Las siervas de los siervos de Dios -Segunda parte-

Para acceder a la intimidad con una mujer, a comienzos del siglo XIX, un sacerdote tenía su chance en el momento de la confesión en que a solas y en voz baja, en un apartado confesionario, veía el momento de hacerle proposiciones deshonestas.



Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

“El confesionario”, cuadro de Lorenzo Casanova, siglo XIX.

Si los amancebamientos constituían un género frecuente de desviación con que los clérigos faltaban a su celibato y se aprovechaban de mujeres viudas, esclavas o solas, el crimen de solicitación era la otra gran movida lasciva, y consistía en conducir a las confesantes al tema resbaladizo de los pecados de la carne, con el objeto de eventualmente lograr intimidad sexual con ellas, y luego absolverlas. La llamada “confesión auricular” impuesta durante el Medioevo exigía pronunciar las faltas cometidas, en privado y ante un sacerdote, para obtener la absolución.
Las causas por solicitación fueron comunes durante el período colonial y se encuentran numerosos testimonios de las mismas en el Archivo del Arzobispado de Córdoba, donde la investigadora Jaqueline Vasallo halló juicios del siglo XVIII y también del XIX, y la investigadora Valentina Ayrolo accedió a casos correspondientes al siglo XIX temprano.
Para la iglesia se trataba de un crimen contra la santidad del sacramento de la penitencia, es decir contra el sexto mandamiento que prohíbe los actos impuros. Por su parte, para las mujeres que debían soportar de parte de sus confesores estos avances de índole sexual, constituía en muchos casos un verdadero golpe a su virtud (esa gran construcción moral que les era impuesta) y un desengaño respecto a la confianza máxima que se suponía debía producirse en el confesionario donde entregaban sus secretos a cambio de contención y perdón de los pecados. De allí que se elevasen denuncias y acusaciones contra los confesores, cuyas causas recogían los documentos episcopales.
Como dato lateral es de interés el siguiente párrafo extremo, salido en la segunda mitad del siglo XIX de la pluma del ex sacerdote canadiense Charles Chiniquy, excomulgado por la Iglesia católica y luego ministro protestante, tomado de su libro El Sacerdote, la Mujer y el Confesionario (1874):
“…instintivamente, sin consultarse entre sí, y con una unanimidad que es casi maravillosa, las mujeres Católicas Romanas, guiadas por los honestos instintos que Dios les ha dado, huyen de las asechanzas puestas ante ellas en el confesionario; y por doquier luchan para fortalecerse con un coraje sobrehumano, contra el torturador que es enviado por el Papa, para finiquitar su ruina y causar el naufragio de sus almas.”
En el trabajo que venimos citando, Cura de almas, Valentina Ayrolo afirma que la solicitación no aparece a comienzos del siglo XIX en los archivos consultados, con tanta frecuencia como en el período colonial. Para este hecho ensaya algunas explicaciones, entre ellas la más notoria: la desaparición del Tribunal de la Inquisición, abolido y restaurado varias veces entre 1808 y 1834. La ausencia de noticias sobre solicitaciones en los archivos no es índice de un menor número de casos, sino de un cierto relajamiento del control institucional, a lo que se suma, como indica la investigadora, “el gran aislamiento de la Iglesia respecto a las autoridades romanas o sus representantes en el hemisferio sur de América”, hecho que se había acentuado en la Argentina durante el período del rosismo y en cierto modo eran circunstancias aprovechadas por los clérigos para gozar de mayor impunidad.
Ayrolo refiere un caso ocurrido en La Rioja en 1811 que “sin nombrar la palabra solicitación describe dichas acciones”. Se trata de una joven riojana “una tal Pascuala Bargas domiciliada en Puntilla”, y coincide con el año para el que Jaqueline Vassallo constata a nivel local el caso de la mulata Ignés Carrera, objeto de solicitación por parte de su confesor Luis Olivares, quien le había dicho que no podía seguir confesándola “porque la quería muchísimo y que si la confesaba lo quemaría la Inquisición”.
La investigación de Valentina Ayrolo, por su parte, la conduce a un caso más avanzado el siglo, caratulado como “Causa criminal del clérigo Presbítero Dn. Román Torres, por solicitante” y que tuvo lugar en 1836. Dos son las denuncias que se acumulan contra este sacerdote, la primera de Magdalena Galíndez, en la cual la mujer habla en primera persona para dar su testimonio: “…soy niña soltera, hija de familia;… el año pasado en los días de carnaval en el oratorio de Origuela del Río de Córdoba, en el confesionario confesándome con don Romano Torres, le comuniqué ciertos pensamientos obscenos con sugestiones carnales, que experimentaba, a lo que me contextó a hora te quiero más, por que te pareces a mí, pues lo mismo me pasa a mí, y a mí con más razón hoigo tantas cosas en el confesionario, comunicándole igualmente que un sugeto apasionado me había dicho; sino estuviera impedido para casarme contigo, con nadie lo verificaría, sino contigo entonces me replicó; el tal confesor, yo te digo lo mismo que si te hubiera conocido me hubiera casado con vos, digo si hubieras querido, sin decir por esto que me pesa haber tomado el estado, que actualmente tengo (…)”.
Hay una segunda denuncia contra el presbítero Torres, que por lo que se ve era un pecador contumaz, ya que la mujer Evarista Vaca, al responder a un interrogatorio del Provisor del obispado, pasado cierto tiempo de los hechos, afirma que el confesor le dirigió “expresiones alagueñas que no se acuerda por el tiempo, que siguiese lo que él le decía que no era pecado, y que le diese un ósculo, y diciéndole que cómo había de hacer esto y comulgar, le dijo que él tenía la facultad para absolverla de todo esto”
Sobre esa afirmación completamente falsa, aclara la investigadora que por la bula de Benedicto XIV de 1741, “se prohibió que el confesor absolviese a su cómplice una vez cometido cualquier pecado de lujuria”, lo cual tenía su lógica dado que el confesor era arte y parte en el delito. Esto debía ser perfectamente conocido por los miembros de la curia, no obstante lo cual el provisor y su secretario “dictaron una levísima reprimenda sobreseyendo de la causa a Torre por el arrepentimiento que éste manifestó, el día 4 de abril de 1837.”



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