La agenda femenina de Macri puede hacer historia

El desconcierto dentro de este sector, variopinto y de ninguna manera homogéneo, es tan grande que, en las masivas manifestaciones de ayer, no hubo ningún reproche ni cántico contra presidente, como sí hubiera sucedido de no haberse conocido públicamente su posición sobre estos grandes temas.



Pablo Esteban Dávila

macriJusto es decir que Mauricio Macri sorprendió con su discurso de inauguración de la Asamblea Legislativa del pasado 1 de marzo. Sin embargo, pocos advirtieron que el decálogo de acciones que expuso ante los legisladores estaba destinado a convertirse en una hoja de ruta política disruptiva, de la clase que, en 2004, propuso Néstor Kirchner con su política de Derechos Humanos.
En clave marxista, el presidente optó por un sujeto histórico: la mujer. Primero lo hizo invitando a un debate institucional sobre el aborto; luego, mediante el anuncio de un proyecto de ley de equiparación salarial entre géneros. ¿Es el colectivo femenino el nuevo motor de la historia? Para Macri lo es.
Su lectura es correcta, y se encuentra potenciada por los imperativos de la época. A más de un observador le habrá impresionado, en su momento, las masivas adhesiones a la consigna “ni una menos”, que permitió visibilizar situaciones terribles que, en demasiados casos, terminan con la vida de una mujer. A modo de cascada, este tema empujó a otros y terminó agregándose en agenda de género que, en buena medida y gracias al sentido de oportunidad del gobierno, se ha transformado en una auténtica política oficial.
Las reivindicaciones femeninas tiene una particularidad: atraviesan transversalmente a la sociedad y, en grandes proporciones, son apropiadas también por los hombres, mayoritariamente refractarios a las conductas machistas. Esto no supone, por supuesto, unanimidad. El tema del aborto dividirá aguas sin importar convicciones políticas o nivel socioeconómico, pero es importante –y en esto sí existe un fuerte consenso– que se debata a fondo y sin condicionamientos.
Macri también está atento al riesgo de la chapucería. Cuando el expresidente Kirchner hizo de los Derechos Humanos el norte de su administración, buena parte de la opinión pública expresó su simpatía hacia la iniciativa. Pero, con el tiempo, lo que se invocaba como verdad y justicia terminó siendo un negocio que giraba en torno a octogenarios en juicios públicos cuyo final estaba cantado, esto sin contar el sesgo que el discurso oficial terminó por imprimirle al asunto. Una cosa era procurar condenas pendientes por delitos de lesa humanidad (que no era otra cosa que continuar el camino iniciado por Raúl Alfonsín) y otra muy distinta reivindicar la violencia armada de los setenta, como finalmente terminó ocurriendo para disgusto de muchos sectores bienintencionados.
Este riesgo parece estar contenido, al menos en las formas. El gobierno auspicia el debate sobre el aborto, pero no milita a favor del aborto en sí. Aún más, buena parte del gabinete se manifiesta en contra. Sin embargo, parece estar dispuesto a aceptar lo que ocurra en el congreso, suceda lo que suceda y más allá de las opiniones predominantes en el gabinete. Es un hecho que presidente y sus principales espadas se han cuidado de identificarse con las corrientes feministas más extremas, aunque no tendrán inconvenientes en que éstas se expresen con la libertad que deseen durante todo el proceso.
Otra cosa es el proyecto de equiparación salarial. Dejando de lado el hecho de que el mercado no siempre respeta el principio de “igual remuneración por igual tarea” –en definitiva, el trabajo es un precio sujeto a oferta y demanda, aunque muchas veces se lo ignore en forma voluntarista– lo cierto es que existen diferencias apreciables en los salarios según se trate de un hombre o de una mujer. Tampoco pueden soslayarse otras propuestas también insertas en del proyecto oficial. En este sentido es interesante observar las propuestas de extender las licencias por paternidad y tratamientos de fertilidad, y la consistente en barrer con cualquier tipo de discriminación basada en “tareas penosas, peligrosas o insalubres”.
Corregir esto, o al menos intentarlo, es un resorte legal y, por lo tanto, una iniciativa política. ¿Quién podría estar en desacuerdo? Le cupo a Macri, un presidente de centro-derecha, llevarla adelante. No es exagerado decir que es uno de los más importantes anuncios de género desde la instauración del voto femenino en 1951, pues no se trata sólo de intenciones correctas, sino de acciones concretas destinadas a uno de los bienes más tangibles de cualquier sociedad: las condiciones salariales y del trabajo.
No deja de tener su costado paradójico. Durante largos diez años, el país estuvo sujeto a un relato nominalmente progresista y de izquierda, que soslayó estos temas sin motivo aparente. ¿O alguien se hubiera sorprendido que Cristina, que permanentemente utilizaba su condición de mujer para victimizarse, impulsara reivindicaciones feministas? No obstante no lo hizo, y permitió que su sucesor tomara hábilmente la posta discursiva.
Podría juzgarse extraño que alguien como Macri se muestre tan proactivo en temas tradicionalmente monopolizados por la izquierda, pero debe decirse que estos son prejuicios. Abordar seriamente el tema de los derechos de la mujer o la problemática de la violencia de género no tiene que ver con la posición que se ocupe en los extremos del espectro político. La izquierda lo ha hecho como forma de rebeldía ante los órdenes sociales y económicos de las sociedades capitalistas, pero ha preferido ignorar el hecho de que, en los regímenes islámicos o en los comunistas residuales (Cuba o Corea del Norte, por ejemplo) la misoginia es la regla y la mujer se encuentra sometida física y legalmente al hombre. Como sostiene Juan José Sebreli, “los posmodernos predican un multiculturalismo aparentemente igualitario, pero privilegian las culturas extra-occidentales con el pretexto de ser oprimidas por el imperialismo occidental”. Los movimientos feministas serían brutalmente reprimidos en Arabia Saudita o en Irán.
Por lo tanto, el presidente ha hecho gala de la mejor tradición liberal y del progreso, que es tratar de enmendar situaciones de injusticia o inequidad por vía de la ley. Aunque justo es decir que, en un país atravesado por los estereotipos y los prejuicios, su movida ha pegado de lleno en el corazón del progresismo, supuesto protector de las minorías y los oprimidos.
El desconcierto dentro de este sector, variopinto y de ninguna manera homogéneo, es tan grande que, en las masivas manifestaciones de ayer, no hubo ningún reproche ni cántico contra presidente, como sí hubiera sucedido de no haberse conocido públicamente su posición sobre estos grandes temas.
Quién podría haberlo dicho: en el medio de una economía que no quiere despegar y sus discusiones con el empresariado, el Día Internacional de la Mujer le ha sentado a Macri como anillo al dedo, aprovechándolo como el político más consumado y dispuesto a hacer historia.



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