George Orwell en el palco de Moyano

Pese a que pasaron siete décadas desde la publicación de 1984, ni el Orwell más pesimista podía imaginar que algunos de sus distópicos escenarios podían convertirse en lo normal para estas latitudes.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Hace ya siete décadas, George Orwell describió los horrores del totalitarismo en su obra “1984”. Pese a que el paso del tiempo ha dejado desactualizada a gran parte de dicho texto, hay cosas que siempre pueden reinterpretarse. En especial en Argentina.

La marcha convocada por Hugo Moyano demostró una vez más la importancia de los aparatos de movilización territorial. Es sabido que en la actualidad es muy difícil que la gente acepte acríticamente la idea de que detrás de eso hay un apoyo irrestricto.

Aunque las redes sociales juegan un papel preponderante en el mundo actual -mostrando los entretelones organizativos con camiones abarrotados de simpatizantes o colas de gente esperando para recibir su paga por la asistencia- son incapaces de extinguir el componente humano de la política.

Si las imágenes de la marcha se hubiesen transmitido en blanco y negro, muchos hubiesen estado convencidos de que era un recorte de la época en la que los contemporáneos de Orwell pusieron de moda la movilización de masas como política de legitimación.

Pero creer que esa multitud es estéril es de una inocencia exasperante. Nadie que tenga esa capacidad de movilización carece de poder de negociación. Muchos de los movilizados podrían mutar en fiscales para las elecciones o en “punteros golondrina” que se tomen el trabajo de buscar a amigos y familia para que voten.

Por más que los relatos magnificando o minimizando la marcha se multiplicaron hasta el infinito, pocos se tomaron el trabajo de quitarle lo épico y sumarle lo útil. Porque territorio y comunicación son las dos patas que necesita cualquier proyecto político para prosperar.

Pese a que los tiempos de Orwell en los que la manipulación mediática y control policial burocrático eran moneda corriente ya han quedado atrás, hay otras cosas que permanecen inalterables. Por ejemplo, el principio realista por el cual la razón política se impone por sobre las razones ideológicas.

En la mencionada novela del autor británico hay un pasaje revelador para lo vivido ayer. Es cuando en medio de una movilización por la Semana del Odio todo el acto montado para atacar a su enemigo de turno cambia por completo su destrinatario para atacar a los que hasta ese momento habían sido sus aliados.

Para el régimen, el caos y el descontrol se debieron al accionar de sus enemigos, que recurrieron al uso de infiltrados para confundir a la gente. En medio de la marcha, el cambio frenético impide que la gente se de cuenta de que se está cambiando de discurso en su cara.

La marcha por la que Hugo Moyano pretende forzar al gobierno y a los jueces para que desistan de investigarlo mostró un poco de aquella movilización que tan bien retrató Orwell.

A poco más de dos años y medio de que el líder sindical diera su apoyo a la candidatura de Macri, “el movimiento obrero organizado” pretende convencer a todos de que aquellos aliados en realidad siempre fueron enemigos.

Para eso hace falta completar la escenificación con elementos que tornen a dicho relato en algo convincente. Así, los antiguos enemigos vuelven a estar en sintonía para demostrar que en realidad siempre defendieron las mismas ideas.

Si se tomara lista para comprobar asistencia, prácticamente se podrían usar las listas legislativas que el kirchnerismo presentó durante sus años de gobierno. Líderes sindicales, piqueteros, organizaciones de jóvenes o colectivos de género o sexuales, todos mandaron a los suyos.

Quizás la novedad fue que Javier Milei se sumó a una movilización que representa mucho de aquello contra lo que siempre despotricó. El mediático economista libertario de peinado babasónico y traje de amante del swing de los ’40 termina de dar forma a esa recreación de la obra de Orwell, poniendo en el mismo bando a personajes que difícilmente puedan compartir algo más que un ascensor.

La capacidad de observación de Orwell confluyó con altas dosis de creatividad e imaginación para plasmar los horrores del totalitarismo en un libro que se volvió un clásico de la literatura política.

Sin embargo, y pese a su genialidad, el británico no pudo prever que aquella caótica escena de cambio de aliados y enemigos -en los que nadie recuerda bien quién es el otro- se convertiría en la clásica rutina de la política argentina.



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