Una cruzada contemporánea

El miércoles pasado, a los 74 años, Johnny Hallyday dejaba este mundo y sumía en la tristeza a aquellos que crecieron escuchando su voz y que, a través de ella, entendieron que el rock no pertenecía a ningún lugar en particular, sino que era una expresión elaborada por y para los jóvenes.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cuando Elvis ondeó por primera vez su jopo, quebró sus caderas y desplegó la sensualidad de su voz, en Córdoba se estaba gestando el golpe de estado que derrocó a Juan Domingo Perón en 1955. Los pantalones cortos solamente podían ser utilizados por los niños y por los deportistas. El resto de los hombres debía llevar los largos, que eran símbolo de la adultez y de la masculinidad. Las mujeres, por su parte, portaban esas faldas que identificaban su condición y en su mayoría estaban condenadas al rol de amas de casa. Los roles sociales, en esa época, estaban definidos con mucha claridad.
La instancia del baile era una de las pocas que permitía a futuros novios conocerse e intimar. Eran orquestas que tocaban en vivo y que alternaban las selecciones de tangos con otras de ritmos populares, sobre escenarios montados en esos clubes que no podían faltar en ningún pueblo ni barrio. Las pistas eran de mosaico, de cemento o de tierra, aunque en este último caso se procedía a regarla previamente para que la polvareda no se levantara ni ensuciara las ropas de gala. Las chicas (muchas veces acompañadas por su madre o alguna tía) debían esperar sentadas a que algún galán las sacara a bailar.
La televisión todavía no había llegado a Córdoba cuando Elvis hizo su ingreso triunfal en la pantalla chica estadounidense. Por aquí, las radios seguían reinando como el entretenimiento favorito en los hogares, donde noticias, radionovelas, emisiones deportivas y programas musicales eran escuchados con embeleso por una audiencia que tenía como ídolos a los periodistas, actores, relatores y músicos que salían al aire. Un panorama que, ante los avances que disfrutamos en la actualidad, parece extraído de la prehistoria, pero que era la realidad cotidiana que vivían los cordobeses a mediados de los años cincuenta.
Ese muchacho de campera de cuero que calentó la escena musical en el hemisferio norte, en realidad estaba encendiendo una chispa que, años más tarde, incendiaría el planeta, sobre todo cuando los Beatles y los Rolling Stones tomaran la posta y dejaran atrás ese mundo viejo en el que los sonidos y los textos prevalecían sobre las imágenes. No habría ya casi rincón del globo en el que no surgieran jóvenes dispuestos a llevarse por delante las convenciones que había regido hasta entonces las conductas públicas y privadas de una humanidad que ya nunca más volvería a ser lo que había sido.
En Francia, que por los resquemores de la entonces reciente Guerra Mundial y por una cuestión cultural e idiomática, permanecía replegada sobre su propia geografía, las réplicas del terremoto Elvis hicieron trastabillar a una sociedad que, en ese entonces, respiraba existencialismo. Y así fue como Jean-Philippe Léo Smet cometió un sacrilegio: se lanzó como cantante de rock y, al asumir su carrera artística, decidió ponerse un nombre en inglés. Que el mayor ídolo del rocanrol francés se llame Johnny Hallyday es la mejor demostración de cómo la fiebre desatada por Elvis rompió con todos los cánones existentes.
El miércoles pasado, a los 74 años, Johnny Hallyday dejaba este mundo y sumía en la tristeza a aquellos que crecieron escuchando su voz y, a través de ella, entendieron que el rock no pertenecía a ningún lugar en particular, sino que era una expresión elaborada por y para los jóvenes, sin que importara su lugar de procedencia. Ese muchacho que soñaba con ser Elvis (como Sandro o como Enrique Guzmán) ayudó a sembrar las semillas de una nueva era que ya lleva más de medio siglo de vigencia y que impuso alteraciones descomunales; tanto, que aún hoy aquella cruzada nos parece contemporánea.



Dejar respuesta