Estar a la altura

Algo de la moral setentista del rock nacional, que separaba entre lo comercial (malo) y lo no comercial (bueno), pervive en la polémica que se ha desatado a partir de un evento que se realizará en La Plata el próximo domingo, en conmemoración del cincuentenario de ese género en la Argentina.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Uno de los grandes méritos del rock argentino de los años ochenta fue transformar en un género popular y masivo a un estilo que, salvo raras excepciones, hasta ese momento había transitado por canales alternativos y subterráneos. Tras convivir en sus orígenes con la oferta frívola del beat, el rock nacional viró hacia un contenido más experimental y complejo, por lo que se autodenominó como “música progresiva”. En el extremo menos elitista de ese movimiento se podría ubicar a algunas canciones de Sui Géneris, pero propuestas como las de Color Humano, Invisible o El Reloj no entraban dentro de los cánones de los hits que seducían multitudes.
Varios factores confluyeron para que de esa misma cantera surgiesen, a comienzos de los ochenta, temas que encandilaron a gente de diversos lugares y de distinta condición social. La Guerra de Malvinas, que impulsó a la dictadura a promover la difusión de música en castellano, fue un elemento determinante. Pero también lo fue que el rock nacional se encontrase en ese momento lo suficientemente maduro para salir del ghetto y atreverse a amplificar su obra más allá de sus siempre fieles seguidores. En pocos años, su público se multiplicó exponencialmente y los sellos que antes invertían a cuentagotas en estos artistas, los adoptaron como sus favoritos.
También resultó muy importante que, al romper su caparazón, el rock empezara a relacionarse de manera abierta con otros géneros. Referentes del folklore, como Mercedes Sosa, o del tango, como Roberto Goyeneche, se vincularon con los rockeros, mientras que algunas figuras del rock como León Gieco o Fito Páez exploraron músicas nativas y ciudadanas. Este incipiente desprejuicio se replicó en Córdoba, donde algunos grupos de cuarteto adaptaron a ese ritmo los grandes éxitos del rock nacional para tocarlos en los bailes. Y también incorporaron a instrumentistas rockeros dentro de sus formaciones.
En los años noventa, la aparición del Nuevo Rock Argentino y la oposición de muchos artistas al menemismo, devolvió al género a la vereda contestataria y alternativa. La recesión de fines de esa década y comienzos del nuevo siglo obligó a muchos a volver al circuito independiente, tal como habían predicado en su momento bandas que luego desembocaron en convocatorias multitudinarias, como Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota y La Renga. Hubo un retorno a aquellos preceptos antisistema de los años setenta, que necesariamente entraban en crisis cuando alguno alcanzaba el éxito y trascendía a través de los medios.
Algo de esa moral setentista, que separaba entre lo comercial (malo) y lo no comercial (bueno), pervive en la polémica que se ha desatado a partir de un evento que se realizará en La Plata el próximo domingo, en conmemoración de los 135 años de la ciudad y el cincuentenario del rock en la Argentina. Entre muchos otros nombres convocados para actuar, aparecen los de Agapornis, Soledad Pastorutti y Lali Espósito, lo que ha horrorizado a parte de la grey rockera, que considera una blasfemia la incorporación de esas figuras de otros géneros como parte de un homenaje al rocanrol.
Sin duda, así como el tango o el folklore menospreciaron en otros tiempos a esos pelilargos que enchufaban guitarras eléctricas, el rock se considera hoy en una categoría superior al resto y, por lo tanto, cree tener derecho a elegir quiénes están a su altura y quiénes no. Sin tener en cuenta que, aquel arribo a la masividad que se produjo hace más de 30 años, lo sacó de las catacumbas y lo instaló en un espacio abierto y amparado bajo el ala del negocio del entretenimiento. Un sector para el que lo importante es generar ganancias, ya sea a través del rock, de la cumbia o de lo que sea.



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