Capitanich, desmemoriado, acusa a Schiaretti de opo-oficialista

Si el neologismo opo-oficialismo hubiera sido inventado en los años ochenta, Carlos Menem habría sido el primero en la lista.

Por Pablo Esteban Dávila

capitanichReapareció Jorge “Coqui” Capitanich con interesantes declaraciones. Sostuvo que los gobernadores Juan Manuel Urtubey y Juan Schiaretti son “opo-oficialistas”, al igual que el senador Miguel Pichetto y el diputado nacional Sergio Massa.La creativa categoría (que combina, en un mismo sintagma, dos opuestos contradictorios) revela las señales que Capitanich entiende que configuran una traición. “No han defendido las banderas históricas del justicialismo”, señaló a FM La Patriada durante el fin de semana, porque “el principal problema de muchos miembros que pertenecen a este gran espacio denominado peronismo es que, efectivamente, adscriben al neoliberalismo imperante desde el Gobierno”.
Con esta posición, el exjefe de Gabinete de Cristina Fernández regresa a un tópico de especial deleite en las falanges peronistas: el liberalismo. Ni al fundador del movimiento ni, mucho menos, a los Kirchner, el liberalismo nunca les cayó bien. Si bien existen muchas razones históricas que cimientan aquella desconfianza –la mayoría, a nuestro juicio, absolutamente pueriles o decididamente peligrosas–justo es decir que, en general, muchos peronistas de la vertiente populista nacional entienden al liberalismo como un poderoso narcótico burgués con el cual dominar a las masas y profundizar la dependencia económica.
Debe dejarse de lado, en este análisis, el hecho que Capitanich participara, con particular solvencia, del gobierno de Carlos Saúl Menem como Subsecretario de Coordinación Técnico–Administrativa de la Secretaria de Desarrollo Social. En realidad y fuera de cualquier duda, durante toda la década del ’90 recibió conchabo de aquella Administración. El riojano, como se sabe, fue el campeón de las reformas que ahora le causan cólicos. Si por menos del 5% de lo que hizo Menem en los ’90 Mauricio Macri merece ahora su acusación de neoliberal, imagínese el enormegrado de indulgencia personalque debe de haberles dispensado a las pasadas iniciativas del menemismo.
Capitanich, como tantos peronistas partícipes de aquella gesta privatista, apelan a una estrategia amnésica para poder amonestar,en la actualidad, a otros compañeros por desvíos programáticos o subversión ideológica. No es propósito de este análisis batir el parche sobre sus contradicciones personales al respecto. Después de todo es un político, no un filósofo. Bueno es recordar que en la arena política todo vale, incluso las tonterías más flagrantes. Es por esta razón que los dichos del chaqueño sobre los opo-oficialistas merecen una reflexión más profunda que el demagógico ensañamiento de corte biográfico.
En una cosa tiene razón: hay una cohorte de compañeros con diferentes responsabilidades políticas que se muestran renuentes a declarar una yihad en contra de la Administración de Cambiemos. Urtubey y Schiaretti se encuentran, efectivamente, dentro de esta especie. Esto contrasta vivamente con la línea discursiva de Cristina Kirchner y quienes la apoyan, para quienes Macri y los suyos son la quintaescencia del mal. Existe, pues, una ostensible diferencia entre ambos peronismos.
El problema radica en que, para los aludidos por Capitanich, ni la expresidente ni los suyos tampoco representan al peronismo. Si pudieran decirlo –se supone que no lo hacen por temor a mencionar otras marcas partidarias– señalarían que Cristina se encuentra más cerca del FIT que del PJ. Y, ya se sabe, para un peronista no hay nada peor que la izquierda, especialmente ahora que han dejado de convivir con ella dentro del palacio. Para ellos los K se encuentran habitando otro sistema planetario, como marginales de la nueva épica se proponen vivir dentro del justicialismo.
Además, se encuentra el tema no menor de las necesidades de cualquier gobernador. “Coqui” debería saberlo como el mejor, dado que él tuvo que conducir los destinos del Chaco durante largos años. Su falta de memoria merecería alguna prescripción farmacológica. Tanto Urtubey como Schiaretti necesitan fondos para gobernar bien porque de tal premisa derivan (correctamente) la conclusión de que así podrán afianzar sus respectivos proyectos políticos. Esto no es gratis ni, necesariamente, un camino de rosas. Tanto el salteño como el cordobés recibieron duros reveses en sus distritos en las últimas legislativas pese a su excelente relación con el oficialismo nacional. Uno puede coquetear con el oso todas las veces que quiera, pero difícilmente sobreviva siempre a sus abrazos.
Además, no puede soslayarse que el presidente ha puesto a todos los gobernadores, no sólo a ellos, en un gran aprieto. Al convocarlos a un diálogo franco y abierto sobre relevantes cuestiones impositivas, los ha participado de importantes cuestiones de gobierno. Por lo tanto, deberán ceder en algunas de sus posiciones e intereses originarios a cambio de obtener nuevos beneficios. Macri está dispuesto a realizar las concesiones que fueren necesarias (su renuncia al impuesto al vino frente a la resistencia de Alfredo Cornejo es paradigmática) y compartir el éxito con quienes colaboren en este asunto. Es un tira y afloje que va más allá de cualquier caricatura de mercachifles ventajeros y que debería merecer el mayor de los respetos.
Este tipo de acuerdos, que ojalá sean la normade aquí en adelante quienquiera fuese el presidente, es lo que impele a los Capitanich a acusar de traidores a quienes se presten al flamante juego institucional propuesto por la Casa Rosada. Pero esta posición no sólo es de un maniqueísmo torpe y retardatario sino que ignora valiosos precedentes en la historia argentina contemporánea.
Por ejemplo, si el neologismo opo-oficialismo hubiera sido inventado en los años ochenta, Carlos Menem habría sido el primero en la lista. Nadie ignoraba que Raúl Alfonsín lo contaba entre sus más confiables interlocutores dentro de la oposición peronista; de hecho, Menem se mostró abiertamente cercano al radical por lo menos hasta inicios de 1987. Dos años después y pese a tal antecedente, el antiguo aliado táctico lo reemplazó al frente de los destinos de la Nación.
La misma acusación podría haberles cabido a los intendentes radicales que, sorprendidos por la buena predisposición que mostró José Manuel de la Sota en sus dos primeras gestiones, le hicieron una oposición part time para desesperación de sus dirigentes provinciales, quienes los instaban a ser más categóricos en su relación con el Centro Cívico.Deberían haber recordado que quién gobierna necesita del poder, más allá de las grandes doctrinas políticas. Coqui también tendría que ser el primero en tomar nota del fenómeno antes de continuar con su macartismo.



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