El boom de los libertarios (y cómo convertir las ideas en dogmas)

Hace ya un tiempo apareció un grupo de ultraliberales conocidos como “libertarios”, que exhiben con orgullo el dogmatismo de quien no tiene responsabilidades políticas.

Por Javier Boher
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Hace ya un tiempo, casi como un spin-off de Cambiemos, apareció un grupo de ultraliberales conocidos como “libertarios” que se ha convertido en una oposición similar a lo que era el trotskismo para el gobierno anterior. Pese a haber apoyado la llegada de Macri al poder, ahora se sienten parte de una minoría iluminada y perseguida por un gobierno al que consideran prácticamente socialdemócrata.

En lo que se ha convertido en una escalada dialéctica entre sectores con un ligero matiz ideológico pero con un gran parecido socioeconómico, la discusión ha llegado hasta lugares insospechados. Es que los libertarios, por concebir a la libertad en términos utópicos y literarios, defienden cuestiones que los han sacado de su habitual nicho de indistinción del oficialismo para ponerlos en la crítica “de derecha” al gobierno nacional.

La polémica se instaló hace ya un tiempo, cuando algunas de las caras más activas del gobierno en las redes sociales -y su troupe de tuiteros afines- comenzaron una batalla contra los que Fernando Iglesias dio en llamar “liberalotes”. A su entender, estos personajes -principalmente economistas- le exigen al gobierno un ajuste económicamente necesario pero políticamente impracticable.



Acusando recibo por el maltrato del ahora diputado, estos grupos comenzaron un proceso de radicalización frente a las medidas de un gobierno al que los unen más cosas que con el kirchnerismo. Las quejas de estos personajes apuntan en general hacia el gasto público (algo que preocupa a gran parte de los votantes del oficialismo) pero también hacia lo que consideran un exceso de regulación por parte del Estado.

Tal como suele suceder con las personas que tienen una sólida formación técnica pero una escasa formación política -y por qué no, de calle- se han empezado a defender posiciones que en Argentina no sólo son impracticables, sino que además son peligrosas. Aunque se pueda compartir la noción del exceso de regulación -que en algunos casos debe ser revisado- el problema en nuestro país no radica tanto allí como en la falta de controles.

Cuando la semana pasada se conoció el mega DNU de desburocratización que firmó el presidente las reacciones fueron dispares. Los sectores ubicados a la izquierda reclamaron porque peligran los puestos de trabajos de algunos empleados públicos. Los republicanos socialdemócratas que hoy han visto un descenso de su protagonismo -al estilo Stolbizer o Alfonsín- se preocuparon por el instrumento, que aunque sea legal va reñido con la democracia.

Así como hace menos de una semana se lanzaron contra la obligatoriedad del uso de sillitas para menores en los autos, los libertarios cuestionaron que a través del DNU se creara un tipo de licencia de conducir especial para los cuatriciclos. Según ellos, regular la seguridad vial sería “liberticida”.

Como cada año, el fin de semana hubo que lamentar una nueva víctima fatal por el descontrol en el uso de cuatriciclos en las playas. El mundo utópico de los libertarios se volvió a descalabrar al recibir el golpe de la realidad.

Las ideas son construcciones que pueden servir de guía para la acción. Creer que el Estado no debe regular ni controlar es una idea sobre cómo debe funcionar el mundo. La posibilidad de aplicar esas ideas conlleva riesgos que son mucho más concretos que las letras que pueblan las páginas de ensayos y artículos de la Escuela Austríaca.

Un país en el que la evasión de las responsabilidades laborales se ha convertido en la norma no está en condiciones de abandonar por completo el marco de convivencia que significa el Estado, aunque esa norma de indiferencia sea particularmente visible entre los empleados públicos que tienen a su cargo el control.

La idea de vivir en un mundo de plena libertad como el que predican los libertarios suena tentadora, pero es difícil creer que puede funcionar en una sociedad en la que la tragedia de Once tuvo 51 víctimas, Cromañón tuvo 194 o un paro policial nacional seguido por una crisis de saqueos dejó casi 20 muertos. Porque la realidad siempre va a golpear con algo más duro que con ideas.



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