La despedida de una artista

Hace diez años, Mercedes Sosa encabezaba una lluviosa noche del festival de Cosquín, sin saber que esa sería la última vez en la que se escucharía su voz en esa Plaza Próspero Molina que la recibió alguna vez como una joven promesa y que la despidió como una artista fundamental.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

desoedidaLa noche del sábado 27 de enero de 2008 se presentaba fresca y nublada en la ciudad de Cosquín. En la jornada anterior había llovido, pero eso no impidió que Jorge Rojas convocara a una multitud de seguidores en la Plaza Próspero Molina, donde se desarrollaban las últimas lunas del festival. Para variar, el final del primer mes del año se presentaba con tiempo inestable en el Valle de Punilla, epicentro de los eventos musicales que durante el verano atraen a los turistas que han elegido a las serranías cordobesas como lugar de vacaciones. Esa vez no fue la excepción.
Tras las palabras de Marcelo Simón, el guitarrista Luis Salinas abrió el espectáculo musical, ante una buena concurrencia que desafiaba a las malas perspectivas climáticas. Y es que en esa velada, a la que miles de personas seguían por televisión, se anunciaba la actuación de Mercedes Sosa. Y ese solo incentivo bastaba para que no fuera esa una más entre las tantas noches vividas desde comienzos de los años sesenta, cuando el festival nació, creció y se volvió un clásico. Era sabido que la cantante tucumana, que por entonces tenía 72 años, estaba atravesando problemas de salud y que hacía un esfuerzo para no faltar a esa cita.
Una suave llovizna caía sobre el público cuando Mercedes Sosa apareció en el escenario Atahualpa Yupanqui, donde la recibió un aplauso cerrado. Se la notaba sonriente y jubilosa, como en la mayoría de las ocasiones en las que le tocó retornar a ese lugar en el que su carrera recibió el espaldarazo definitivo. Siempre se sintió allí a sus anchas, incluso cuando su repertorio se explayó hasta abarcar otros géneros, como el rock nacional, que había sido tan resistido por los folkloristas y que, gracias a ella, adquirió un prestigio que lo sacó del gueto.
Su concierto comenzó con la “Zamba de los mineros”, de Jaime Dávalos y el Cuchi Leguizamón, para continuar luego con “Serenatero de bombo”, de Ica Novo, canción en la que su voz tuvo la compañía del riojano Pancho Cabral. Con su habitual generosidad, Mercedes Sosa no desaprovechó la ocasión para invitar a otros músicos a que compartan su actuación, permitiéndoles así captar la atención de una audiencia masiva. Los nombres de Mota Luna, Pablo Mema, Soledad Pastorutti, Orozco-Barrientos y el propio Luis Salinas se contaron entre quienes tuvieron la fortuna de participar en esa presentación de la gran intérprete.
Lo que nadie sabía era que se trataba de una despedida. Porque al año siguiente, Mercedes Sosa no estaría en la grilla de la programación del festival. Y porque el 4 de octubre de 2009 se iba a producir su fallecimiento, a raíz de problemas renales y hepáticos que habían determinado su internación casi dos meses antes. Detrás de esa fina cortina de agua que humedecía los paraguas en la plaza, la cantante folklórica más representativa del país le decía adiós a ese paisaje que tan familiar le resultaba, porque la había visto llegar como una joven promesa y la veía partir como una artista fundamental.
Han pasado diez años desde aquella luna que en su momento fue vivida como un encuentro ritual, y que vista en perspectiva consolida el recuerdo de una ceremonia en la que una figura indiscutida deja su testimonio en manos de quienes estén dispuestos a prolongar el legado de su trayectoria. Una década después, todavía resuenan los ecos de esa garganta privilegiada, que iluminó al mundo con sus interpretaciones y que, en su madurez, se desprendió de toda egolatría para apadrinar a otros de la misma manera que alguna vez Jorge Cafrune lo había hecho con ella en ese Cosquín legendario.



Dejar respuesta