Aventuras de un garronero en el siglo XIX

Un gacetillero de El Progreso en 1870, aporta un retrato de costumbres de su entorno de la Córdoba pueblerina, mediante un personaje que funciona como un arquetipo del vivo que se las arregla para conseguir gratis lo que otros deben naturalmente pagar.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Honoré Daumier, “Leyendo el diario”, ilustración de 1840.

Las secciones que contenían un potpurrí de novedades, hechos, casos, curiosidades y humor eran ya habituales en los periódicos después de la mitad del siglo XIX. Allí los lectores descansaban del peso de las noticias preocupantes y sesudas, y hallaban una fuente de sonrisas. El rango de ese tipo de sección era bastante diverso en cuanto al tipo de noticia o relato, como a su tratamiento. Se incluían casos curiosos, sucesos de otros países, y también comentarios locales próximos a la chismografía o sazonados con toques de escándalo. Se delineaban columnas y epígrafes fijos que los gacetilleros o boletineros del diario llenaban manteniendo en lo posible un cierto tono y también un estilo. Cuando había buenas plumas en la publicación, se podían recoger allí perlas de la vida cotidiana de la ciudad.
En este caso particular, firmaba en esa página de El Progreso (por lo general la tercera del diario, cuando ésta no era tomada por la publicación de edictos, reglamentos u otro tipo de texto de carácter oficial) un redactor apellidado Zurriago, que hacía gala de su apellido en cuanta nota escribiese, y que participó a intervalos en fuertes cruces de “gentilezas” con otra publicación contemporánea: El Eco de Córdoba. Cuando el Eco se enojaba con Zurriago, lo apostrofaba como “el portugués del Progreso”. A su vez, éste mantenía su permanente esgrima con los “cólegas” y tenía sus adversarios favoritos, a quienes siempre aplicaba el sarcasmo de un seudónimo. Alguna vez habrá que reunir las piezas de “Salvador de los Zurriagos”, como muchas veces se apodaba a sí mismo.
Zurriago era más visible que ningún otro miembro de la redacción, ya que ejercía una especie de culto de sí mismo, aunque no sabemos si el suyo era un apellido u otro seudónimo. Aun así, hay que señalar que en cuanto autor, más acá de su identidad, él sostenía el personaje y el estilo, y por lo general se situaba bastante al frente de sus notas, sin la menor discreción. Su presencia puede incluso parecer excesivamente inmodesta para el gusto contemporáneo, y en su propia época no se encuentran fácilmente cronistas firmantes tan notorios sin que posean una firma literaria o un rol social reconocido en el medio. Zurriago era popular por su aporte periodístico diario, aunque realmente no contamos con datos de contexto más que para conjeturar sobre su fama local.
En el texto que compartimos, el autor presenta su creación: el señor Gratis, aquel que se procura, por todos los medios, el periódico, la entrada al teatro, la salida al campo, sin pagar por ello su valor. Zurriago lo sitúa con claridad en el marco social de la época. Su relato resulta todo lo jugoso y sabroso que cualquier diario de entonces desearía para sus páginas amenas. El retrato sirve, a la vez, para respirar un poco los usos y costumbres cordobesas de fines del 1870. El retrato del Sr. Gratis toma vida durante varios días en el diario, inserto en el medio de una comunidad de vecinos que podrían seguramente reconocer al personaje en algunos rasgos de sus propios conocidos.
La figura del Sr. Gratis se emparenta con su descendiente por línea directa, a quien boceta Roberto Arlt en sus Aguafuertes Porteña: El garronero, aquél que “sin distinción de credo político, religioso o filosófico, procede de asalto en los negocios que se relacionan con su estómago o con su comodidad”. El que “se tira a muerto cuando sonó la hora de encararse con el mozo”. El que “se presenta en las casas cuando estaban almorzando”. Aquél que, en fin, “se precipita allí” cuando distingue a un amigo en el café, y “le hace a mozo un gesto tan fino, tan huido, que el amigo no sabe si el mozo se presenta espontáneamente o lo llamó el garronero”.
He aquí la pintura que hace Zurriago en El Progreso:

“¿Conocen ustedes al señor Gratis?
¿No?
Pues entonces se lo presentaré a Vds. para que le conozcan; es un tipo curiosísimo.
El señor Gratis pertenece a la clase media y bien acomodada, y pasa por excelente sujeto, y no seré yo quien le niegue esta buena reputación.
Por desgracia tiene un defecto, que ha ejercido en su vida una influencia desastrosa.
Este defecto es… No encuentro como calificarlo.
El señor Gratis no es codicioso (…) no es interesado, pero el adversario que lleva en su nombre, ejerce en él una fascinación irresistible.

Gratis
A esta palabra cobran actividad todas las fuerzas de su espíritu, no por amor a la economía, sino por amor a su propio ser sencillamente.
El buen hombre no tiene más que una ambición: obtener ¡Gratis! Lo que los demás pagan con dinero.
Este triunfo, le enorgullece más que si ganara una batalla.
Muchas veces le he oído decir con malicioso desdén:
Hay quien dice que la vida es cara en Córdoba: todo consiste en saber vivir. Yo encuentro siempre medio de procurarme gratis las satisfacciones que otros pagan a peso de oro.
Pero, ya lo he dicho ¿hoy quién sabe vivir?
Y van a ver cómo sabía vivir el señor Gratis.

El periódico del señor Gratis
El señor Gratis necesitaba leer un periódico todas las mañanas.
Pero eso de suscribirse a uno y pagar dos pesos al mes, le salía muy mal.
Por ese dinero, cualquiera tiene un periódico.
E necesitaba un periódico suya suscripción pagase otra persona.
Con el designio de lograr este intento, una noche le pidió en el café al lado del Teatro, con pretexto de que tenía que velar un enfermo y necesitaba un periódico para no dormirse.
Al día siguiente volvió a pedir el mismo diario para seguir e folletín, y al cabo de la semana, ya el mozo a quien daba todas las noches un medio de propina, le ponía «El Progreso» sobre la mesa, al mismo tiempo que el café,
Al cabo de un mes, puesto de acuerdo con el mozo de café y el repartidor de diarios, logré que éste se lo llevase a su casa por la mañana, y él lo leía en la cama y luego enviaba el papel al café.
Esta circunstancia lo hace frecuentar mucho el café, donde gasta algunos reales diarios, sin contar lo que pierde jugando al billar con el dueño; pero ¿qué le importa esto? En cambio lee «El Progreso» gratis.
Si le gusta, mañana seguiremos el retrato de este personaje.”



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