Mirada al Colegio de Huérfanas en 1858

Un diario cordobés se ocupa, apenas iniciada la segunda mitad del siglo XIX, de la más antigua institución educativa para mujeres que existió en Córdoba, fundada por fray José Antonio de San Alberto en 1782.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

El edificio del antiguo Colegio de Niñas Huérfanas, hoy Museo San Alberto. (Foto: Viaja por Córdoba)

La publicación periódica El Diario, en enero de 1858, dedicaba algunas páginas a la situación del Colegio de educandas o de huérfanas, como se conocía a mediados del siglo XIX la vieja institución cordobesa que fue el primer Colegio de mujeres fundado en Córdoba y uno de los primeros del Río de la Plata. La iniciativa fue concretada en abril de 1782 por el obispo de Tucumán, fray José Antonio de San Alberto, con el nombre de Real Casa de niñas huérfanas y señoritas nobles, en el solar que había sido antes residencia de los estudiantes del Monserrat (hoy Museo San Alberto, en Caseros 124).
Aquella institución estuvo destinada a brindar instrucción a las niñas de adineradas familias españolas, junto a mestizas y mulatas de origen humilde. Su existencia atravesó los años hasta el último tercio del siglo XIX, y a lo largo de 80 vueltas al sol fue el único Colegio de mujeres con que contó Córdoba.
Para la época en que El Diario se ocupa del Colegio, habían acontecido muchas novedades en el territorio de lo que era el Virreinato del Río de la Plata, ya que en medio se desarmó el orden colonial y comenzó a regir en la nueva República un poder autónomo del poder español y también equidistante de la previa influencia del clero. En 1811 se abrió una clase para niñas pardas, y en 1825, “la Junta Protectora de Escuelas informaba al Gobernador Juan Bautista Bustos que en el Colegio de Huérfanas funcionaba una escuela de enseñanza pública, gratuita, dividida en dos secciones: la primera de ‘niñas blancas’ a cargo de la Vice Rectora Beata Petrona de San Luis Calderón, sin sueldo, con un número de 57 alumnas; la segunda ‘de pardas o de castas’, regenteada por Mercedes del Santísimo Sacramento Matos con 46 alumnas. Las dos secciones estaban bajo la supervisión de la Madre Rectora María del Rosario de San Agustín Nir” (Liliana de Denaro, Primicias de la educación femenina, Córdoba 2004).
La nota de 1858 daba cuenta de que “las personas que han conseguido visitarle con permiso especial de S. S. Ilma. han tenido motivo de elogiar el asiduo y curioso trabajo de los hermosos bordados como la propiedad artística de las flores de mano que sin saber el dibujo hacen esas virtuosas criaturas que le habitan, echándose de menos este arte y alguna otra aplicación más útil que se haría de él como ser las innumerables que tiene en las artes industriales. Falta la gramática, aritmética, la música, la botánica que es de necesidad su enseñanza para plantear el progreso de nuestra principal riqueza que es la agricultura, y el comercio, aprovechándose de este modo los varios jardines y huertos que ya posee al favor de su buena noria, donde pudieran crearse las plantas más selectas y útiles de nuestro suelo, y las flores más bellas que sirviesen de muestras originales para el diseño e imitación de ellas.”
El periódico cordobés, de clara postura liberal, hacía su aporte crítico a la necesidad de modificar la enseñanza abierta a una nueva etapa histórica en aquella segunda mitad de siglo recién iniciada. Afirmaba que “en un colegio de huérfanos, no debe faltar la enseñanza de la tecnología, que comprende la ciencia de las artes industriales, para que sus alumnos salgan de allí con algún arte u oficio. No es únicamente la escasez de brazos la causa de nuestra proverbial pobreza es el defecto de nuestra educación, el de nuestras instituciones cívicas que la reglan y la dirigen.”
Y abogaba encarar dichas modificaciones, ya que “necesitamos pues, cambiar el plan y constituciones de esa casa de huérfanos, dirigiendo la educación e instrucción de sus alumnos hacia una profesión necesaria y útil a la sociedad y ventajosa al individuo que la ejerza, según su clase. A la comisión de Escuelas toca hacer las indicaciones del cambio de ese plan de estudios, al Gobierno Secular poner en práctica las que sean de su aprobación, sin pérdida de tiempo.”
Ya puesto a desarrollar el tema, el columnista (prácticamente un editorialista anticipado) se ocupa de manifestar una dura detracción contra los tiempos en que el clero regía la educación, sin ahorrar críticas al giro histórico producido luego: “Siendo la educación la cuestión que encierra en sí los destinos de los pueblos y de los gobiernos, porque ella abraza la organización social toda entera, ha tenido en todo tiempo y en todas partes la misma importancia, considerada en sí misma, y por eso los gobiernos y la iglesia o los corrillos influyentes de sus órdenes religiosas se han disputado el poder de dirigirla y subordinarla hacia sus miras particulares, para hacerla servir en provecho de su política; y en uno y otro caso cuando se han tocado los extremos ha sido consiguientemente funesta a los progresos del espíritu humano, perdiendo sucesivamente su valor absoluto, para entrar en el dominio de esas teorías cuyo triunfo se disputaban los dos poderes, haciendo la Iglesia que la religión fuese el alma de la educación, y el poder civil que la religión y la educación fuesen el principal elemento conservador de su autoridad; fundando éste en los gobiernos despóticos su poder, sobre la ignorancia y el embrutecimiento de las masas, cuyo error generalmente funesto a los jefes mismos de semejantes estados han dado el resultado que el fanatismo al abuso del poder sacerdotal; el resultado que debía dar esa violación de las leyes de la naturaleza y de los derechos imprescriptibles del hombre, de cultivar su entendimiento a la altura de un ser religioso y de un ser social; la conducta contraria de los poderes enunciados en Córdoba desde la fundación de ese Colegio hasta nuestros días, es la que ha propagado y perpetuado así el reino de la barbarie, y retardado prodigiosamente la marcha de la civilización.” A lo que agrega: “Constituidos después en República los Argentinos por la revolución del año 10, pero sustituido el despotismo sacerdotal por el de la guerra civil, se hicieron algunas reformas exageradas en el sentido de secularizar la influencia de la autoridad pública quedando abandonada la enseñanza a maestros poco idóneos con tal que fuesen de la gracia del gobierno.”



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