Llegó la hora del cupo liberal

La semana pasada, el proyecto fue sorpresivamente tratado en la Cámara de Diputados, logrando sanción por una abrumadora mayoría.

Por Daniel Gentile

Hará un año leí una nota cuyo título era más o menos así: “A la política le faltan mujeres.” Luego de destacar las clásicas virtudes femeninas, en una exaltación de valores (sensibilidad, intuición, vocación por la paz), que por su carácter claramente tradicionalista serían hoy tachados de “machistas”, el autor (o la autora) llegaba a la conclusión de que nuestra vida sería mucho mejor si fuéramos gobernados mayoritariamente por señoras y señoritas.
El lector, a esa altura, podía pensar que el articulista se extendería en recomendaciones para estimular entre las mujeres el interés por la política, más o menos como la Iglesia Católica fomenta las vocaciones sacerdotales. Pero no. El columnista hizo un by pass, pasó por encima de la etapa de la incentivación, que tal vez fuera demasiado larga y de resultado incierto, y sin más trámite comenzó a apoyar enfáticamente un proyecto denominado de “paridad de género”, que proponía que, por ley, la mitad de los candidatos a diputados y senadores nacionales fueran mujeres.
La semana pasada, el proyecto fue sorpresivamente tratado en la Cámara de Diputados, logrando sanción por una abrumadora mayoría. Puede decirse que la victoria fue aplastante, con el arco invicto, pues los cuatro votos en contra que se registraron, en realidad provenían de la izquierda, que consideraba que la iniciativa no era suficientemente feminista.
¿Había hasta entonces algún obstáculo legal para que las mujeres fueran candidatas? No. ¿Había alguna disposición que impidiera que las listas fueran compuestas íntegramente por mujeres? No. Ahora, con esta ley, sí se le pone un tope a la participación femenina. Las mujeres no podrán superar la mitad del total de las candidaturas.
Como observación lateral, puede acotarse que, a la luz de la ideología de género, que también tiene en la Argentina rango legal, el carácter de mujer o de hombre no está definido por la genitalidad ni por la conformación cromosómica, sino por la “autopercepción”. Ser mujer o ser varón es una simple decisión personal, que omite toda consideración a los dictados de la naturaleza.
Se advierte además que no se ha tenido en cuenta en esta ley la situación de las personas que han decidido no portar género alguno, y que es una franja que está reconocida incluso por las organizaciones internacionales. Estos individuos habrían quedado condenados a una especie de limbo electoral, una suerte de incapacidad de derecho para ser candidatos, pues no encajarían en el cincuenta por ciento masculino ni en el femenino.
Digresión al margen, si no existen impedimentos legales ni constitucionales, fuera de la edad mínima y la idoneidad, para que cualquier persona aspire a ocupar un escaño en el Congreso, ¿qué es entonces lo que están haciendo la ley de “paridad de género”, e incluso la vieja ley de cupo femenino?
Lisa y llanamente están imponiendo candidatos, al amparo de un pretendido “igualitarismo”.
Estamos ante leyes claramente totalitarias, pues parten de la premisa de que los congresales no están para defender ideas sino los intereses de sus genitalidades u orientaciones sexuales. Leyes de raigambre fascista, pues encuentran su antecedente directo en el corporativismo mussoliniano, en el que se accedía a las Cámaras no en representación de partidos sino de diversas actividades o grupos. En realidad, toda ley de cupo es inconstitucional, pues vulnera el principio de igualdad ante la ley, al establecer, en detrimento de otros, una prerrogativa basada en el género o en cualquier otra circunstancia.
Si al momento de tratarse en la Cámara este proyecto no hubo entre nuestros diputados uno sólo que se atreviera a rebatirlo y plantearle una fuerte oposición, es porque en la bolsa de la política los valores de la libertad y la igualdad ante la ley cotizan en cero. Adviértase que a esta ley la promovieron y la votaron legisladores de todo el espectro ideológico. Desde el oficialismo macrista (acusado de “neoliberal” por algunos), hasta las diversas vertientes de la izquierda.
Un diputado auténticamente liberal no hubiera permitido que este engendro se filtrara. Por lo menos hubiera hecho escuchar su voz, siquiera con un valor meramente testimonial.
¿Es posible, es admisible, tal homogeneidad en la vocación por el totalitarismo entre quienes fabrican las leyes?
Es posible, y es legal, porque estos son los diputados que han sido elegidos por los ciudadanos.
Pero, ¿y el pluralismo ideológico? ¿No sería mucho mejor un Congreso en el que las diversas corrientes de pensamiento tuvieran su representación?
Se dirá que los liberales son refractarios a la política profesional, por el natural recelo que sienten por el Estado y por el ejercicio del poder. Se dirá entonces que no hay muchos liberales que se dediquen intensamente a la política. Se dirá también que cuando se presentan no los vota nadie.
Pero si esto es así, ¿qué hacemos con un país donde quienes priorizan la libertad individual y la igualdad ante la ley no tienen representación?
Creo, como conclusión, que ha llegado la hora de que, por ley, fijemos para nuestro Congreso Nacional un cupo liberal.
Al fin de cuentas, imponer candidatos en aras de una más amplia coloración ideológica, parece menos grave que imponerlos sólo por su genitalidad o su autopercepción.



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