Dos años de Macri: mejor para Schiaretti que para Mestre

Han sido dos años excelentes para Córdoba, particularmente buenos para Schiaretti, no tan exultantes para Mestre e indiferentes para De la Sota.



Pablo Esteban Dávila

Después de una década de padecer a los K, los dos primeros años de Mauricio Macri en el gobierno se han revelado como un bálsamo para Córdoba. Por primera vez en mucho tiempo, la provincia fue sucesivamente cortejada, premiada y vuelta a cortejar por la Casa Rosada. A pesar de su nominal condición de opositor, Juan Schiaretti tuvo un importante aporte de fondos nacionales que le permitieronllevar adelante un ambicioso plan de obras públicas como hace tiempo no se veía.
La generosidad de Macri no estuvo motivada, precisamente, por los deseos de hacer justicia con un distrito que había sido arbitrariamente marginado. Sucede que Córdoba fue clave en el balotaje que le deparó la presidencia y que muchos de aquellos votos provinieron de electores que, en las previas elecciones locales, habían respaldado a Schiaretti. Fue necesario, desde el comienzo mismo de su gestión, trabar una relación estrecha con el gobernador y demostrarle a los cordobeses que, esta vez, la Nación sería una aliada y no un lastre para la provincia.
Esta cercanía se mantuvo casi sin fisuras durante el período, con la sola excepción de breves chisporroteos durante las PASO. Aquellas escaramuzas se explicaron por la desorientación que produjo en el Centro Cívico la perspectiva de una derrota a manos de Cambiemos sin tener un discurso alternativo para paliar tal certeza. Schiaretti tuvo que improvisar una serie de reclamos hacia la Nación que no convencieron a nadie y que, de paso, enojaron a muchos funcionarios del gabinete. En las elecciones generales, sin embargo, esta beligerancia perdió intensidad de la mano de un nuevo enfoque de Unión por Córdoba. Posteriormente la concordia fue reestablecida con la naturalidad de dos viejos amigos.
Intramuros, para Cambiemos fue también un tiempo de gran bonanza. El espacio se consolidó y pudo triunfar categóricamente en los dos últimos compromisos nacionales, el último de ellos con particular holgura. Sin importar que el candidato fuera “La Coneja” Baldassi o Mario Negri, el oficialismo cantó victoria cuando de apoyar al presidente se trató. La plusvalía electoral resultó de tal magnitud que hasta un bonaerense (Nicolás Massot) sacó patente de dirigente cordobés de la noche a la mañana sin que nadie se preguntara sobre el origen de semejante trasmutación.
Pero las alegrías no fueron del todo parejas dentro del oficialismo cambiemita. Ramón Javier Mestre resultó uno de los menos favorecidos desde el punto de vista político aunque, por el contrario, sí obtuvo el indispensable apoyo financiero desde la Nación para relanzar la gestión municipal.
Su caso resulta bastante extraño dentro de este balance. Cualquier observador podría inclinarse a suponer que, dada su edad y el hecho de comandar la segunda ciudad del país, el presidente tendría que encontrar en Mestre al interlocutor exacto para extrapolar su proyecto de poder al distrito. Pero esto no ha resultado de tal modo; antes bien, parecen haber primado la desconfianza y el recelo mutuo a la hora de pensar un futuro en común.
Es un hecho que Macri prefiere conversar con Oscar Aguad (su ministro y amigo personal) o con el diputado Negri antes que con el intendente de Córdoba. Las razones de estas preferencias son hipotéticas. Algunas podrían sugerir que Mestre gusta pavonearse con eso de ser jefe del radicalismo provincial y que tal pretensión de autonomía no resulta del agrado del entorno presidencial. Otras refieren que no estaría dispuesto a aceptar mansamente un dedazo desde Buenos Aires respecto al próximo candidato a gobernador y que, ante la presunción de un posible fait accompli, intentaría rebelar a su partido e ir por lo que considera es su derecho adquirido.
No ayuda, por cierto, la lejanía con que el PRO considera a la gestión municipal. Aunque el viceintendente Lábaque es de extracción macrista, no es mucho lo que los amarillos han aportado a los equipos del Palacio 6 de Julio. Esta reticencia no es, como puede adivinarse, fruto de un desgano de la fuerza, sino la consecuencia de la renuencia mestrista para convocarlos a tareas de mayor fuste. Esta lejanía no ayuda en la compresión y entendimiento mutuos.
De cualquier manera, el intendente está hoy mucho mejor de lo que lo estuvo con Cristina Kirchner. Esto lo emparenta con Schiaretti de quién, lícitamente, se siente un opositor.La certeza de compartir los favores del presidente es lo que, probablemente, mayor mortificación le produzca. Aunque se sabe privilegiado por aportes y políticas nacionales advierte que cómo, en términos proporcionales, el gobernador es receptor de una mayor cantidad de fondos y promesas. ¿Cómo podría ganarle en semejante contexto? –se pregunta. Para Mestre (y también para otros radicales) la perspectiva de competir contra un oficialismo provincial paradójicamente fortalecido desde el poder central es un sinsentido político.
Estas tribulaciones son absolutamente marginales en el razonamiento que prima en Balcarce 50. Schiaretti es un término necesario en la ecuación política nacional, le guste o no a la versión cordobesa de Cambiemos. Macri lo ha fortalecido deliberadamente en todo este tiempo sin preocuparle demasiado como impactará tal cosa en 2019. No le disgustaría, inclusive, que continuara al mando de la provincia por cuatro años más a despecho de lo que podría parecerle sus propios seguidores.
Para el ciudadano común estas abstracciones son poco menos que fruslerías. Desde su punto de vista el bienio ha resultado ser pródigo en buenas noticias institucionales. La colaboración entre Nación y Provincia ha reportado la ejecución de obras largamente dilatadas, la reactivación de gestiones municipales antes paralizadas y el final de la puja interjurisdiccional por el auamento de impuestos. La agenda pública se ha transformado en un territorio de mucha mayor racionalidad y parece existir ahora un extendido consenso para impulsar al sector privado por sobre el gasto público. Para una provincia como Córdoba, con una relación de habitantes sobre empleo estatal de las más bajas del país, la proyección hacia el futuro no deja de ser promisoria.
Un caso aparte en este orden de cosas podría ser el de José Manuel de la Sota. Alguien podría suponer que, por su formación ideológica, el exgobernador podría sentirse más próximo al presidente que el propio Schiaretti. Sin embargo esto no ha sido así. Recluido en su reciente afición por la moda, De la Sota sólo instila desconfianza hacia el elenco gubernamental. Lo hace, ciertamente, en dosis homeopáticas, casi como al descuido, pero es evidente que no existe afecto hacia la Casa Rosada. Es probable que esta desafección sea haga más notoria a medida que Macri consolide su posición política y que el cordobés vea alejarse, nuevamente, sus ambiciones presidenciales.
Han sido dos años excelentes para Córdoba, particularmente buenos para Schiaretti, no tan exultantes para Mestre e indiferentes para De la Sota. Quizá sea la mutación de cenicienta a princesa lo que mejor explique lo sucedido, en este sentido, en la primera mitad de la gestión macrista.



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