Frenar el debate no va a impedir el avance

Como cada año, una multitud exigió frente al Congreso de la Nación el tratamiento de la legalización del aborto, que pese a ser un tema políticamente marginal cada vez consigue más apoyo.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Hay ocasiones -no muy frecuentes- en las que las discusiones que dan las personas permiten entender las cuestiones más profundas que subyacen a una forma de encarar el mundo. El caso del aborto, retomado esta semana en diversos medios de comunicación, es uno de ellos.
Como viene sucediendo ya hace algunos años, una gran cantidad de gente confluyó frente al Congreso de la Nación para exigir a los legisladores el tratamiento de una ley que habilite la legalización del aborto. Pese a que cada vez el reclamo consigue más apoyo (desde distintos espacios políticos) continúa al margen de la agenda.
Más allá de las distintas posturas que puedan adoptar las personas al debatir el tema, la constante que se puede apreciar es la negativa a escuchar razones. Unos y otros parten del supuesto de que su ocasional interlocutor representa todo lo negativo que se puede ser.
Para los sectores “Pro elección”, los que se oponen a lo que hace décadas es ley en los países desarrolados son fanáticos religiosos, arcaicos defensores del status quo y un lastre para el desarrollo social y la expansión de derechos.
Desde el bando de los “Pro vida”, sus ocasionales adversarios son asesinos sin alma, destructores de familias al servicio de alguna conspiración internacional, casi dispuestos a asesinar a sangre fría a cualquiera que se atreva a contradecirlos.
Unos y otros se encuentran negados a entender a su contraparte, porque el tema despierta toda una serie de reacciones profundas por poner en cuestionamiento todo aquello que nos enseñaron desde muy chicos. Esa actitud torna imposible el crecimiento social y colectivo, ya que no hay una predisposición a entender al otro.
En medio del debate -nombre poco acertado para describir los monólogos que se arrojan desde cada trinchera- se hace una interpretación (cuando leve) o una manipulación (cuando es obsceno) de los datos que recopilan distintas instituciones.
Se carga de atributos negativos a los que piensan distinto y se llega a mentir por la causa. La discusión se torna ensordecedora.
A la larga, los indecisos -aquellos que están fuera de ese núcleo beligerante e hiperactivo- terminan eligiendo esquivar un tema que más temprano que tarde deberá ser tratado por los legisladores. Puestos a opinar o decidir, difícilmente contradigan a quien les pregunte, porque casi nadie disfruta de ser un paria.
Pero no todo está perdido. Tal como plantean los más sensatos -a uno y otro lado de la grieta- la clave es brindar educación sexual integral, científica y de calidad. En un país en el que las escuelas esquivan su obligación legal de tratar temas de salud, sexualidad y reproducción, el simple hecho de reclamar aquello a lo que los legisladores ya accedieron representa toda una acción comprometida con cualquier causa.
En las últimas décadas nuestro país ya pasó por debates similares. En los ‘80, el tratamiento del divorcio despertó muchas quejas de los sectores más conservadores. No importaba ser uno de los pocos países que no lo permitía. Ir a contramano del mundo se justificaba desde la idea de que el divorcio significaría el fin de las familias, el colapso del orden social.
No pasó nada. Miles se divorciaron y se pudieron volver a casar. Tuvieron hijos o criaron a los que ya traía cada uno. No sólo no desapareció la familia, se amplió a nuevas formas.
Hace alrededor de una década, el tratamiento de la ley de Matrimonio Igualitario -con todos los derechos y obligaciones que cualquier matrimonio- despertó una ola de temor. Los más acérrimos opositores presagiaban una epidemia de sodomizaciones en los nuevos hogares y el colapso del orden social.
No pasó nada. La gente siguió contrayendo matrimonio y reproduciéndose. Lo supuestamente antinatural dio paso a nuevas formas de familia y prácticas sociales.
El paso siguiente está en el terreno de la discusión por el aborto. Tal como con los casos anteriores, hay una tendencia mundial a la aceptación. Es hacia allí adonde se dirigen los países desarollados (y los que no lo son tanto). Como ocurre con cualquier cambio, la gente tiene miedo. Las formas que les son conocidas, aquellas que han guiado su vida, empiezan a desaparecer.
A la larga, cuando se termine el debate y el aborto finalmente se apruebe, la reflexión va a terminar siendo la misma. Nos vamos a levantar y vamos a comprobar que, al igual que antes, no pasó nada.



1 Comentario

  1. La izquierda y el progresismo en general “colaboran” con el programa del poder financiero internacional y el nuevo orden mundial de la banca Rotschild y George Soros.
    Pero ellos, como siempre, ni se enteran. Y si lo hacen es para justificarse.
    Siempre funcionales a algún poder de turno. De los que dicen repudiar.
    Dan asco.

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