El paso de las mujeres por el poder y su supuesta ventaja

Tres lamentables ejemplos: Eva Perón, Isabel Perón y, más recientemente, Cristina de Kirchner .

Por Daniel Gentile

Todas las personas tienen derecho a elegir y a ser elegidas para ocupar cargos públicos. Todos, sin distinción de sexo, raza, religión o genealogía, tenemos la posibilidad de participar de la conducción del Estado. Todos podemos aspirar a ser concejales, legisladores provinciales, intendente, vice intendente, gobernador, vice gobernador, diputados y senadores nacionales, presidente y vicepresidente de la República. Esta es una derivación lógica del principio constitucional de igualdad ante la ley. Por eso, porque somos iguales ante la ley, porque el único requisito exigible es la edad mínima y la idoneidad, toda ley de cupo es inconstitucional. Así lo sostuve en mi reciente nota en la que enfoqué la llamada “ley de paridad de género”.
Este es un tema. Otra cosa es saber si realmente las mujeres han aportado cosas nuevas, y buenas, en la actividad política.
Es casi una frase hecha, un lugar común, un cliché, decir que las mujeres, o los jóvenes, traen algo así como un aire fresco al mundo de la cosa pública. También, me parece, es una expresión cargada de demagogia.
En muchos años que llevamos con intensa participación femenina en la conducción del Estado, podría llegarse a una primera conclusión: las mujeres no son mejores ni peores que los hombres. En un país donde la política está degradada, donde muchos que la ejercen son meramente pymes o grandes empresarios de la cosa pública, puede afirmarse que, en general, las mujeres han demostrado ser tan malas como los hombres.
Miles de mujeres son y han sido concejales, diputadas, senadoras, intendentas, gobernadoras. Pero hubo tres que estuvieron, en su momento, en el vértice de la pirámide del poder.
Dos ostentaron formalmente el cargo de Presidenta de la República, y una, sin investidura alguna, ocupó el podio que condujo, durante algunos años, los destinos de la Argentina.
María Estela Martínez de Perón fue la que menos daño nos hizo. Accedió al poder previa escala en la alcoba –lo que no es necesariamente un demérito- y la muerte de su marido la colocó, de pronto, en el lugar y en el momento en el que nadie, menos ella, hubiera querido estar.
En su descargo puede decirse que su gigantesca ineptitud no fue peor que la profesionalidad de cientos de hombres y mujeres que integraban por entonces su gobierno y la oposición. No fue “Isabelita” sino el país entero el que no pudo o no supo resolver en el marco de la Constitución el capítulo más crítico y violento de nuestra historia. Isabel de un modo implícito, con su abulia exasperante, y el resto de la clase política de manera explícita, no supieron o pudieron con esa pesada mochila.
Isabelita fue, en cierto modo, la más femenina de las tres. Tenía ciertos rasgos de suavidad que mitigaban otras carencias. Desbordada por la crisis, pudo haberse mostrado exaltada, pero nunca lo hizo. No fue –y esto no es poca cosa- una persona intolerante.
María Eva Duarte de Perón no fue presidenta ni vice presidenta, pero de hecho, formaba junto con su marido el binomio más poderoso de la Argentina. Su muerte temprana tronchó su carrera y al mismo tiempo la convirtió en mito.
“El hada rubia”, “la abanderada de los pobres”, “la madre de los humildes”, ha quedado en la historia como un símbolo de los justicieros sociales, con el sencillo expediente de hacer caridad a su nombre con los dineros públicos.
Cargada de odio por motivos que guardan relación con su historia personal, se dedicó a derramarlo en su breve paso por la política.
Eva Perón fue la mujer que en sus arengas gritaba con un absoluto desprecio por sus cuerdas vocales, como si necesitara el estallido para descargar su resentimiento.
Fue la mujer que nos dejó frases como “alpargatas sí, libros no”, “no dejaré piedra sobre piedra que no sea peronista”, “tengo dos distinciones: el amor de los humildes y el odio de los oligarcas” o “cinco por uno y no va a quedar ninguno”.
Cristina Fernández de Kirchner, la tercera, tenía luz propia, más allá de su sociedad con Néstor.
Sin embargo, como casi todas las mujeres que en la Argentina se dedican a la política, quiso ser Eva.
La imitó hasta en el modo de gritar, y puede decirse que, favorecida por las circunstancias –entre ellas el sentimiento de piedad que inspiró su repentina viudez- en algún momento no le fue tan mal, y pudo ser reelegida.
Pero a ella le debemos los ocho años más exasperados de nuestra historia reciente.
El estilo del grito, de la bronca, de la histeria, de la injuria, marcó a todos, incluso a sus enemigos.
No sólo Cristina quiso ser Eva. No hay mujer en la Argentina que, iniciada en la política, no se inspire en el mismo modelo. María Eugenia Vidal, la estrella del macrismo “neoliberal”, ha declarado su admiración por Evita. Tal vez lo hace porque omitir esa profesión de fe, esa veneración, puede quedar muy mal. Tal vez lo hace porque el “evitismo” es una obligación impuesta por el código de la corrección política promulgado para las mujeres.
He notado también que algunas, con aspiraciones más modestas, se conforman con ser Cristina. Quizás porque no se dan cuenta de que en verdad están imitando a una imitadora.
Ninguna política argentina, que yo sepa, ha declarado su admiración por Margaret Thatcher. Una mujer talentosa, con convicciones firme, con energía y determinación, y sin exasperación. No tenemos ni hemos tenido en nuestro país una mujer con semejante nivel de preparación y capacidad.
Se han equivocado feo nuestras mujeres en la elección de sus modelos. Asignatura fundamental en cualquier carrera.
Mantengo, sin embargo, la primera conclusión de esta nota. Las mujeres, en general, no han sido en la política mejores ni peores que los hombres.
Pero con las que de hecho o de derecho estuvieron en la cima del poder, nos ha ido muy mal.