Devota

Bien se podía suponer que Lana del Rey era fan de Leonard Cohen, si se repasa algo de su discografía. La semana pasada, durante un festival realizado en Montreal en homenaje al trovador canadiense, Adam Cohen, hijo del artista fallecido, la invitó para cantar junto a ella una canción.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

La semana pasada, se cumplió el primer aniversario de la muerte del cantante canadiense Leonard Cohen, una de las grandes luminarias de la música internacional que falleció en 2016. Fue un año en el que el rock perdió a figuras irremplazables, como Prince, David Bowie y el propio Cohen, artistas únicos que desarrollaron una trayectoria influyente y que dejaron como legado una obra compacta y sumamente estimada. Cada uno en lo suyo, abrieron nuevos canales expresivos para que quienes vinieron después tuvieran allanada la senda hacia el futuro. Su ausencia generó un vacío para el que no pareciera haber consuelo.
De los tres, el de Leonard Cohen es el caso más especial, porque el genial trovador nunca fue una estrella de rock, como si lo fueron (y de las más brillantes) Bowie y Prince. Cohen transitó el derrotero del cantautor de culto, que obtiene la admiración por cuestiones mucho más profundas que su aspecto y hasta que su propia música. Él no ha sido un ídolo de masas, sino más bien un ejemplo de aquellos talentosos que, desde los márgenes, son capaces de desatar emociones y pensamientos que no necesitan de la difusión radiofónica ni de la portada de las revistas.
Lejos del ruido de la farándula y del estilo de vida fastuoso que rodea a los astros de la canción, Leonard Cohen alimentó su mito a través de letras que no provocaban un efecto instantáneo, sino que promovían la reflexión. Y se sabe que se trata de un ejercicio al que no todos son afectos, porque está claro que es más fácil y atractivo divertirse hacia afuera que mirarse hacia adentro. Sin embargo, se contaron (y se cuentan) por miles los seguidores que asistieron a sus conciertos y que siguen escuchando su música con sumo afecto y entusiasmo.
Entre la camada joven de fanáticos que Leonard Cohen supo conseguir con la ayuda de sus canciones, se cuenta Lana del Rey, la cantante estadounidense de voz lánguida y mirada sugestiva que estará presentándose en marzo de 2018 en Argentina, como parte de la grilla del Festival Lollapalooza, que por quinta vez consecutiva tendrá lugar en el Hipódromo de San Isidro. Hace un año, tras conocerse la noticia de la muerte de Cohen, ella publicó un tweet en el que confesaba su profunda admiración por el músico y señalaba: “Siempre busqué encontrar algo de vos en cada uno de mis futuros amigos. Que dios te bendiga”.
Bien se podía suponer que Lana del Rey era fan de Leonard Cohen, si se repasa algo de su discografía y se presta atención al tono de sus composiciones. En 2013, cuando todavía perduraba el shock de su álbum “Born To Die”, ella grabó una versión del tema “Chelsea Hotel No. 2”, que Cohen había compuesto en 1974. Y el 6 de noviembre pasado, durante un festival realizado en Montreal en homenaje al trovador canadiense, Adam Cohen, hijo del artista fallecido, invitó a Lana del Rey al escenario para cantar junto a ella esa misma canción.
Lo extraño de este fenómeno es que Lana del Rey no es una artista de culto ni una cantautora que se regocije de habitar los márgenes de la escena musical. Tampoco reniega del modus vivendi hollywoodense y, a fuer de ser sinceros, se comporta como una pop star porque su nombre ha figurado en posiciones de avanzada en los charts de ventas. A pesar de eso, puede darse el lujo de reclamar para sí algo de aquel estilo que Leonard Cohen adoptó como propio, y en el que ella abreva más por devoción que porque así se lo marquen las pautas del negocio discográfico.



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