fondos y ayuda financiera para sus acciones de gobierno.
Esta discriminación tuvo un efecto paradójico. Inicialmente pensada para doblegar a los díscolos José Manuel de la Sota y Juan Schiaretti, terminó fortaleciéndolos ante Cristina Kirchner y sus corifeos, al tiempo que los instaló en el escenario nacional como los pocos (sino lo únicos) que se atrevían a plantar bandera frente a las desmesuras de la Casa Rosada.
Tanto el exgobernador como el actual aprovecharon la coyuntura que les fue impuesta para reeditar la vieja imagen de isla política con la cual Eduardo César Angeloz se hizo conocido a finales de los ‘80. El radical se había ganado fama de administrador eficiente, a contrapelo de los colosales problemas económicos que enfrentaba, sin éxito, su correligionario Raúl Alfonsín. Esta particularidad tecnocrática lo hizo merecedor de la candidatura presidencial del radicalismo, que se batió contra la fórmula Menem – Duhalde en 1989.
Aunque los intentos de Angeloz por presentarse como una alternativa cabalmente diferente naufragaron, sugerentemente, por los desaguisados de gestión cometidos durante su tercer mandato, la idea de insularidad provincial quedó firmemente arraigada en la clase política y el electorado cordobés.
El altamente probable que esta noción sea una forma de cohonestar el hecho de que Córdoba se encuentre rodeada por tierra y no por mar -una suerte de negación psicológica de la realidad- pero debe reconocerse que ha demostrado tener una real eficacia desde una perspectiva política. No obstante que el término “isla” haya caído en desuso (coherentemente con la debacle de su ideólogo originario) los sucesivos intentos de mantener el concepto a flote han sido permanentes y exitosos.
Su reexpresión semántica más cercana en el tiempo fue la de “cordobesismo”, una línea de pensamiento comarcal lanzada por De la Sota tras haber sido ungido gobernador por tercera vez en 2011.A diferencia de las grandes filosofías políticas, el cordobesismo tuvo, en su origen, un destinatario preciso: los propios ciudadanos provinciales, elevados a la categoría de sujeto histórico contra los intentos reaccionarios del kirchnerismo por arrancarles su dignidad y sus derechos. Este programa, asaz estrecho, tuvo el mérito de convertirse en quizá el único relato resistente a la hegemonía que, por aquel tiempo, practicaba el gobierno central. Muchos argentinos, fundamentalmente de clase media y habitantes de grandes ciudades, se sintieron de algún modo emparentados con los peronistas cordobeses que se animaban a ser opositores sin morir en el intento.
Esta tradición es la que invoca ahora Caserio para impugnar las credenciales de la cumbre peronista puntana y para impulsar un nuevo encuentro, esta vez en Entre Ríos, del peronismo “republicano”, convenientemente representado por la liga de gobernadores de la cual Schiaretti funge como un primus inter pares.
La contracumbre impulsada por el senador no tiene en principio pretensiones de exclusividad, pero todo hace presuponer que su acceso no será ni libre ni gratuito. “No nos vamos a amontonar” -aclaró prudentemente Caserio, para de inmediato enfatizar el criterio: “el amontonamiento no sirve para nada”, un imagen que, a su entender, sintetiza la variopinta colección de dirigentes que se dieron cita en Villa Mercedes.
No es un secreto que el justicialismo cordobés impulsa una agenda de discriminación positiva contra el kirchnerismo nacional, montado en el prestigio adquirido tras años de guerrilla política. Salvo los Rodríguez Saa y Alicia Kirchner, el resto del peronismo territorial está de acuerdo con esta exclusión, en el que quizá constituya el único consenso real alcanzado por este espacio.
Schiaretti es uno de los principales militantes en esta línea de acción. En forma contemporánea a las expresiones del senador insistió que, si pretende convertirse otra vez en una alternativa de poder, el PJ debe dejar atrás a los K. La presencia en San Luis de muchos de los seguidores de Cristina fue el motivo por el cual el gobernador declinó tempranamente de aceptar cualquier invitación. Caserio resumió brutalmente el pensamiento de su jefe político: “esta es una foto que no ayuda al peronismo para regresar al gobierno”.
La gran pregunta que sobrevuela el volátil escenario justicialista es si la insularidad cordobesa -que tanto rédito generó para De la Sota y Schiaretti en el pasado cercano- servirá también para estructurar en su derredor una alternativa de largo plazo y competitiva a la de Cambiemos. Es un hecho que siempre resulta complicada la transición desde perspectivas estrictamente territoriales hacia discursos generalistas, desde la resistencia hacia la acción afirmativa. Muchos políticos, no sólo los mediterráneos, suelen quedar empantanados en esta metamorfosis que, a menudo, es la que marca la diferencia entre el éxito y el fracaso.
En este sentido, tanto Caserio como Schiaretti deberán convencer a sus pares, en Entre Ríos o donde fuere, que la excepcionalidad cordobesa, antes que un programa, es un símbolo de que hay banderas que no pueden ser arriadas, aunque tácticamente convenga hacerlo. Es harto difícil que la mentalidad peronista, eminentemente pragmática, pueda aceptar sinceramente este principio. Pero debería intentarlo: el tiempo corre y los K no durarán por siempre. Cuando ya no sean una alternativa viable -como el cuco de los niños pequeños que, cuando crecen, pierde su entidad maligna-surgirá una miríada de compañeros desconcertados preguntándose unos a otros sobre cómo diablos harán, en adelante, para diferenciarse políticamente.