La vara más alta

Quizás el maestro en el arte de la mímesis, el músico progresivo que mejor comprendió hacia dónde había que dirigirse en los años ochenta, haya sido Phil Collins, el artista que se presentará esta noche en el estadio de Instituto y que, a más de treinta años de su consagración solista, sigue convocando multitudes.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Veinte años después de la era dorada del rock, la década del ochenta encontró muy despeinados a algunos de los viejos ídolos, que tuvieron que desplazar el eje de su estilo para no quedar definitivamente fuera de foco. Es que el pop tomó el timón y puso proa con rumbo a la música más entradora y sencilla, algo que muchos de las anteriores camadas habían repudiado en otras épocas. De hecho, la evolución del rock llevó en los años setenta a una mayor complejidad en las composiciones y a una cuota superior de virtuosismo. Pero el punk hizo tabla rasa con esa tendencia y hubo que barajar y dar de nuevo.
Así, encontramos bandas de blues y rock psicodélico como Fleetwood Mac y Jefferson Starship, convertidos en favoritos de la frecuencia modulada. Y a un adalid de la música progresiva como el grupo Yes, recauchutado a nuevo para pelear un lugar en los charts de ventas. O a jóvenes prodigios de la canción renacidos en un papel de cantantes de moda, como Gino Vanelli o Steve Winwood. El aggiornamento se generalizó y, de a poco, estas figuras de antaño se mimetizaron con los nuevos valores, hasta formar un colectivo compacto y homogéneo.
En la Argentina, apelaron a ese mismo procedimiento Miguel Abuelo, Charly García, Raúl Porchetto y Miguel Cantilo, todos ellos campeones de la etapa fundadora del rock nacional, que después de remontar una carrera fuera de los márgenes de la industria, conectaron con el público masivo apelando a esas frases matadoras y a esas composiciones con punch que antes hubieran defenestrado por “comerciales”. El universo se edulcoraba y quien pretendiera mantenerse en sus trece, se arriesgaba a perder el tren y a quedarse aferrado a los pergaminos que alguna vez supo cosechar, pero que iban reduciendo su valor a ritmo creciente.
A algunos les fue mejor que a otros en esa reconversión. Incluso no faltaron los que prefirieron hacer una pausa y esperar que el viento soplara a su favor, como muchas bandas de hard rock que recuperaron envión en la segunda mitad de los ochenta, cuando el suceso de Bon Jovi, Def Leppard y Guns N’Roses reflotó un género que había atravesado un hiato desde finales de la década del setenta. Varios fueron los que intentaron renovarse y no lo consiguieron, sobre todo porque el cambio quedaba demasiado en evidencia y terminaba resultado poco creíble, sobre todo para el público más joven.
Quizás el maestro en el arte de la mímesis, el que mejor comprendió hacia dónde había que dirigirse, haya sido Phil Collins. Conocido como baterista del grupo Genesis, asumió el liderazgo de esa banda de rock sinfónico cuando se produjo la partida del cantante Peter Gabriel. Muy pocos creían que iba a poder mantener a flote el prestigio de esa formación británica, pero Collins no sólo logró esa proeza, sino que además contribuyó a que la banda coqueteara con los hits radiofónicos, una vertiente que no había transitado antes de que el batero se pusiera a la cabeza del proyecto.
A propósito del show que brindará esta noche en el estadio de Instituto, es pertinente recordar que Phil Collins fue uno de los abanderados en ese proceso de adaptación al que aceptaron someterse muchos de los próceres del rock antiguo, para entrar en el envase del pop moderno. Y que su bagaje de experiencia como parte de aquellos complejos arrebatos creativos de sus comienzos, enriquecieron el panorama ochentoso y elevaron la vara para los nuevos ídolos que ingresaban al ruedo con la idea de competir con él. Tal vez ese haya sido el rol que mejor le cabe a un músico que, más de treinta años después, sigue convocando multitudes.



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