Baile de la loca y los dos médicos

Un diario porteño relata un hecho que un diario cordobés a su vez reproduce a partir del mismo. La narración tiene los ingredientes de un pequeño relato cuyo desarrollo no carece de interés.

Por Víctor Ramés
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Una de las figuras de la polka en una ilustración del siglo XIX.

Una escena “histórica”, según afirma el periódico que se ocupa de darla a conocer, toma la forma narrativa de lo que hoy definiríamos como un “microrrelato”, al pasar por las manos del redactor que convierte el hecho en palabras. Se trata de un episodio que tiene lugar en un hospital en 1866, y que protagonizan dos médicos maduros y una mujer alienada, como se usaba decir en la época, aunque el relato prefiere denominarla directamente como “loca”.

Está claro que no se trataba de un establecimiento asistencial para enfermos mentales, y que los médicos participantes en el hecho no eran expertos en psicología, ya que esa rama de la salud no se había desarrollado aún en la Argentina. Es más, en 1866 algunos de los especialistas cuyas obras e investigaciones impactarían en la creación de una rama de la psicoterapia temprana en este país sudamericano, como fueron los franceses Pierre Janet o Georges Dumas, eran apenas infantes en ese entonces; e incluso ese fue el año de nacimiento de Dumas, en tanto el afamado Jean Martin Charcot, si bien ya era un médico formado y maduro, no había ejercido todavía la influencia que llegaría a alcanzar más tarde en la especialidad. El nacimiento de la psicología argentina no estaba aún ni en ciernes. 1866 fue también el año de nacimiento de una figura como Juan Agustín García, en tanto José Ingenieros contaba apenas cuatro años, para mencionar a dos importantes precursores de esa disciplina. Éstos llegarían a contarse entre los iniciadores del positivismo científico, aunque los estudios psicológicos propiamente dichos recién se desarrollarían a partir de 1901.

Los datos tal vez necesarios que se incluyen aquí sobre la práctica de la psicología nos apartan un tanto de la primera afirmación: el tono de microficción que adquiere el relato producido por el diario Tribuna, de donde el periódico cordobés “El Eco” lo extrae como curiosidad para sus lectores. Todos los elementos dramáticos para un buen cuento están presentes en la forma que le ha dado el redactor, e incluso el final del relato, que acaba desviándose hacia un hecho claramente secundario en el cuerpo de la narración, como es la participación no calculada de uno de los médicos que visitaban el hospital. Los doctores que protagonizan el curioso episodio eran simples médicos, aunque seguramente habían observado mucho, y se pone de manifiesto cierta sabiduría en el acontecimiento por parte de uno de ellos, el que también sabía tañer la guitarra como Dios manda. Ambos facultativos sostienen un encuentro con una mujer que tiene sus facultades alteradas, al parecer, a quien encuentran cantando y tocando la guitarra sin obedecer las reglas expectables de la buena música. El médico que, por su parte, decide a su vez tomar el instrumento que “la loca” ha dejado, lo hace con destreza musical, según el autor del relato, y acaba instando al otro a seguir el impulso de la mujer, a la que le da por bailar incitada por la polka que tañe el primero.



Se vuelve útil el encuadre previo, para transcribir a continuación este relato, si bien no ocurre por motivos narrativos. Es la extensión de la página por llenar la que en definitiva dicta esta larga introducción al cuadro que se sostiene, empero, bastante bien por sí mismo.

En relación a la actitud de la época referida sobre la locura, y en particular sobre la existencia de lugares donde las personas con perturbaciones mentales podían ser aisladas en tiempos próximos a mediados del siglo XIX, ofrece cierto interés la siguiente definición, tomada de un “diccionario” casero improvisado por algún redactor, y publicado por el diario cordobés “El Imparcial” en 1856: allí se define “Casa de locos” como “una especie de hospital en donde se recoge a los locos reconocidos, por orden de los que tienen la destreza de ocultar su propia enfermedad.” No es que este sea el caso de los amables médicos del presente cuento, quienes en definitiva –aunque no se sabe el final documental de la escena- se limitan a acompañar la danza de la mujer internada; aun así, la definición provista mantiene su importancia. Y aquí va, sin más dilaciones, el “microrrelato” que repite a nivel local “El Eco de Córdoba”.

Una loca y dos médicos

Dice la “Tribuna”:

Lo que vamos a narrar es histórico.

Ha sucedido en uno de nuestros hospitales.

Una pobre loca era visitada por dos médicos en momentos en que aquella infeliz plañía una guitarra y cantaba como cantan ellas.

Entraron los facultativos y como el canto del instrumento y el canto de la infeliz seguían, uno de ellos alargó su mano para tomar el pulso a la demente.

Fue lo bastante para que ésta dejara la guitarra y, clavando la vista en el suelo, quedara como una estatua.

Pero como uno de los facultativos maneja tan bien el escalpelo como la vihuela, cogió el instrumento, preludió y soltó después sus dedos sobre las cuerdas como diez genios encargados de fabricar armonías.

La loca levantó la vista y tras la vista, levantó su cuerpo. Siguió el compás con la cabeza, y luego con los brazos acompañó las cadencias del valse.

El médico asombrado con el efecto, sin duda, pasó a una polka preciosa. La loca se fue entonces al otro doctor y lo tomó del brazo, para que bailara.

Como es natural, el médico, hombre serio y que sin duda hacía veinte o treinta años no bailaba, se resistía, pero su compañero, que es un zorro viejo, le instó para que hiciera el gusto de la enferma y nuestro viejo doctor quiera que no quiera se puso a bailar como un descosido.

La escena duró un cuarto de hora.

No sabemos cómo concluyó, pero sí nos consta que el guitarrero, hombre alegre, ha gozado viendo a su compañero descender de su gravedad.”



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