El Senado nacional, museo vivo de nuestra historia

El Senado de la Nación es una cámara muy particular. Así como todos reconocen que es el lugar en el que los políticos de más trayectoria van para seguir usando su influencia y reconocimiento, puede ser un arma de doble filo, anticipando el retiro.

Por Javier Boher
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Espacio de construcción de poder de bloqueo, suele ser el último mojón para los caudillos territoriales.
Algunos de estos han sabido posicionarse hábilmente para manejar influencias y votaciones. Han refrendado las decisiones del gobierno de turno o las han frenado con mucho disimulo. En ese grupo hay algunos senadores como Miguel Ángel Pichetto, que ha anunciado la ruptura con el Frente para la Victoria.
Desde otro lugar, hay otros que apuntaron al Senado como el refugio al que fueron a pasar sus días preparándose para volver, sólo para descubrir que la comodidad de la Cámara Alta los retira de la arena política. Ese es el caso de Carlos Reutemann, que pese a sus oscilaciones como candidato tapado, terminó disfrutando el retiro con gloria, con una imagen que se sostiene.
Hay otras caras como las de Adolfo Rodríguez Saá, José Alperovich o Maurice Closs, que aún manejan sus provincias como su propia estancia.
Como siempre, hay personajes que se alinean o acompañan la voluntad de los jefes de bloque. Aunque sean menos visibles, son igual de importantes, ya que suelen representar los intereses de los caudillos que permanecen en provincia -más que a la provincia en sí-.
Lo que sigue a partir de que asuman formalmente los nuevos senadores es ver qué lugar va a tener Cristina. Los más optimistas esperan que se someta a la voluntad de su partido, pese a la ruptura total con Pichetto. Difícilmente acepte recibir órdenes de un ex subalterno al que maltrató en incontables ocasiones, por lo que esto está casi descartado.
Quizás redescubra el confort de los asientos y la cordialidad con la que se tratan todos, aunque difícilmente se convierta en una Reutemann. Es mucho más inquieta y su apoyo popular es una incógnita, habiendo salido segunda en Buenos Aires y con Santa Cruz en una grave crisis.
Quizás -y esto es lo más probable- quiera ir por el protagonismo absoluto, soñando con que el electorado es igual que el séquito de aplaudidores que la acompañó a la jura.
Ella espera un regreso triunfal a la presidencia dentro de dos años. Es inevitable que se ilusione. Pero si mira bien a su alrededor, verá a un histórico Carlos Menem. Y quizás ahí, al ingresar al cascarón geriátrico que le ha servido de resguardo, ella entienda que la historia no está de su lado.



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