El misterioso prestigio de la estupidez

Frecuentemente el oyente o el lector, que puede ser un poco más o un poco menos culto, se queda con la sensación de que el idioma que ha escuchado o leído es inaccesible.



Por Daniel Gentile

Recientemente e Luis Juez fue designado por el gobierno nacional al frente de un nuevo e importante cargo: Director del Instituto de Capacitación Política (ICP). La norma que crea este organismo señala que sus funciones consisten en “generar contenidos y espacios de transferencia de conocimiento referidos a la esfera y dinámica políticas, con el fin de brindar herramientas de análisis y prácticas que permitan y favorezcan acciones e intervenciones sobre la realidad para mejorarla y para avanzar cotidianamente en una mayor calidad y profundización de la democracia”.
El tema de esta nota no es Juez ni su nuevo puesto público; ni siquiera analizar la mayor o menor importancia del trabajo que se le ha encomendado.
Por el contrario, me ha impresionado el parágrafo descriptivo de las funciones que deberá asumir. Mi primer pensamiento fue para los locutores que debieron dar la noticia que incluía la explicación del objetivo del ICP. Podrían haber fallecido por falta de aire en medio de la parrafada.
Pensé luego que podría haberse prescindido del artículo del decreto que detalla los fines del Instituto, pues su nombre parece no requerir explicación. Acto seguido, comprendí que en realidad para el redactor de esa norma, más importante que hacerse entender era construir esa jeringoza, que probablemente le demandó bastante tiempo, y quizás creyó que lo justificaría para siempre ante sus pares en ese cenáculo de escritores difíciles.
¿Qué extraño designio mueve a muchos funcionarios, comunicadores, políticos, analistas, a expresarse de esta forma?
¿Qué misterioso motivo los lleva a hablar y escribir en este idioma incomprensible, cuya característica más evidente es la abundancia de palabras que parecen dar a quien las pronuncia una incuestionable patente de intelectual?
Esta jerga es probablemente un subproducto de esa cosa que nadie sabe qué es, pero que colma de elegancia intelectual a quienes la mencionan: la posmodernidad.
Si bien el párrafo inicial que ha inspirado esta nota pertenece a un decreto tan inofensivo como ideológicamente incoloro, está claro que este lenguaje es el medio de comunicación obligado de las corrientes de izquierda que se han apoderado de Occidente, las que conforman el nuevo establishment, en especial el feminismo.
Por eso, como bien ha señalado el lúcido pensador Stephen Katz, para hablar en “posmoderno” hay que ser especialista en diversos “prejuicios”: racismo, sexismo, pero sobre todo, experto en “falocentrismo”.
Dos paradojas salen a la luz. La primera es que, siendo este dialecto un instrumento de una secta política, ha terminado contaminando a todos, incluso a quienes pueden ser sus enemigos. La otra es que, estando destinada esta herramienta a ser un instrumento de lucha de quienes avanzan imponiendo su dogma, los que la utilizan deberían extremar su accesibilidad, su alcance universal, sus posibilidades de llegar a todos para convencer. Sin embargo, la característica más notoria de este lenguaje para iniciados es la oscuridad, casi la tiniebla, la acumulación de neologismos que quieren significar muchas cosas y frecuentemente terminan significando nada.
Hay palabras de uso obligatorio. Algunas, más o menos “neutras”, otras altamente ideologizadas. “Visibilizar”, “invisibilizar”, “diversidad”, “inclusión”, “multiculturalismo”, “heteronormatividad”, “falocentrismo”, “deconstrucción”, “género”, “empoderamiento”,“heterocapitalismo”, “identitario”. Y si sigo la lista me quedo sin espacio para argumentar.
Es curioso observar cómo las personas menos aptas para expresarse son las primeras en adoptar con entusiasmo la jerga de moda, como si sus palabras, la mayoría de horrible sonoridad, suplieran su incapacidad para elaborar con fluidez pensamientos más o menos claros.
Frecuentemente el oyente o el lector, que puede ser un poco más o un poco menos culto, se queda con la sensación de que el idioma que ha escuchado o leído es inaccesible. Muchas veces este es el resultado lógico de un discurso que está destinado a no decir nada, como el párrafo del decreto que quiere explicar los fines del ICP; en otras ocasiones, sin embargo, el orador o el escritor se ha propuesto hacer una arenga política virulenta, con el resultado, lamentable para él, de que entre sus ideas y sus destinatarios se ha interpuesto el dialecto de moda.
Esta jerga decadente, inventada por personas que carecen de la más mínima sensibilidad para las palabras, suele producir un triple efecto. Dota a quienes la utilizan de un incomprensible prestigio, dificulta hasta extremos inimaginables la inteligencia de los textos, y termina afeando nuestro idioma casi hasta su destrucción. Quizás esto último sea el propósito no declarado de los que han pergeñado el dialecto.



1 Comentario

  1. El Padre de la Guestalt, Frist Perls, probablemente consideraria a ese “monton” de palabras como “caca de elefante”. Tambièn es muy probable que haya sido diseñada por algùn abogado o sociologo, en la creencia de que la abundancia de conceptos le reditúa una IMAGEN de importancia mayora que la que el titulo del Instituto sugiere. Lo importante es que ese INSTITUTO, mas allá de la persona de Juez, debe ser importante para FORMAR A POLITICOS que pretenden ser electivos y ser parte del ESTADO. Vemos como las carencias de muchos Legisladores,Concejales, lleva a tener una multitud de “asesores” o mas burdamente responder al mandato de . “Vos no te preocupes, nosotros te vamos a decir cuando tenes que levantar la mano o apretar tal o cual botón”. La POLITICA necesita de POLITICOS FORMADOS, CON CAPACIDAD DE DISCERNIMIENTO Y DIGNOS por si mismo, y no como tìteres del partido que sea.

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