Un detective cordobés de pura cepa

Aunque ya se editó el sexto volumen de la saga, aquí va el comentario del quinto episodio de las aventuras del detective cordobés Philip Lecoq, creación feliz del escritor Fernando López.



Por Gabriel Abalos
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lecoq
Un detective cordobés de pura cepa.

El detective Philp Lecoq es popular, es buena persona, tiene buenas conexiones y amigos, el respeto del barrio, una mujer peluquera y ex trabajadora sexual –la Yesi- que lo quiere y con la que tiene varios hijos; Tiene también una suerte espectacular y un apetito y una actividad sexual envidiable, que adquiere una gran importancia en su visión de la vida diaria.

Aquí el personaje cordobés creado por Fernando López aborda su quinto episodio (se titula La suerte tiene sus planes y es el penúltimo de la saga publicada hasta el momento). El autor puso en juego los clichés del género con toques humorísticos que son de agradecer, y sin pasar por alto la sensibilidad y las ganas genuinas de arreglar el mundo. Al menos en las letras: el mundo inmediato que lo rodea, con perspectiva debidamente provinciana.

Los episodios anteriores han sido, como éste, publicados por la editorial Raíz de dos y se titulan Falsa rubia con tacones, Animales de la noche, No te rías si me muero y Todo y nada es la verdad. El último título, posterior a éste y presentado en 2017, La ciudad de los desechos, será motivo de un próximo comentario.

López le ha dado sustancia a un personaje que navega en la cultura barrial y a la vez en las aguas arquetípicas de la trama detectivesca que Córdoba –como toda ciudad que se precie- sabe muy bien alimentar con sus chanchullos, sus negociados, sus redes delictivas, sus seres oscuros, ambiciosos y sin moral. Philip es capaz de comunicarse en cordobés básico con los habitantes de la periferia a la que él mismo pertenece, y a la vez de expresarse con corrección en presencia de representantes de otra clase más distinguida y profesional. Claro que su relato en primera persona –aparte de los diálogos- está contado con un lenguaje medianamente culto y con todas las reglas narrativas literarias que un lector común o más pretencioso, puede exigirle al género. El realismo está a la orden del día, y la fantasía no se alza por encima de la “realidad municipal” que transita el personaje, aunque la misma pueda estar presente en las dosis necesarias de “golpes literarios” a fin de ayudar al héroe a darle forma y resolución a los casos que encara.

En este episodio Philip recibe el encargo de asistir a un maratonista septuagenario cuya salud se está resintiendo progresiva y misteriosamente, lo que la víctima atribuye a algún embrujo o “trabajo” hecho por un enemigo no identificado. Philip, de partida, no le da cabida a las supersticiones, por lo cual se dedica a tender su pesquisa con la rutina que requiere el caso. Forma parte de la trama la mujer del vetusto Severe  Cicatero –el deportista en decadencia-, llamada Yolanda: una cuarentona escultural que entró en la vida de Severe por vía de un chat erótico, y acabó casándose con él.

Con estos y otros elementos del entorno, Philip se va adentrando en los detalles de la vida de su contratante, tratando de descubrir quién le está perjudicando y por qué vía. En el ínterin la trama admite una danza de hechos que va cerrando el caso lentamente por medio del nudo corredizo de las páginas que avanzan y de los acontecimientos que se van revelando gracias a las dotes del investigador privado y a su propia suerte que, como indica el título, “tiene sus planes” propios.

Esos hechos incluyen secuencias de sexo salvaje de Philip en un motel –sin que la Yesi se entere, por supuesto- y la entrada en escena de los personajes necesarios para aportar pistas verdaderas o falsas, mientras Philip se ha encariñado con su cliente y está decidido a ayudarlo con todos sus recursos.

¿La pérdida progresiva de energía de Severe se debe a los achaques de la edad, a las malas artes de personas con poderes malignos, o a la acción premeditada de una conspiración lisa y llana en su contra? La tarea de Philip Lecoq – Felipe Gallo-, que lo lleva a correr kilómetros junto a su cliente, a participar de un inesperado convite erótico, a entrevistar a posibles sospechosos en el círculo de viejos amigos de Severe, y a obtener ayuda de personas insertas en instituciones convenientes, consiste en ir despejando hipótesis y aislando los “hechos duros” del problema, para ayudar al maratonista que día a día parece más cerca de la muerte.

Asumiendo riesgos ciertos, apelando a la mentira para obtener verdades, durmiendo menos de lo necesario, Philip se encarga de mantener en movimiento los elementos narrativos para llevar al lector o lectora en el asiento de atrás de su moto, mientras surca las calles de la Docta en busca de hechos, de conjeturas o del más puro azar. No es arruinar la sorpresa del artefacto novelístico adelantar que , una vez más, Philip Lecoq saldrá airoso en su misión, ya que el personaje aspira a seguir llenando cuartillas y figurando en siguientes episodios, como en toda serie o ciclo que se precie de su continuidad.

Y la conjunción de elementos que lo harán resolver el caso no descarta incluso una vuelta de tuerca adicional, ya que en el último capítulo el detective barrial cordobés contribuirá a un inesperado triunfo de la ley y la justicia que no estaba previsto en la trama inicial, en un caso de “niños perdidos” que se ha ido entremezclando en la trama y que–sin eufemismos- refiere a la trata. Ese éxito lo confirma como un ciudadano necesario de la Córdoba de fantasía encerrada en la narración de Fernando López, y también de las letras locales. Philip merece por ese doble aporte el cariño literario que ha sabido sembrar.



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