Ciclos sin respetar

El jueves pasado, en Pétalos de Sol, se presentó el guitarrista del grupo Virus, Marcelo Moura. Se equivocan quienes supongan que el auditorio estaba compuesto por cuarentones emocionados. La mayoría eran veinteañeros que no habían nacido cuando esos temas sonaron por primera vez en la FM.



Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

De forma cíclica, la cultura rock va en rescate del pasado, respetando, casi siempre, un periodo ventana entre el presente y la etapa pretérita a la que se va a rendir tributo. Así, generalizando, podría decirse que en los años setenta se rescató al rocanrol de la década del cincuenta, en los ochenta se recicló la ebullición creativa de la del sesenta, en los noventa se revalorizó el rock sureño de la del setenta, en los dos mil se evocó aquel pop industrializado de la del ochenta y en la actualidad se verifica un revival de aquella impronta bailable y hiphopera de los noventa.
Después de que se advirtió que este proceso empezaba a repetirse, surgió una duda que todavía no tiene respuesta. ¿Se trata de una costumbre espontánea, que responde a la necesidad del público más joven de –por ejemplo- decantar la influencia que ha tenido sobre sus gustos musicales la generación de sus padres? ¿O responde a una manipulación ejercida por la industria discográfica, que apela a este mecanismo para refrescar su catálogo y mantener la vigencia de las figuras que fueron imbatibles veinte años antes y que, por razones lógicas, empiezan a perder contemporaneidad y comienzan a ser desplazadas?
Aunque estas preguntas no tengan aún la posibilidad de ser respondidas de manera contundente, lo más atinado sería pensar que se da una especie de conjunción de causas, entre la vocación recordatoria del mercado (adultos que sienten nostalgia por sus años mozos y les transmiten esa inquietud a sus hijos) y un mandato consumista que se expande gracias a técnicas de marketing y que se masifica a través de los canales de difusión que, en otra época, eran bastante acotados y manipulables: la prensa especializada, las radios del top 40 y las cadenas de videos como la, en un tiempo, insaciable MTV.
Pero la realidad que se palpa en estos días, cuando las plataformas de streaming (Youtube, Spotify, Apple Music y todas las demás) ofrecen al usuario la chance de acceder a cualquier registro musical de la época y del lugar que se le ocurra, podría contradecir esa regla de oro que obligaba a remontarse a las modas de veinte años atrás. Y tal vez la gente esté empezando a elegir de manera aleatoria hacia dónde va a enfocar sus antenas, en la tarea de procurarse canciones del pasado que mantengan intacta su capacidad de emocionar y despertar empatía.
El jueves pasado, en Pétalos de Sol, se presentó el guitarrista (y, a la muerte de Federico Moura, cantante) del grupo Virus, Marcelo Moura. En un espectáculo minimal, en el que estuvo acompañado por pistas pregrabadas, su guitarra y una cantante, recorrió un repertorio que no sólo abarcó los clásicos de esa banda que él integró desde su origen, sino que además se extendió hacia los hits ochentosos de otros nombres del rock nacional, como Soda Stéreo, Los Twist o Los Enanitos Verdes. Una eficaz presentación que consigue arribar a su objetivo: entretener al público e invitarlo a hacer coros todo el tiempo.
Quienes supongan que el auditorio estaba compuesto por cuarentones emocionados se equivoca de cabo a rabo. La mayoría eran veinteañeros que distaban mucho de haber nacido cuando esos temas sonaban en los rankings de la frecuencia modulada. Y ese dato obliga a preguntarse si no serán los ochenta un imán destinado a romper la tradición de la nostalgia, y si no estarán condenados a que una y otra vez el gusto popular vuelva a tomarlos como referencia. Frente a una carencia de estilos nuevos que sacudan el panorama, tal vez a los jóvenes ya no los satisfaga retrotraer sus relojes a la década del noventa y resuelvan atrasarlos otros diez años más.



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