Dilema K en Córdoba: coherencia o realismo

Carro está viviendo por anticipado esta tensión originada en la arena mediterránea. Nominalmente ha declarado su voluntad de integrarse al bloque kirchnerista pero, por dentro, las dudas lo atormentan.

Por Pablo Esteban Dávila

Si, a nivel nacional, el proceso de descomposición del kirchnerismo parece no tener fin, el panorama en Córdoba es todavía más complejo. No sólo la provincia ha redoblado, en las últimas elecciones, su tradicional rechazo a Cristina (como en su momento lo hizo con su esposo Néstor) sino que, además, redujo a su expresión política local a un exiguo 10%.
Este porcentaje es, en términos históricos, insuficiente para lograr una banca pero, gracias a los imponderables del sistema D’Hont, esta vez alcanzó para que un desconocido Pablo Carro se alzase con una diputación nacional para Unidad Ciudadana.
El malabarismo estadístico ocultó lo que, en los hechos, fue la confirmación de un declive local que no deja de profundizarse. Antes, por lo menos, los K gozaban del apoyo del peronismo liderado por Eduardo Accastello, pero ahora ni siquiera cuentan con este palenque en donde rascarse. Sólo sobrevive el archipiélago de mini-tribus que aun profesan un respaldo hacia la expresidente.
Pero también esto se está tornando relativo. El Bloque Córdoba Podemos, la expresión legislativa del espacio en la unicameral, cuenta con cada vez menos integrantes. Tres de sus ocho miembros originales (Ricardo Vissani, Nora Bedano y Fernando Salvi) ya han partido, mientras que el resto espera seguirlos tan pronto termine el año. Los migrantes han buscado cobijo en la oficialista Unión por Córdoba que, compuesta por delasotistas y schiarettistas, ha sido una de las fuerzas más críticas con el anterior gobierno nacional. Sólo la perspectiva de una bienvenida interesada debe haber mitigado el desconsuelo de tener que abrazar a sus antiguos adversarios, transformados ahora en paradójicos salvadores de proyectos políticos personales.
Carro está viviendo por anticipado esta tensión originada en la arena mediterránea. Nominalmente ha declarado su voluntad de integrarse al bloque kirchnerista pero, por dentro, las dudas lo atormentan. Él sabe que ha vivido (y todavía lo disfruta) de un momento de gloria por haberle obsequiado una banca a Cristina en la provincia más macrista de la Argentina, pero también comprende que esta fama le puede ser efímera.
Tiene razones para temer tal cosa. En su fuero íntimo sabe que está lejos de ser un caudillo de la izquierda; de hecho, su nivel de desconocimiento público es todavía muy elevado. Tampoco está claro que sea el referente supremo del progresismo local. Su campaña estuvo llena de ausencias antes que de fervor militante, esa sublimación tan cara al imaginario nac & pop. Si alguien cree que Carro es el canciller Otto von Bismark de una próxima unificación de las mini tribus K, pues debería estar más atento a lo que está sucediendo.
Prudente, el diputado electo se está ocupando de arrojar algunas pistas. Por de pronto ha afirmado, recientemente, que adscribe a una suerte de peronismo “progresista y democrático”. Sin saber exactamente qué podría significar el sintagma, el hecho que “peronista” sea sujeto y lo demás predicado es lo verdaderamente importante. En lo inmediato, vale la definición por la negativa: él no se reconoce como un izquierdista que llegó al peronismo sólo por obediencia a Cristina, sino como uno que, por ahora, dice ser progresista.
El adverbio reflejaría la dúctil pasión que sienten los peronistas por interpretar el sentido y la intensidad de los vientos predominantes en política. Si lo que afirma Carro es cierto, bien podría resultar el preludio de una adhesividad poco menos que sutil a la estructura formal del kirchnerismo. Durante la campaña atacó con cierta astucia al gobierno de Cambiemos pero, en forma previsora, se cuidó de batir el parche en contra de la administración provincial. ¿Esta prudencia significa algo? ¿Es, acaso, el preámbulo de un próximo salto hacia los brazos de Juan Schiaretti, del mismo modo que lo hicieran ciertos legisladores de Córdoba Podemos? ¿O, tal vez, la señal de un “tapado” que viene a aportar una dosis todavía no imaginada de creatividad a la política local, especialmente en su versión más progre?
Más allá que, formalmente y en los inicios de su mandato, el cordobés se integre al bloque de Máximo Kirchner, deberá sopesar adecuadamente la estrategia que habrá de seguir en lo sucesivo. Profesar la fe de Cristina en Córdoba es una causa perdida y, a nivel nacional, el pronóstico no es mejor. Carro no cuenta con el pecado original de la corrupción, ni tampoco debe rendir cuentas de un cargo político ocupado en la década ganada, al menos de aquéllos que podrían haber generado cierto estrépito. ¿Por qué habría de desperdiciar un capital que, hasta cierto punto, le resulta propio en una causa perdida?
También podría resultarle funcional el hecho que Schiaretti no sea De la Sota. Aunque el estilo de gobierno de ambos es similar y, en los hechos, se han mostrado mutuamente complementarios a lo largo de casi veinte años en el poder, lo cierto es que al gobernador le gusta mostrarse con una pátina más centroizquierdista que su antecesor, un declarado conservador popular. Para dirigentes del estilo de Carro, ideológicamente formados en el gremialismo estatal (donde ser de izquierda es gratis) la píldora schiarettista es mucho más fácil de tragar que una delasotista. Un eventual cambio de bando no sería, en este contexto, una borocotización sino, antes bien, un acto de realismo entre justicialistas.
Seguramente sería bien recibido por el gobernador. Ni Schiaretti ni los suyos le obligarían a pasar bajo ninguna horca caudina o vejamen semejante. Esto no deja de ser un alivio, tanto para Carro como para cualquiera. Pero esta previsible magnanimidad no entrañaría promesa alguna sobre su futuro. Unión por Córdoba le ha dado la bienvenida a muchos K pero, a cambio, no les ha proporcionado mayores pistas sobre lo que se les depara desde el Centro Cívico. Han sido, en todos los casos, contratos de adhesión de dirigentes huérfanos de referencias sólidas con un oficialismo amable pero relativamente indiferente a lo que podría sucederles una vez agotados sus cargos actuales.
Esta estrategia, la de los desengañados y la de los munificentes, está mostrando sus fortalezas, pero tiene los límites de lo táctico. En la mayoría de los traspasados, el horizonte tiene fecha de vencimiento en 2019. No es el caso de Carro, a quién todavía le quedan cuatro largos años por delante. Deberá optar, como todas las cosas en la vida. O quedarse firme al lado de un proyecto cuyo futuro parece estar más cerca del penal Ezeiza que de Balcarce 50 o arriesgarse a formar parte de un proyecto provincial que, tal vez, sea revalidado en 2019. A la primera opción le llaman coherencia; a la segunda, astucia. El diputado electo deberá sopesar, más temprano que tarde, de qué lado de este mostrador prefiere estar.



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