Del acoso y la galantería, ayer y hoy

Dos escenas de un periódico de 1870 muestran casos en que el abordaje callejero de mujeres por un varones, sin dejar de ser una actitud inequitativa y patriarcal, se resuelven de forma amable y no llegan a extralimitarse.

Por Víctor Ramés
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acoso-galanteria
Ilustración tomada del libro Estampa de seis siglos de historia gráfica de México, 1971.

En la actualidad se discuten con justificada frecuencia los límites entre la llamada galantería y el acoso callejero. En el hombre, sobre todo antaño, tendía a concebirse como “galantería” una forma de seducción gentil ejercida para con la mujer. Siempre está de parte del varón la iniciativa y a la mujer le queda la “coquetería” o bien una amable indiferencia. Sin embargo es común que los varones ejerzan actitudes que van desde lo que podríamos llamar un “acoso amable”, a formas acentuadas de violencia de género. Es muy frecuente que el campo de esa práctica sea la calle, un ámbito definido en términos históricos como el espacio donde los varones se mueven con hegemónica naturalidad porque les ha sido asignado como propio, mientras que, en esa misma perspectiva, a las mujeres les fue dado como “reino” el límite del hogar. Es claro que esta distinción no se ejercita con la misma fuerza hoy que ayer, desde que hace mucho tiempo las mujeres salieron al mundo del trabajo, pero quedan muchos resabios en el espacio público del derecho adquirido de los machos a abordar a una mujer o a decirle cosas al pasar.

Los hombres se sienten habilitados a asumir posiciones de autoridad, de manejo y control de lo público, y allí tenderán a desenvolverse como el género fuerte y dominante, en contraposición a las mujeres, de quienes se espera que se atengan a un rol más dócil y sumiso. Ese dictado tiene sus raíces directas en la construcción de los géneros dentro del ámbito de la sociedad burguesa. Las mujeres que circulan solas por la calle son el objeto preferencial de los acosos masculinos.

Si la discusión actual ha inclinado la balanza hacia una mirada crítica de los roles atribuidos a los géneros –aunque otra cosa es lo que se manifiesta de hecho en la vida cotidiana- basta retroceder un poco en el tiempo para ver en acción el dominio masculino indiscutido de la vía pública, donde las mujeres eran –y en gran medida aún son- entre los géneros, el que ocupa el lugar de sumisión.



Independientemente de los usos y costumbres de cada época, y de la condición de que gozaran –o padecieran- las mujeres antes y en la actualidad, es imposible encuadrar cualquier escena de abordaje callejero de una mujer por un hombre sin estar atentos a aquellas formas de acoso, de autoritarismo o abuso del rol masculino. Cuando la violencia de género se muestra en forma contundente y visible, la discusión sobre los límites sale sobrando.

Por otra parte, sin importar la época ni el grado de sujeción social femenina, cuando se dan casos en que el respeto del hombre y la libre aceptación –o la posibilidad de la mera indiferencia- por parte de la mujer están presentes, aun sin que por ello cesen los privilegios patriarcales, es posible decir que se asiste a escenas de inofensiva galantería o cumplidos que no necesariamente ameritan condena. Si la mujer acepta el juego inicial, lo que tiene lugar es una galantería de ambas partes. Por supuesto, insistimos, sigue siendo evidente el uso de un “derecho adquirido y natural” del hombre a abordar a una mujer, y esto es inequitativo; pero si en ese marco ella mantiene su derecho a aceptar o a mostrarse displicente, en esos casos no hay abuso que lamentar. La clave que hace la diferencia es el consentimiento, o bien el libre uso de la displicencia femenina.

El ejercicio de lectura puede ser útil para juzgar grados en ese tipo de situaciones. En las dos escenas que aquí se transcriben, de finales de 1870 y comienzos de 1871, los hechos narrados se mantienen dentro de un trato medianamente amable y caballeroso. El primer caso traído a colación está tomado del periódico cordobés El Progreso, del 2 de diciembre de 1870. Es muy probable que la narración haya sido mejorada por el protagonista, para celebrar su orgullo masculino, y como tal es reproducida a su vez por el cronista:

“<b>Feliz Mortal</b>

Un coche se hallaba parado anoche a la puerta del teatro, el cochero se había dormido en su asiento; una hermosa joven, la señora X… hacía inútiles esfuerzos para abrir la portezuela.

Un caballero que pasaba, se compadeció de la apurada situación de la dama, abrió el coche y ofreció la mano a la señora para que subiera.

–El lacayo se recomienda a vd., dijo el caballero.

La dama, con una maligna sonrisa, le dio un billete de un peso

–Esto sin duda es a cuenta, insistió el caballero. Si vd. me lo permite tendré el honor de ir a reclamar el resto a casa de vd.

La dama se fijó con más atención en el lacayo improvisado, que se metió graciosamente el peso en el bolsillo.

Después de una corta vacilación, la linda dama ofreció al caballero un asiento en su carruaje convidándolo a cenar.

Excusado es decir que hubo postres.

Ay! Qué exquisitos debían ser los <i>postres</i>.”

El segundo caso, que publica El Progreso del 10 de febrero de 1871, no es referido precisamente por un “ganador” en la contienda amorosa, y es el propio cronista quien asume con la cola entre las piernas la primera persona del relato:

“<b>Anteayer</b>

Como estaba cayendo un diluvio, me hallaba en la puerta del café de Córdoba.

Pasan dos muchachas, jóvenes y bonitas.

No tenían paraguas, y yo tampoco,

Hubiera dado la calva de D… por tener un paraguas.

Sin embargo, me acerqué a las dos muchachas, y les ofrecí un coche.

Entretanto pasaba mi amigo Bancalari con un coche vacío.

– ¡Hola! Bancalari, dame este coche,

–Imposible, me contestó, está ocupado.

–Es para estas dos hermosuras.

–Ah, esto cambia de aspecto, y siempre galante, Bancalari hizo acercar el coche, subieron en él, cerraron la portezuela y… Fouette cochero, se fueron dejándome en la calle,

Desgraciado de mí.”



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