Los riesgos de empoderar a los que no se controla

La muerte de un niño tucumano en manos de la policía desnuda los límites de la política de seguridad del gobierno nacional, que alienta algo que no puede controlar.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Mientras las estadísticas demuestran que en los últimos años se registra un descenso de los homicidios y los robos, una porción importante del país permanece conmocionada por la muerte de un menor de edad el pasado jueves en Tucumán.
Dentro de la lógica de la oposición más férrea al gobierno nacional, hay un plan de disciplinamiento de la disidencia a través de la violencia del Estado. En un mundo de posverdades, cualquier relato coherente es tomado por cierto.
Tal como pasó con el caso Maldonado, Chocobar o el caso de Rafael Nahuel, algunas personas han determinado la culpabilidad de los uniformados, aunque las pruebas no apunten hacia ellos directamente (o en absoluto).
El caso de Tucumán tene numerosos ingredientes para convertirlo en una nueva bandera de resistencia al gobierno. El muerto no es más que un niño, que en la mente de sus vengadores de redes sociales estaba en condiciones de crecer hasta convertirse en un ser maravilloso.
El contexto de su muerte es el del relato de la épica de la resistencia contra una autoridad que rozaría el autoritarismo, en una provincia en la que dejó de irradiar su luz la filantropía de la hoy presa Milagro Sala, que influía desde la cercana Jujuy.
Pero la realidad es otra. Es la de las versiones cruzadas sobre lo que estaban haciendo los menores, las redes de delincuencia y narcotráfico del norte argentino o el clientelismo feudal de algunos gobernadores.
Tucumán es la tierra de la independencia, aunque usar cualquier palabra que se asocie a la libertad junto con Tucumán es casi un oxímoron.
Allí transucrrió el más sangriento intento de guerrilla rural junto con el inicio de su exterminio.
Fue el reino del “Malevo” Ferreyra, comisario conocido por su brutalidad para imponer su autoridad. Por esas vueltas de la vida, su hijo es el hombre fuerte de la cárcel de Villa Urquiza… pero desde detrás de las rejas.
Es la provincia en la que un ministro de salud falsificaba las estadísticas sobre mortalidad infantil para aparentar una buena gestión de servicios sanitarios. Pese a eso, por la implementación del “exitoso” modelo tucumano fue premiado con el ministerio de salud de la nación.
Algunos años después alcanzó la gobernación en una elección con denuncias de fraude. Pese a todo, continúa en el cargo y es el principal responsable del accionar de la cuestionada policía de Tucumán.
El empoderamiento de las fuerzas de seguridad es una condición necesaria para garantizar la convivencia tranquila en cualquier lugar del mundo. El riesgo que se asume es el de darle poder a instituciones que no están capacitadas, con integrantes sobre los que muchas veces recaen fuertes cuestionamientos éticos o morales.
Pese a la insistencia del riesgo de avalar el accionar de las fuerzas de seguridad de manera irrestricta -tal como argumentó la ministra Bullrich a raíz del caso Nahuel- la situación es peor si se tiene en cuenta que el control sobre las policías provinciales no le corresponde en absoluto a los que hacen esa encendida defensa de los uniformados.
Por eso la situación se ha tornado caótica, con una política de seguridad impulsada por un gobierno que en última instancia no puede controlar su implementación en el territorio, tal como quedó demostrado con el bochornoso caso de la escuela de policía de La Rioja.
Las cosas están cambiando en materia de seguridad. Mientras algunas personas cuestionan el endurecimiento de los controles y el intento de desbaratar ciertas redes que operan en nuestro país, una parte importante de la población sigue demandando más seguridad.
Pese a que todo el mundo puede estar de acuerdo en la importancia de mejorar la educación como incentivo para eliminar la delincuencia, sólo eso no es suficiente.
En un país en el que las cosas hace años que no funcionan, creer que abriendo escuelas se limpian las calles de delincuentes es tan ingenuo como creer que la única forma de dar seguridad es poniendo a policías que le disparen a cualquier cosa en las calles.
Ninguna por sí sola resuelve el problema, pero ninguna debe fallar para poder resolverlo efectivamente.



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