Una luz titilando en la Córdoba oscura

La poeta y escritora Eugenia Cabral presentó recientemente su libro “Vigilia de un sueño”, donde se consagra a rescatar la figura del gran poeta español Juan Larrea, quien vivió en Córdoba el último cuarto de siglo de su existencia.

Por Gabriel Abalos
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Eugenia Cabral ha reunido en un volumen una serie de elementos que demuestran su duradera fidelidad a la figura del poeta y ensayista Juan Larrea, una de las plumas referenciales de la poesía española vanguardista, quien se radicó en Córdoba durante los últimos 24 años de su vida y murió en esta ciudad en 1980. La poeta cordobesa viene estudiando la vida y la obra de Larrea desde comienzos de los años ’90, y finalmente ha escrito un ensayo y anexado entrevistas realizadas a personas de la cultura de Córdoba que conocieron al poeta, además de artículos previos sobre el hombre que ha sido objeto de su interés y diríamos su devoción intelectual por más de dos décadas. También hay fotografías de Juan Larrea y recortes de periódicos que ayudan a completar el cuadro.
Editado por Eduvim, la Editorial Universitaria de Villa María, el volumen titulado Vigilia de un Sueño – Apuntes sobre Juan Larrea en Córdoba, Argentina (1956-1980) fue prologado por Benito del Pliego, uno de los mayores estudiosos sobre la vida y la obra ensayística del poeta, quien ha situado apropiadamente el aporte de Eugenia Cabral como la mirada que faltaba sobre la última etapa de la vida del gran poeta español.
La poeta Eugenia Cabral no conoció personalmente a Juan Larrea, y ha dado su versión sobre esos veinticuatro años que mediaron entre la llegada a Córdoba, procedente de México y de Nueva York del poeta en 1956, y su muerte en 1980. Parecido al silencio que rodeó en la Docta ciudad argentina al poeta español, mientras era profesor en la Universidad Nacional de Córdoba, fue el de los años posteriores a su fallecimiento, donde la voz de Eugenia Cabral es la primera en intentar situar ese período final de Larrea. La tarea no era fácil, ya que –como indica en su prólogo Del Pliego- el poeta “parece haberse hundido en la penumbra de la última ciudad de su interminable exilio”. Es que a la residencia de Larrea en Córdoba le tocaron dos de los peores períodos de la historia argentina: los más avaros culturalmente, los más oscuros políticamente, los más dolorosos en materia de derechos humanos. Fueron la revolución libertadora que derrocó a Juan Perón en 1955, hasta el retorno a la democracia en 1966; y una década más tarde la mala hora de la dictadura más sangrienta, que se instaló en el país desde 1976 hasta tres años después del fallecimiento del ilustre y casi ignorado huésped nacido en Bilbao.
Ciertamente Larrea eligió el peor momento de Córdoba para su último exilio –había partido de España para instalarse en Francia, en 1926, diez años antes de la Guerra Civil Española- y el entorno mediterráneo argentino le fue muy poco favorable a su tarea intelectual. Había escrito sus últimos poemas en 1932, año en que ascendió al Olimpo poético de la posteridad, aunque el mundo no se enteraba todavía de ello. Desde ese año, la labor de Larrea se orientó hacia la creación ensayística.
La permanencia y muerte del gran intelectual en Córdoba corresponde a su última etapa y Eugenia Cabral ha debido producir una especie de artefacto intelectual para rescatar a ese Juan Larrea de período cordobés, en el que se suman la oscuridad del entorno histórico a su propio silencio poético y a su cotidiano que no le hacía honor al fulgor alcanzado en períodos previos de su vida. Así, Larrea se volvió -para la mirada actual- dos veces lejano. Una buena y profunda entrevista realizada en aquel momento habría suplido magníficamente la necesidad de la especulación que ha dejado abierta la realidad de aquella etapa. La autora de Vigilia de un sueño debe reconstruir a Larrea como quien describe el entorno de un pozo. Eugenia Cabral debe “poner de su bolsillo” la admiración, agotar las huellas que llegan o se alejan de ese pozo, en virtud del reconocimiento previo a un ausente. Esto último a través de entrevistas, algunas a personas que hoy están a su vez fallecidas, como la querida María Luisa Cresta de Leguizamón, o Armando Zárate, o Gustavo Roldán, u Osvaldo Pol. Por momentos su ensayo revela el esfuerzo para acercarse a la imagen difusa de aquel hombre que había sido próximo a Pablo Picasso, a César Vallejo, a Vicente Huidobro, a Luis Buñuel y a otros grandes poetas y artistas contemporáneos suyos y que, siguiendo una especie de intuición que creía visionaria, vino a residir a esta ciudad que refractó su luz. Durante ese exilio perdió a su única hija Lucienne –en un accidente aéreo- y debió criar a su único nieto, Vicente Luy. Un nieto poeta a quien también esta ciudad le fue opaca, y que acabaría suicidándose en febrero de 2012.
Aun con todos esos elementos en contra, lo que ha logrado reunir Eugenia Cabral es muy valioso. Son los datos, los recuerdos de otros, hechos exteriores, noticias viejas, y la propia capacidad especulativa de la autora para decir: aquí está, esto es lo que desde Córdoba era posible tejer sobre Juan Larrea. Es decir: lo poco pero imprescindible, la mirada faltante sobre la vida de un hombre luminoso que se autocondenó a la penumbra, porque la historia misma –la previa, la última- no le fue propicia más que por breves períodos. En ese marco la tarea de Cabral resulta un esfuerzo a agradecer, porque permite desde la caverna de la posteridad asomarse a las sombras proyectadas de una existencia cuyo relieve ya había sido en cierto modo repujado.
En un lenguaje preciso, ejemplar, Eugenia Cabral traza la información que rodea a aquella presencia, tira del hilo que hace surgir aquella Córdoba dolorosa donde un gran hombre envejecía con muy pocos momentos de felicidad y como resignado a su suerte. Y si Córdoba es y fue una gran ciudad, lo fue también y sobre todo gracias a esas presencias de luces opacadas. En un tiempo aciago en el que la autora y muchos de sus lectores debimos transitar la juventud, que tuvo el impulso de la insurrección y luego la paz de las tumbas, a espera de la venida de tiempos mejores.



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