Retrato del científico joven

Su estadía de dos años y medio en Córdoba fue un interesante interludio en la construcción del notable geólogo y geógrafo que llegaría a ser William Morris Davis (1850-1934), quien formaba parte del personal traído por Benjamin Gould para montar el primer observatorio astronómico argentino, en 1870.

Por Víctor Ramés
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Hoja del cuaderno entomológico cordobés de William Morris Davis, y una foto del científico a los 20 años.

William Morris Davis tenía 20 años cuando llegó a Córdoba. Había nacido en Filadelfia y llegaría más tarde a ser considerado el padre de la Geografía estadunidense, por haber sentado las bases científicas de la disciplina, y promover su estudio en todos los niveles de escolarización, desde el secundario hasta la universidad.
Sin embargo, nada de eso figuraba aún en su biografía, cuando arribó a la Argentina junto a Mr. y Mrs. Gould. Era un joven brillante a quien el futuro director del Observatorio de Córdoba había elegido personalmente para formar el primer equipo.
El interés de Benjamin Apthorpe Gould en realizar observaciones del cielo austral desde Argentina, y que encontró la mejor disposición en el entonces ministro Domingo Faustino Sarmiento, nació del convencimiento de poder contar con visualizaciones más límpidas en Sudamérica que en la nublada Norteamérica. Cuatro asistentes lo acompañaron en esta misión de levantar el observatorio astronómico de Córdoba, y el propio Gould indicó que ninguno de ellos contaba entonces con conocimientos ni experiencia específica en Astronomía.
Junto a sus colegas, William Morris Davis viajó a la Argentina en durante sesenta y tres días, siempre llenando su libreta de apuntes sobre lo que llamaba su atención, plena de bocetos y dibujos, un hábito que proseguiría desarrollando una vez instalado en Córdoba. Algunos datos sobre su arribo y permanencia aquí son provistos por el segundo volumen de la Historia del estudio de las formas terrestres o el desarrollo de la Geomorfología, de Richard J. Chorley, Robert P. Beckinsale y Antony J. Dunn, que está dedicado a un detallado relato de la biografía de Davis. Los autores han realizado una minuciosa investigación y tuvieron acceso a las cartas que Davis, criado en una familia cuáquera, les enviaba a sus padres durante sus largos viajes por el mundo. La inclusión de párrafos de las cartas de Davis permite una lectura discreta de algunos datos, no muchos, sobre su período de residencia en Córdoba, al que la obra dedica un capítulo entero.
El arribo de Gould, su esposa Mary Apthorpe Quincy Gould, y de sus asistentes a Córdoba, ocurrió mientras esta capital se preparaba para la Exposición Nacional que sería inaugurada a fines de 1871. Davis permanecería hasta 1873 y su trabajo quedó plasmado en aportes a la Uranometría Argentina, fruto de la observación minuciosa a través del telescopio.
No se cuenta con muchos datos sobre la vida social de aquel personal que trabajaba en el observatorio, y en lo que hace a Davis, probablemente el joven científico no tuviese ninguna, a juzgar por su rutina de aquellos años. En el poco tiempo que restaba tras el arduo trabajo por el que era pagado, Davis continuaba desarrollando sus intereses científicos, entre ellos sus minuciosos estudios e ilustraciones entomológicas, que sumaron retratos de insectos cordobeses a sus carpetas. “El año pasado –escribía desde Córdoba en una carta a un colega científico norteamericano- pude dedicar casi todos mis domingos a estudiar insectos, con vistas a aprender algo sobre su anatomía: comencé por un gorgojo grande, de casi una pulgada de largo, que vive en la ‘Algarroba’, y estudié gran parte de los músculos de la cabeza y la pata, y tengo dibujos de éstos”. La carta dedica un largo párrafo a otros insectos, y más adelante dice: “Los dos veranos que pasé aquí viví en la ciudad, de manera que debía caminar media milla para llegar a terrenos de caza. Ahora, gracias a la amabilidad del Dr. Gould, todos los asistentes estamos juntos en una casa en terreno del observatorio, en los ‘Altos’, y solo tengo que cruzar la zanja para estar en un territorio favorable a mi estudio.”
Aunque William Morris Davis no pareció hallarse del todo a gusto durante su estadía en Córdoba, debido a lo absorbente del trabajo astronómico, el paisaje de aquí lo marcó definitivamente, ya que años más tarde echaba mano a comparaciones sobre el medio y sobre sus observaciones hechas durante cabalgatas en busca de flores e insectos. Al parecer, mientras vivió aquí tuvo ocasión de visitar otras poblaciones de la provincia. Citas de sus apuntes dejan ver que esos paseos quedaron grabados en él. Al atravesar el valle de Yosemite, en California, 1877, anota: “los arbustos me recordaron los de Soconcho. Usted sabe que los Rock y yo tuvimos unas vacaciones veraniegas del ’71 al ’72 en Soconcho, en las sierras a cuarenta millas de Córdoba, y los arbustos achaparrados se parecen mucho aquí y allí.”
En referencia a los motivos por los cuales William Davis acortó su estadía en Córdoba, los autores de su biografía señalan que el joven habría tenido algunas desavenencias con Benjamin Gould, lo que es indirectamente probado en el libro. Por una parte, se cita el juicio de Comstock, uno de sus ayudantes, quien afirma que Gould “no desarrolló un sentimiento de lealtad entre nosotros, mientras yo permanecí allí, ocurrió más bien lo contrario”. Y también se encuentran referencias sobre estos posibles roces en una carta de la madre de Davis, quien responde a una de su hijo. Allí la Sra. Davis se refiere al sentimiento de fracaso que William tenía para entonces (octubre de 1872) y le dice que “así no hayas cumplido todo lo que esperabas, debes haber hecho muchos buenos aportes. Lamento mucho saber que tienes en tan baja estima las capacidades y el conocimiento del Dr. Gould. Presumo que él se ha dedicado por completo a su profesión y, pese a las fallas que se le puedan achacar de temperamento o de disposición, es un verdadero científico.”
Morris Davis fijó sus planes de viaje para inicios de marzo de 1873, y lo comenzó con el cruce de los Andes, a mula, para dirigirse luego al puerto de Valparaíso. Allí se embarcó en un vapor inglés que hizo paradas en Montevideo, Río de Janeiro, Bahía, Pernambuco y Lisboa, antes de llegar al Reino Unido, donde lo esperaba su familia. Pasó el verano de 1873 en Europa y finalmente regresó a Filadelfia a fines de ese año. Su decisión de abrazar los estudios geológicos recién tendría lugar a mediados de 1875.