Cambiemos empezó a timbrear la campaña

Después de un desgastante 2017 en el que el gobierno nacional se alzó con el triunfo en las elecciones de medio término, arrancó la campaña de cara a 2019, con una gran incógnita en Córdoba.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Casi seis meses desde la victoria que borró los fantasmas sobre la posibilidad de no terminar su mandato, la maquinaria política que responde al presidente Macri se movilizó en su estrategia pseudo evangelista de visitar los hogares llevando “la palabra”.
Los timbreos aparecieron como una práctica exótica en el mundo de la política argentina, más acostumbrada a los actos en los que se moviliza a la gente hacia el lugar de reunión con el político del momento.
El ejercicio de que la casta política se dirija a los hogares plebeyos -cuando la historia indica que siempre se exigió a los creyentes que acudan al templo- fue considerada una cuestión de inexperiencia sobre el funcionamiento de la política.
Cuando la ola evangelizadora demostró que se había convertido en una fuerza nacional, ya era tarde para ponerle un freno. Así, todos salieron a imitarla.
El fin de semana pasado, tras unas vacaciones en su misión peregrina, los políticos cambiemitas retomaron la senda que los lleva a las elecciones 2019.
La premura tiene su razón de ser. Faltan menos de 100 días para el Mundial de Rusia, que sin dudas será el tema más importante promediando el año -que incluso podría extenderse si sorpresivamente Argentina resultara vencedora en la contienda-.
La idea del gobierno es tener la mayoría de las candidaturas definidas para cuando finalice la cita ecuménica. El cronograma indica que menos de un año después deben oficializarse las candidaturas para competir en las PASO, que serán en agosto.
Si a eso se le suma la libertad para manejar el cronograma que tienen intendentes y gobernadores, los estrategas cambiemitas no quieren dejar nada librado al azar en su camino a la hegemonía. En algunos distritos, porque se han planteado objetivos demasiado ambiciosos (como en el caso del conurbano bonaerense). En otros, por la danza de nombres que puede dificultar la elección (como el caso de Córdoba).
Definir los candidatos cuando en el otro bando todavía no hay ni siquiera figuras emergentes que estén dispuestas a polarizar con el gobierno puede ayudar a instalar la idea de la inevitabilidad del triunfo macrista.
Los múltiples peronismos que existen no logran recuperar su estructura verticalista de conducción única. Pese a que algunos ya están anotados para competir por sus territorios, es difícil creer que quieran pegar las elecciones a las nacionales, por la casi segura relección del presidente.
La falta de un liderazgo claro dificulta el armado nacional justicialista, que se ve obstaculizado por los diversos municipalismos o provincialismos que no quieren arriesgar su cuota de poder -con mucho sentido común-.
Con la campaña en marcha, Cambiemos pretende acelerar el proceso de selección. Mientras en la mayoría de los distritos hay acuerdo (porque tienen una sola bala para el duelo), en Córdoba la tensión es palpable.
Las múltiples facciones que afectan a cada uno de los partidos que conforman la coalición nacional hace que haya casi media docena de precandidatos para cada tramo.
Los operadores están haciendo sus jugadas para llegar a fin de año con los acuerdos cerrados, para complacer al presidente y facilitar la tarea de posicionamiento.
En la provincia que llevó a Macri a la presidencia algunos parecen olvidar que los votos le pertenecen al líder del espacio. Desde otro lado, algunos creen que para ser candidato alcanza sólo con el favor presidencial, pese a que a los votos los cuidan los fiscales.
Mal que les pese, si pretenden desplazar a Unión por Córdoba del poder deben acordar. Porque si ninguno cediera, una doble candidatura los dejaría lejos de poder imitar aquella exitosa estrategia de las dos canastas que supo usar el kirchnerismo, a la vez que abriría una grieta en el dogma cambiemita que tanto ha cultivado el macrismo.



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