44 almas para un debate que espera 34 años

Esta tragedia en ciernes se encamina a generar un fuerte debate. ¿Qué quiere hacer el país con sus Fuerzas Armadas? Es hora de que alguien lo plantee alguna vez, y que el reclamo no provenga de los propios militares sino de la clase política.

Por Pablo Esteban Dávila

La tragedia del ARA San Juan remite a nuestro más profundos temores. Claustrofobia. Soledad. Ahogo. Durante días una enorme mayoría de argentinos rezó para que ocurriera un milagro al estilo de los 33 mineros chilenos. Todos imaginamos a sus tripulantes resistiendo en la oscuridad abisal, economizando oxígeno y esperando por el rescate en las profundidades del océano, aislados del mundo en un tubo de acero apoyado sobre el lecho marino. Pero esta esperanza se ha desvanecido.
Ayer se confirmó que hubo una explosión subacuática a pocas millas de distancia de la última posición informada por el submarino el día de su desaparición. Fue necesario aislar este “evento anómalo, singular, corto, violento y no nuclear consistente con una explosión” de entre miles de sonidos oceánicos para llegar a la conclusión que nadie quería escuchar: que el ARA San Juan había perecido víctima de un episodio súbito, inesperado. La violencia de su final explicaría por qué no hubo ninguna comunicación desde el buque en un momento tan desesperado.
Esta tragedia en ciernes se encamina a generar un fuerte debate. ¿Qué quiere hacer el país con sus Fuerzas Armadas? Es hora de que alguien lo plantee alguna vez, y que el reclamo no provenga de los propios militares sino de la clase política. Aunque la posibilidad de un accidente deba ser contemplada –la profesión de las armas supone un riesgo mayor que otras actividades humanas– a nadie escapa que lo que ha sucedido es el colofón de una serie de desdichas en cuotas que se han producido en el seno de las instituciones militares en los últimos años.
La Fuerza Aérea quizá haya sido la más castigada. Durante la última década perdió más aviones que en la guerra de Malvinas. Muchos sufrieron accidentes, llevándose a sus pilotos consigo. Otros fueron desprogramados por obsoletos y sin reemplazo a la vista. La Argentina no tiene hoy aviación de caza interceptora (los míticos Mirage fueron dados de baja a finales de 2015) y los cazabombarderos A4 AR se encuentran al límite de su vida útil. Cuando esto suceda, el país no tendrá ningún medio de defensa aérea digno de tal nombre.
La Armada, como es imaginable, no se encuentra mejor. Si se deja de lado lo sucedido con el San Juan el estado de su flota es, por ser elegantes, preocupante. A comienzos de 2013 el destructor Tipo 42 Santísima Trinidad se hundió en el muelle en donde se encontraba atracado por problemas de mantenimiento, en tanto que el resto de las unidades de superficie adolecen de muchos años de servicio sobre sus cuadernas. Salvo la incorporación del buque logístico Patagonia en 2000 y la botadura de la corbeta Gómez Roca en 1984, su flota de guerra prácticamente no ha variado desde la década del ’80. El submarino Santa Cruz, otro de la clase TR1700, se encuentra en los talleres del CINAR sujeto al mismo tipo de trabajos realizados años atrás en el San Juan y, previsiblemente, su regreso al mar demorará mucho tiempo más.
El Ejército probablemente tenga algo menos de que quejarse. Cristina Kirchner prodigó de más fondos y equipos a César Milani (su general favorito) que al resto de las Fuerzas. No obstante todo es relativo. Por su naturaleza el Ejército se encuentra al margen de los titulares tipo catástrofes, a no ser que estalle un polvorín o un grupo de alienados pretenda copar un regimiento, pero también es víctima del desconcierto imperante sobre qué hacer con los militares. Tómese como dato, a guisa de ejemplo y conforme a publicaciones especializadas, que de estallar un conflicto la fuerza sólo tendría munición para sostener dos horas de combate. Esto editorializa cabalmente el estado general de la defensa nacional.
Pero lo más preocupante es el largo plazo. No hay plantes consistentes sobre el futuro de las Fuerzas Armadas. Por más que el gobierno jure por la memoria de los 44 tripulantes del San Juan que su sacrificio no será en vano, es inocultable el hecho que nadie sabe exactamente qué hacer con el asunto. Cualquier iniciativa en el ámbito de la defensa requiere tiempo y dinero, ambos extremos ausentes en la actual agenda pública.
Tómese, nuevamente, el caso de la Fuerza Aérea. Durante el kirchnerismo se adquirieron aviones de entrenamiento Grob 120TP a través de FADEA para que reemplazase a sus Mentor T-34, desprogramados tras comprobarse que los largueros de sus alas presentaban fisuras insolubles. Ahora, ya durante la actual administración, se incorporaron 12 aviones Beechcraft T-C6 Texan II para instrucción avanzada, pero no se ha dicho una palabra sobre qué ocurrirá con la flota de aviación de combate. Los famosos Pampa Serie III –anunciados por FADEA tantas veces– se producen con mayor lentitud que una misión a Marte y, por más que se los modernice, siempre serán aeronaves livianas, limitadas a roles de instrucción y ataque al suelo en el mejor de los casos.
La reciente compra de cinco aviones Dassault-Breguet Super Étendarda Francia no cuenta en esta ecuación. Estas máquinas son para la Armada, no para la Fuerza Aérea, y su rol es estrictamente monovalente, limitado a disparar misiles anti-buque Exocet. Pero, aun así y dejando por un momento de lado lo sucedido con el San Juan, la Armada tampoco tiene mucho de que complacerse. La cacareada adquisición de las denominadas Patrulleras Oceánicas Multipropósito continúa dando vueltas después de más de diez años de anunciada y ni siquiera se encuentra seleccionado el proveedor. La carencia de helicópteros navales es enorme y tanto los Turbo Tracker de lucha antisubmarina como los Orion P3 de reconocimiento de largo alcance se encuentran con una operatividad más que limitada.
Es un hecho que la Argentina tiene militares casi desarmados y sin esperanza de contar, en lo inmediato, con medios adecuados para su defensa. El país entrena pilotos de guerra para que vuelen en aviones que no pueden combatir, marinos para que tripulen buques de escasa confiabilidad y soldados para que se aburran por falta de municiones y armamento moderno. No sólo los medios militares parecen estar atados con alambre, sino también la política que debería preverlos.
El presidente Macri no puede ser tildado como responsable de este caótico estado de cosas, pero debe dar una respuesta adecuada. El suyo es un gobierno de abundante sentido común y con una agenda política realista, al tiempo que cuenta con el respaldo de una sociedad que ha emergido de la resaca populista con razonable madurez. Está en sus manos inaugurar un debate, sobre el recuerdo emocionado de los 44 submarinistas perdidos en el Atlántico Sur, sobre cuáles son los planes de la democracia argentina para sus Fuerzas Armadas, 34 años después que la última dictadura militar huyera del poder para no regresar jamás.