Nostalgias de la confederación

Un nuevo aumento del boleto de transporte en Buenos Aires generó un revuelo nacional y dejó a la vista las diferencias entre la capital y el interior.



Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Según consta en el libro Guiness de los records, el Río de la Plata es el más ancho del mundo. Aunque exista una polémica en torno a cuestiones técnicas sobre si es un río o un estuario, no se debería descartar la influencía de los ríos de lágrimas que aportan los porteños cada vez que les aumentan los servicios.
Ayer se conoció el cronograma del aumento de precio del boleto de transporte para Capital Federal y el área metropolitana de Buenos Aires, que sumará la posibilidad de combinar tramos -tal como ocurre en Córdoba- y servicios -subte, tren y colectivo- para obtener descuentos en una ventana de dos horas.
La acción que ha generado un profundo malestar en la población de Capital y alrededores es llevar el boleto de colectivos de seis a ocho pesos. Lo que para los sensibles porteños es un aumento abusivo, en Córdoba es un recuerdo de tiempos mejores. En diciembre de 2014 el concejo decidió llevarlo más arriba de los siete pesos. En diciembre de 2017 se aprobó llevarlo a más del doble de aquel valor.
Más allá de las comparaciones sobre los subsidios que llegan a uno y otro lado, los servicios son diferentes. Ellos cuentan con más opciones que nosotros (que seguimos esperando el subte que prometió Giacomino o el ferrourbano que prometieron todos).
Aunque nuestros vecinos europeizados sufran por los paros o asambleas de los metrodelegados, nosotros con los colectiveros no la hemos tenido más fácil. Quizás la frustrada “insurrección” de junio de 2017 terminó de enterrar (o no) el accionar abusivo de la UTA Córdoba, algo que comprobaremos al momento de verlos negociar las paritarias.
Por eso verlos llorando pobreza cuando viven o trabajan en una ciudad “del mundo” es indignante. La solidaridad que muchos cordobeses podrían expresar por verlos sufrir los aumentos que acá también hemos sufrido se termina cuando recuperan su identidad centralista y despectiva respecto al interior.
No faltaron los que opinaron desde Buenos Aires sobre el transporte en Córdoba como si todavía circulara la CATA o si hubiese tranvías tirados por caballos. Buscaron todo tipo de razones para mantener su postura despectiva frente a los cordobeses y su odisea de desplazarse mediante el transporte público.
Pese a que nuestra ciudad es casi tres veces más grande (lo que hace que tenga una densidad poblacional siete veces menor que la de Capital Federal), hablaron de lo largo de sus viajes. Cuando se les hizo ver el detalle de la superficie de una y otra ciudad apelaron a “la gente viene desde el conurbano”.
El AMBA cuadruplica en superficie al Gran Córdoba, lo que no invalida las distancias que recorren los cordobeses en colectivos caros, no en trenes subsidiados. Llegar a trabajar a Córdoba desde las ciudades dormitorio que la rodean es un proyecto oneroso -en tiempo y dinero- para los que buscan la tranquilidad de la periferia.
La inmediatez de las redes facilita el intercambio con nuestros hermanos cosmopolitas, que mientras nos tratan de campesinos iletrados reciben como respuesta que son unos ególatras y fanfarrones. Ellos se sienten la vanguardia civilizadora del desierto plagado de indios, mientras el interior se siente la fuerza de trabajo que paga los subsidios para que aquellos viajen barato.
En esas idas y vueltas, a ambos lados de la extinguida frontera entre el Estado de Buenos Aires y la Confederación Argentina todavía se sienten los efectos de aquella división. No sólo en el sentimiento de la gente, sino también en la política de los gobiernos centrales.



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