Las giras una salvación

Frente a la desesperación de los músicos por tocar en directo para solventar su estándar de vida, los festivales ofrecen una solución interesante, porque reúnen a numerosos nombres en un mismo lugar, cuentan con esponsoreos que respaldan la financiación y garantizan un auditorio numeroso.



El diario La Nación publicó el miércoles pasado un completo informe titulado “¡Paren de venir! Las cinco razones que explican la fiebre de festivales de rock en el país”, donde se detalla la inmensa cantidad de shows internacionales que están llegando en 2018. Como reza el título, se enumeran allí las probables causas de este aluvión que también descarga sus consecuencias sobre la provincia de Córdoba, donde este fin de semana se desarrollará una nueva edición del Cosquín Rock, que promociona como invitados a dos bandas internacionales: la leyenda de Creedence Clearwater Revisited y los profetas del neopunk The Offspring. Entre los motivos que dan lugar a este fenómeno, el artículo menciona los cambios que ha experimentado el negocio de la música a partir de los nuevos formatos digitales de circulación para las obras sonoras y las variaciones en los hábitos de consumo de entretenimiento por parte del público. Esa auténtica revolución tecnológica ha producido graves efectos en la industria musical, algunos de ellos muy positivos, como la posibilidad que tienen hoy los artistas noveles e independientes de dar a conocer sus obras sin tener que someterse a la cadena de intermediaciones que antaño planteaba el negocio discográfico. Lo negativo de este proceso ha sido que ese objeto real y tangible que era el disco, ha sido reemplazado por un servicio de streaming en el que se prioriza la relación contractual entre la plataforma virtual y el usuario. Los músicos reciben el trato de meros proveedores de insumos, a los que se les abona una retribución mínima, si la comparamos con las fortunas que recaudan estas empresas en concepto del cobro del abono mensual. Tampoco es que antes los autores e intérpretes recibieran un trato privilegiado. Pero es evidente que ahora la llevan peor y que nada hace pensar que su situación mejorará en el corto plazo. Ante este panorama, tal como ya hemos señalado en otra ocasión desde esta misma columna, a las figuras que antes sólo se las podía ver en vivo en contadas ocasiones, no les queda otra que montar una gira detrás de otra, para así cubrir esos ingresos que antes les proveía regularmente la venta de discos. Desde las estrellas otrora inalcanzables hasta los aspirantes a un lugar en la vitrina de la fama, todos están obligados a convocar a sus fans desde el escenario, para que gasten en una entrada el dinero que antes utilizaban para procurarse un disco compacto. Frente a una probable saturación del mercado, con tantas bandas desesperadas por tocar en directo para solventar su estándar de vida, los festivales ofrecen una solución interesante, porque reúnen a numerosos nombres en un mismo lugar, cuentan con esponsoreos que respaldan la financiación y garantizan un auditorio numeroso. Se transforman así en la solución más viable para un problema que, por el momento, está siendo resuelto mediante esa ley de la selva en la que, por supuesto, el grande se come al chico y la variedad corre el riesgo de esfumarse para siempre. Una noticia auspiciosa, como es la cantidad y magnitud de eventos musicales que se han programado para los próximos meses, tiene en realidad una origen poco feliz: el espanto ante la desaparición de un sector productivo que, de los artistas hacia abajo, daba de comer a miles de personas en todo el mundo; y el refugio que todos buscan en los conciertos en vivo, como tabla de salvataje. Un recurso que, si siguen sumándose anotados a la lista, tampoco estaría en condiciones de garantizar que todo este panorama, cuyo devenir es saludado con entusiasmo, no termine en un naufragio.



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