Otra ronda de juramentos de los elegidos en octubre

Después de las elecciones llega el juramento, paso necesario para la asunción. Hace una semana fue el turno de los senadores, ayer el de los nuevos diputados electos.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Resulta increíble que un requisito administrativo y burocrático se pueda convertir en un hecho político, aunque en realidad no nos sorprenda. En Argentina tenemos una larga tradición de hacer un mundo de cualquier cosa.
Hace ya un par de años, tras la muerte de Néstor Kirchner, algunas personas decidieron incluirlo en sus juramentos, siendo el de su viuda el más destacado. Aquella vez Cristina pidió que si no desempeñara adecuadamente su función, “Dios, la patria y él me lo demanden”.
Lo que de alguna manera anticipó lo que se vería en el congreso fue el escándalo del lunes en la legislatura porteña. Luego de que Myriam Bregman, legisladora electa por el FIT, convirtiera el juramento en un acto político, el abucheo fue contundente.
Aunque las formas fueron exageradas (no hacen falta el griterío y los insultos cuando lo que lo provoca no lo vale), hay que reconocer la persistencia de la legisladora para violentar las normas y ofenderse por las consecuencias.
Como McGyvers de recinto legislativo, los dirigentes del FIT inventan un acto cada vez que agarran un micrófono. Demuestran una absoluta incapacidad de ajustarse a las reglas, en un rol de victimización permanente cuando sus berrinches adolescentes bordean la falta de respeto.
Ayer, aunque sin abucheos, hubo juramentos de los más variados.
Los camaradas de Bregman insistieron en Rafael Nahuel, Santiago Maldonado, la lucha de los trabajadores y los jubilados; si los dejaban llegaban hasta la comuna de París de 1871, la rebelión francesa de 1848 o el nacimiento de Karl Marx.
En ese espacio ambiguo que recorre entre el trotskismo y el peronismo que suele recorrer el kirchnerismo, hubo menciones a Néstor, Perón, Evita y los desaparecidos.
También hubo menciones al terruño con Espinoza recordando a La Matanza, la fortaleza kirchnerista del conurbano.
Nuestro coterráneo Pablo Carro juró por todos los trabajadores, Agustín Tosco y Atilio López. Hugo Yasky, docente como el cordobés, juró por la libertad a Milagro Sala.
Desde el kirchnerismo no faltó tampoco la referencia a los tripulantes del ARA San Juan.
Desde el otro lado de la grieta hubo quienes votaron para que “los delincuentes nunca más gobiernen nuestro país”, como el salteño Martín Grande, o quienes pidieron por la vigencia del Estado de Derecho o la Constitución Nacional en todos sus términos (como si uno pudiera jurarla por secciones).
Si bien tiene lógica que cada persona jure por aquello que considera más importante, viene bien la idea de acortar un poco las cosas y limitar las opciones, aunque se debería ver de renovar las desactualizadas formas que se usan hoy. No parece muy moderno -ni sensato- combinar Dios, la patria, los santos evangelios y la constitución.
En una república laica como la nuestra no debería haber lugar para el compromiso con nada más que con ella y su origen, que no es otro que la Constitución Nacional. El resto de los elementos debería permanecer siempre subordinado. Al menos si todavía pretendemos mantener el imperio de la razón por sobre el misticismo.



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