Francisco tiene poco para celebrar en su aniversario de Papado

En una semana de aniversarios, ayer se cumplieron cinco años desde que Jorge Bergoglio tomó su nueva identidad de Papa Francisco. Amado y odiado, nadie es totalmente indiferente a su figura.

Por Javier Boher
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Es fácil recordar la manera en la que fue atacado por el kirchnerismo gobernante al iniciar su papado. Todo cambió por el rápido movimiento de la ex presidenta Cristina de Kirchner, que supo entender que el choque no era lo que le convenía de cara a las elecciones que tendrían lugar ese año.
Todavía se repite en algunos lugares la teoría que esbozó Luis D’Elía antes de plegarse a la línea que bajó la ex presidenta. Según sus profundos conocimientos de geopolítica y control de masas, la figura de Francisco sería utilizada para quebrar el avance de la hermandad latinoamericana.
A su entender, Bergoglio sería al bolivarianismo lo que el polaco Juan Pablo II fue al comunismo que gobernaba en Europa del Este, un elemento que apelara a identidades previas a la consolidación de un proyecto político disruptivo.
Si todavía alguien puede pensar que algún tipo de conspiración mundial operó detrás de eso para que Estados Unidos gane la Guerra Fría, probablemente ha de haber recibido su educación en las aulas en las que D’Elía ejerció como maestro.
Quizás aquello obedeció más a una necesidad puntual de una iglesia que se enfrentaba al avance del ateísmo en Europa del Este, así como ya hace más de dos décadas se enfrenta al avance de cristianismos alternativos en América Latina.
No se puede negar que -en términos concretos- Bergoglio es el argentino que más alto ha llegado en cargos de importancia mundial. Por más que Maradona o Messi se hayan reinado en el mundo del fútbol, lo cierto es que ninguno es rey de un Estado europeo, que como comunidad espiritual representa a más de 1000 millones de personas.
Sus seguidores creen que su figura es necesaria para balancear los desequilibrios en los que se ve sumergido el mundo. Según ellos, todo tiempo pasado fue mejor -o al menos más simple, por la existencia de certezas que no se cuestionaban-.
La irrupción carismática del argentino en el trono de Pedro es vivida de distintas formas. Algunos creen que llevará a una renovación de los dogmas. Otros, que finalmente nada cambiará. Los menos, que se adaptará a lo que le garantice un crecimiento en el número de fieles.
Sobre esto, basta pensar en sus idas y vueltas para condenar la pedofilia. Es un crimen aberrante, pero los oculta en el Vaticano. Va en contra de la doctrina de la iglesia, pero al arrepentirse son alcanzados por el perdón divino. A cada uno le dice lo que quiere escuchar.
Asumió como el iluminado que encabezaría la oposición al kirchnerismo, imagen que se diluyó rápidamente al ser encumbrado como el líder espiritual de los pueblos latinoamericanos. Hoy muchos lo ubican como el principal opositor al gobierno, manejando los tiempos políticos con habilidad.
No es una cuestión de rechazo a Macri -aunque todavía no digiera que el presidente no frenó el matrimonio igualitario en sus tiempos de Jefe de Gobierno- lo que lo lleva a ser su contrapeso.
En última instancia, Francisco vela por los intereses de su comunidad, por mantener inalterada su influencia en la política (a través de engendros legales como el proyecto de adopción prenatal presentado por la diputada Campagnoli).
En esa tensión entre Estado e iglesia, algunos pretenden ver un Bergoglio conciliador, cuando la realidad demuestra otra cosa. El impulso del gobierno al proyecto de despenalización del aborto apunta a golpear el corazón de esa alianza tácita con los movimientos sociales.
Lo que en algún punto busca el gobierno es obligar al Papa a salir de la ambigüedad en la que se maneja permanentemente. Pretende que se pronuncie de manera explícita sobre el tema y encare -con mucha más fuerza- una oposición más abierta a Macri y Compañía (aunque a esto lo haga a través de sus voceros).
De alguna manera esperan sacarlo de su zona de confort, esa por la que no logró su cometido de ampliar la base de creyentes. Porque la gente no necesita ambigüedades de sus líderes espirituales, necesita certezas, algo que el Papa hasta ahora no les ha dado.