Los diez años de la 125

Se cumple una década desde el conflicto que selló el destino de la política argentina, enterrando al kirchnerismo y engendrando a Cambiemos.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

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Foto: Pato Belver

¡Felicidades, amigo lector!. Se cumplen diez años del Conflicto del Campo, que terminó por darle forma a las líneas del kirchnerismo hardcore, con su distintivo sello de vulgaridad nacional y popular.
Piense en qué estaba haciendo hace diez años. La mayoría de los adultos recordamos cómo era nuestra vida por aquel entonces.
Aunque tengamos esa facilidad para acordarnos qué hacíamos, por ahí algunos nombres se nos escapan. Piense en los nombres de los 9 diputados electos por Córdoba el año pasado y va a ver cómo me da la razón.
Lo invito a volver un par de años hacia atrás en mi DeLorean, bajo el riesgo de escuchar el hit de 2008 “Las pibas quieren cha cha” en lugar del “Johnny B. Goode” de Chuck Berry.
Con cabeza de almacenero, el nestornauta sabía que por la recomposición del consumo iba a aumentar la demanda de importados. Es lógico: no hay sustitución de importaciones que valga cuando todos prefieren un whisky escocés cualquiera en lugar de un Criadores. Así con todo.
Con su mirada poco común, con algunos cráneos decidieron innovar para juntar algunos pesos. Como los productos del campo cotizaban más que Maradona después del mundial ‘86, hacia allá fueron por la moneda.
Con la prepotencia de William Brown -su reconocido Secretario de Comercio Interior- trataron de punguearle más del 60% de la producción a los ruralistas. Se sentían imbatibles, como el que recién entra al boliche con las expectativas intactas de que esa noche levanta.
Imposible relatar en detalle la cronología del conflicto, porque fue más largo que el tiempo de descuento que le dieron a Boca, así que lo vamos a dejar corto como minifalda de enana.
La resolución genera piquetes. El gobierno no negocia. Confiado en los números, lo manda al parlamento. Pasa cómodo Diputados y se lo voltean en Senadores. Festeja el campo, llora el gobierno.
Repasando los nombres de entoces, es lógico que el peronismo en todas sus formas haya perdido en Provincia de Buenos Aires el año pasado.
Cabeza visible en el enfrentamiento, la ex primera mandataria fue la que habló de la soja como un yuyo, de los piquetes de la abundancia y del lock-out patronal, como si hubiese encontrado algún decálogo de la revista Crisis que le había quedado de su paso por la universidad.
Esas elogiosas palabras a la ruralidad le vinieron bárbaro para que los bonaerenses la voten… a Graciela Ocaña más que a ella.
Alberto Fernandez -el del bigote chico- era Jefe de Gabinete de Cristina durante la crisis. Fue el armador de Sergio De-La-Gente desde 2013 hasta el año pasado. Casualmente el tigrense fue quien lo reemplazó en aquel cargo en el gobierno de la señora. Rarísimo que no ganaran en ningún lado.
Floro de los trenes era Ministro del Interior y denunciaba que todo era por plata. Bueno, tenía razón. Pero para él eso era malo y criticaba al campo.
Por último, el ex motonauta, ex vicepresidente, derrotado candidato presidencial en 2015, hoy diputado y en aquel entonces gobernador de Buenos Aires Daniel Scioli.
Repasando los nombres es impresionante el esfuerzo por no ganar. Menos arrastre que pickup 504 con GNC.

¿Y los otros?
Macri recién estaba arrancando su gobierno, que era de lo poco que en ese momento desafiaba -siendo muy generoso con el término- la hegemonía kirchnerista. Nada hacía imaginar que un par de años después sería presidente. Era como pensar que Argentino Peñarol pueda ganar la Copa Argentina.
Con el diario del lunes, ya entonces se dedicaba a ir juntando a los rotos.
En 2003 compitió contra el Recrear de Lopez Murphy en Capital y le ganó a ‘la 14’ Bullrich. En 2005 se aliaron. En 2009 lo absorbieron. Chau picho.
Después del conflicto del campo, sumó al desdentado Alfredo De Angeli, a Ricardo Buryaile y varios ruralistas más a sus filas.
Para los radicales fue algo parecido. En 2007 el Morales autóctono fue candidato a vice de Lavagna y presidente de la UCR durante el conflicto. Cobos era el vice de Cristina y autor del “no positivo” que puso fin al entredicho. Ambos resistieron el acuerdo en 2015, pero igual terminaron adentro.
En camino a 2019, parece que quiere convertirse en un Justin Trudeau del Cono Sur, con su agenda para recoger a los progresistas que no se identifican con las variantes sectarias que le ofrece un mercado electoral saturado de Del Caños y Stolbizers, entre los que está el exministro de de economía durante el conflicto, Tincho Lousteau.
Diez años después, casi nadie hace autocrítica del conflicto. El kirchnerismo se radicalizó, pero ya había encontrado un límite. La oposición estalló hasta que pasó Miauri recogiendo heridos.
¿Se imagina si se terminaba por imponer la escuela de Hugo Moyano -que pretendía ir a romper piquetes- o la de Lucho D’Elía -que quedó inmortalizado por su trompada al ruralista-?
Ya entonces en la cabeza de los futuros votantes de Macri la imagen era esa: un triunfo del kirchnerismo era la llegada de un ejército rojo de “choriplaneros”, comandado por militantes millonarios, sin ocupación acorde a su fortuna y alejados del mundo productivo. Eso le allanó el camino.
Lamentablemente, amigo lector, hasta ahí llegamos. Mi DeLorean no nos puede llevar al futuro para saber qué viene. Así que a esperar y ver qué pasa.



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