Caso Chocobar: Zaffaroni no es tan importante

No conozco los detalles del caso Chocobar ni me interesan, porque no es ése el objeto de esta nota, que sólo pretende ser una declaración de principios. El problema de la inseguridad no se resuelve con ejecuciones sumarias ni con linchamientos, ni con el “ojo por ojo”, ni con decapitaciones, mutilaciones, castraciones químicas o fusilamientos en la plaza pública.



Por Daniel Gentile

Todos sabemos que desde 1983 los políticos gobiernan con las encuestas. Mauricio Macri, sin embargo, parece gobernar solamente con las encuestas. A falta de un programa, o a falta de ideas propias, se dedica a decir, callar, hacer o no hacer, de acuerdo a lo que sus asesores le dicen que son los deseos de “la gente”. Lo que la gente quiere. Sobre todo, lo que quieren aquellos que supone que son sus votantes. El presidente se desvive por complacerlos.
Este sistema parece, a priori, extremadamente democrático, porque se asemeja a una suerte de renovación cotidiana del mandato otorgado por los electores. No obstante, este método de manejar la cosa pública podría convertirse en el más antirrepublicano de los modos de ejercer el gobierno. ¿Si las encuestas dicen que la mayoría quiere que se quebrante el principio de división de poderes o que se infrinjan ciertas garantías constitucionales, también hay que complacerla?
Como aparentemente a un gran segmento de la población (macristas y no macristas) le ha molestado mucho la actuación de la Justicia en el “caso Chocobar”, la reacción del gobierno ha sido inmediata.
El Presidente ha dicho que “no entiende por qué la Justicia ha procesado al policía”. Marcos Peña ha declarado que “Zaffaroni le ha hecho mucho daño al sistema penal argentino”, y Patricia Bullrich, en un acorde final, ha afirmado que “los jueces pueden hacer lo que quieran, el gobierno seguirá apoyando a los policías”.
Hay muchas personas que han leído o han escuchado que Eugenio Zaffaroni sostiene que todos los delincuentes deben ser absueltos porque son “víctimas del sistema”, y que eso se llama “garantismo”.
En realidad, el policía Chocobar está imputado por el delito de homicidio por exceso en la legítima defensa, figura que existe desde siempre en el código penal y que no es una creación zaffaroniana.
Si el “garantismo” existe, no es otra cosa que el respeto irrestricto de las garantías individuales de toda persona acusada de un delito. El respeto del principio de inocencia y el respeto a un debido proceso. Nadie que apruebe el sistema republicano de gobierno puede no ser garantista.
Advierto que hay una gran mayoría (que no excluye a los sectores más propensos a caer en el delito) que quiere “mano dura”. Más que mano dura, mano letal, mano vengadora. Son partidarios de un método de combatir la inseguridad que puede expresarse en una breve cadena de dos eslabones: “Flagrancia-Ejecución sumaria”.
Esa doctrina, afortunadamente, no está incorporada al Código Penal, y mucho menos a la Constitución Nacional, edificios jurídicos en cuya construcción no ha intervenido el Doctor Zaffaroni.
Hay quienes piensan que el mundo se divide entre los que están adentro de las cárceles y los que estamos afuera.
Osvaldo Manuel Bazán, que además de símbolo del ajedrez de Córdoba fue el último sabio que vivió en esta ciudad, se dedicó en los últimos años de su vida a enseñar el milenario juego a los internos de la Penitenciaría de Barrio San Martín. Yo lo acompañaba todos los viernes, y al volver le gustaba decir que una vez más habíamos dejado “la casa de todos”. Tenía en claro que la cárcel es un destino posible para cualquiera, con o sin razón. Todos podemos ser falsamente acusados, y todos, aún los que creen que su honestidad es invulnerable, pueden tener una caída.
A partir de ese hecho incontrastable, se refuerza mi convicción de que es innegociable la exigencia de que se respeten a rajatabla las garantías individuales, aún en caso de flagrancia. Y me opondré siempre a la pena de muerte, de iure o de facto, porque el derecho a la vida no se pierde cuando se pierde la inocencia.
No conozco los detalles del caso Chocobar ni me interesan, porque no es ése el objeto de esta nota, que sólo pretende ser una declaración de principios. El problema de la inseguridad no se resuelve con ejecuciones sumarias ni con linchamientos, ni con el “ojo por ojo”, ni con decapitaciones, mutilaciones, castraciones químicas o fusilamientos en la plaza pública.



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