El capitalismo, la autoayuda y Messi

Todas esas temáticas y más se encuentra en “3x1”, un libro donde hay bronca, ironía y mucho humor, que escribió Omar Hefling y lo presentó en el último cuarto del año recién ido.

Por Gabriel Abalos
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Tres libros en un solo volumen ha editado a fines de 2017 el poeta, periodista y escritor Omar Hefling, bajo el sello Antiplan de Iván Ferreyra. Con el descriptivo título 3×1, reúne poemas y prosas, anotaciones repentinas y textos concienzudos, así como escritos que tienen el tono de una blasfemia dirigida insistentemente contra la mayor concentración de antipoesía construida por el ser humano: el capitalismo. Que se hable de blasfemia implica que los rugidos de Hefling están dirigidos a una enorme creencia institucionalizada, dadora de fe, universal, imponente, y el capitalismo por supuesto es todo eso, aunque es sobre todo el mayor productor de pobreza, y no sólo moral. Es, más que un artefacto para alcanzar la resignación, un activo asesino serial, un criminal que juega millones de vidas en su tómbola.

Pero para qué poner definiciones el comentador, si el libro a comentar las trae a granel. Están concentradas sobre todo en el primer libro (aquí primera parte del volumen común), titulado Restos y descuidos, donde el autor escribe desde un concepto de poesía sepultada por el neoliberalismo. Lo hace cuando dice, por ejemplo: “No se puede ser poeta y creer en el capitalismo / No se puede / No se debe / Es indigno / Es inmoral / Pero aquí estamos celebrando el crecimiento / De la producción industrial / y olvidándonos de pensar / en destruirlo”. Lo hace cuando traza títulos como: Poesía política economía y terrorismo, Poesía globalización y militancia, Poesía paraísos poéticos y fiscales, o Poesía y agronegocios. Y cuando escribe en Poesía y territorios perdidos: “Éramos la patria sin tierra del oso / Y ahora somos la patria del faro de los ciegos / Éramos la patria del insulto donde debajo de cada puteada / Brotaban utopías / Y ahora somos un manojo de leyes escritas de puño y letra / de un puñado de garcas que nos legó la burguesía / un código de faltas inconstitucional y fascista / para mantener a raya a los negritos / Una ley antidroga para meter en cana a los perejiles / y una ley anti trata para cerrar whiskerías / y las putas trabajen para quienes legislan.” También contiene la serie titulada Caranchos, quienes “sobrevuelan la carroña esperando que los cadáveres lo acaricien con su perfume”.

En fin, que Hefling empuña la poesía, y no es un gesto parecido a una satisfacción represiva, sino un ejercicio de conciencia que se lanza a la vez a los oídos de quienes quieran y no quieran oír. Pero hay más.



Le dedica también un libro, aquí el segundo, titulado El oficio de hablar con las piedras, a otro enemigo, o tal vez el mismo, que es el concepto de autoayuda: esa invitación a disfrutar de la soledad, a lamerse las propias heridas prescindiendo de un brazo solidario. Es una poesía aforística, anotaciones e iluminaciones que se dirigen a ironizar y a desafiar “el voluntarismo mágico impuesto por esta mutación del capitalismo de convencerte de que no es el sistema el culpable de tu fracaso, sino tu propia debilidad emocional”. Omar Hefling blande su puño contra esa disciplina autista, y lega frases antológicas: “No sanarás tu vida leyendo un libro sobre cómo sanar tu vida. La única manera es que te hundas en tu propia mierda y luego salgas vivo.”; o “¿Cómo? ¿Así que ahora has empezado a meditar? Te aconsejo que sigas rumiando.” O también: “Desconfía de los libros que te enseñan a volar, recuerda que la puntería del cazador aumenta según el tamaño del objeto volador”. Son, en suma, unos parpadeos entre medio de una extensa niebla de sentido, donde el humor es una gambeta, el sarcasmo un escudo, la lucidez una granada.

Y el tercero de los 3×1 se titula De la mano de Dios al bosón de Higgs, una serie de prosas dedicadas a contrarrestar las operaciones contra la “habilidad de intercambiar experiencias”. Su modelo es ese texto colectivo que jamás “cesa de contarse de boca en boca con pequeñas variaciones”. En fin, “los infinitos discursos populares en torno al fútbol” son la temática donde sale Hefling a jugar en esta parte del volumen. Son breves ensayos y narraciones que se proponen recuperar el análisis de la picardía popular, de la pasión y el fervor que no se equivoca al juzgar a los héroes culturales de la cancha, por más que el discurso periodístico trate de imponer el monopolio de opiniones adocenadas, contagiadas a quienes gustan vivir de frases hechas y santificar el triunfalismo.

Allí escribe, por caso, en El pesimista del gol, en contraposición al apodo que se le adjudicaba a Martín Palermo, “el optimista del gol”: “Nunca escuché una idiotez tan grande como esta. Ahí están los profetas de la autoayuda buscando una frase oportuna en un charco de mierda. Quién le habrá dicho a esas cotorras que los goles dependen del optimismo. Sostener semejante imbecilidad es afirmar que existen delanteros que no quiere hacer goles, es como pensar que jugadores que se entrenan toda la vida para hacer goles, por culpa de un estado de ánimo se empecinan en errarlos”.

Esta última sección es muy sabrosa para los amantes críticos del deporte masivo, y allí ensaya una serie de elucubraciones sobre lo que divide el juego de Maradona del juego de Messi; o la diferencia entre Pelé y Maradona, o –un hallazgo- la extrapolación de las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino al juego de Messi, ensayando la idea de que “lo que Calvino pensó para las letras lo escribe y representa según sus especulaciones, un jugador de fútbol llamado Lionel Messi”.

Tres libros en uno y mucho para leer, con una continuidad que justifica de sobra el haber sido editados entre las mismas tapas. Una lectura para recomendar en verano, o en cualquier estación.



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