Cambiemos y el juego de la política

Faltan dos años para las próximas elecciones, en las que se juega mucho más que algunos cargos.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

Buenos días, amigo lector. ¿Ha notado cómo ha llegado la calma después de las elecciones? Ya no hablamos de Cristina, Macri y los candidatos, sino de Messi, el mundial y las chicas que bailan con Tinelli.
Pero tal como usted sabe, eso es sólo por arriba. Por atrás se sigue trabajando a destajo, no con la agenda de ganar las elecciones que pasaron, pero sí preparando las cosas para las elecciones que vienen. Porque aunque nos quejemos de lo engorroso de ir a votar, si el deseo de los gobernantes manda, en 2019 capaz lo hagamos 4 veces.
Saquemos cuentas: se votan presidente, gobernador e intendente. Macri va a ir por la reelección. A Schiaretti muchas opciones no le quedan: Unión por Córdoba no tiene otra figura con altas chances de retener la provincia (por lo menos no ahora que De la Sota es un “bísnesman”). A Mestre se le termina en la ciudad y tiene que ver si puede hacer rancho en otro lado.
Si a eso le sumamos que a nivel nacional se vuelve a poner en juego la mitad de diputados y un tercio del senado, ya van a empezar a afinar el lápiz para ver qué se hace. Sobre todo con la segunda cámara, la de la gente con experiencia.
La negociación con las provincias (y sus muchachos en la Cámara alta) viene ríspida. El gobierno amenazó con algunas medidas que afectaban a las economías regionales, pero principalmente para tener qué negociar en el acuerdo por el Fondo del Conurbano (que tiene nombre de villa de “Policías en Acción”) y los fondos coparticipables.
Casualmente, en la misma semana en que se anunció que darían marcha atrás con algunos de esos impuestos trascienden rumores de que está el principio de acuerdo por la coparticipación. No hay que olvidarse que estos muchachos tienen cara de Bullrich, pero son más Peña.
Pese a algunos cambios menores, desde que se anunciaron las primeras reformas se ha agitado el avispero. Los ultraliberales se han sentido ofendidos por lo que consideran que es un Estado sobredimensionado, dispuesto a esquilmarlos para sostener una estructura asistencialista hipertrofiada.
La capacidad de hacer ruido que tienen nuestros amigos estatofóbicos es inversamente proporcional a las chances de ganar una elección y de retener un gobierno si lo hacen. Porque con el libreto del economista se ordenan los números, no se solucionan los conflictos de seres más preocupados por el precio del chori en la cancha que por las tasas de interés de la Fed.
Mientras los ultraliberales se sienten traicionados por un gobierno que no baja el gasto público, los progresistas sufrientes se hacen la misma pregunta que José Natanson en Le Monde: ¿y si funciona?.
Básicamente, lloran por la posibilidad de que triunfe el neoliberalismo del gobierno. Después aclara que es gradual, mesurado y ha aprendido del pasado, pero es neoliberalismo. Por último, agrega que no en todos lados termina como acá en 2001.
Llegado este punto, liberales, progresistas y gobernadores sufren por lo mismo: no le encuentran la vuelta al gobierno de los globos. Y lo que es peor, temen por una posible reelección de Miauricio, que es mucho más probable que lo que se piensa, sobre todo teniendo en cuenta que no le va a faltar plata.
Por ahora los muchachos de la revolución amarilla están tranquilos tratando de parar la inlfación con deuda, porque cuidan el gasto público como si nos proveyeran servicios de socialdemocracia nórdica.
Mientras los progresistas se relamen pensando que eso va a explotar, el gobierno se guarda una carta que está esperando para jugar, la de las privatizaciones. Si se cortara el chorro del crédito, siempre va a haber algo para vender y juntar alguna moneda.
Para hacerlo necesitaría del apoyo de los gobernadores, que son los dueños de los votos en el senado. Salvo que Miauri pueda navegar financiando con deuda hasta 2019. Y ahí, con una buena elección, gobernar sin necesidad de nadie.
Ahí está el miedo de los gobernadores (y del peronismo en general): ¿qué pasa si ya no los necesitan?. Como en una novela de Stephen King, el terror adopta formas insospechadas.
El 2019 de Macri puede ser el 93 del Tigre de Anillaco. Recién ahí consiguió el apoyo institucional crítico para pisar el acelerador de la Ferrari (que en 2001 se terminó quedando en el vado, como la del San Clemente).
Todo esto pasa mientras el gobierno camina discursivamente por una estrecha franja de vaguedades. Antes de las elecciones, su argumento era que necesitaban el apoyo de los votantes para encarar las reformas imprescindibles. Después de octubre, que no quieren traicionar a sus seguidores con cambios muy bruscos.
Mientras pasan los meses, cada vez es más difícil saber qué nos depara el futuro. A cada escenario que plantean los opositores para frenar el avance del gobierno, hay algún giro que le da argumentos para mantenerse. El principal desafío que se ve por ahora, es que en esa estrecha franja de vaguedades tampoco se sabe muy bien qué pretenden o de qué manera lo quieren hacer.
Si durante el kirchnerismo la política fue como el truco, Cristina hizo el mejor partido con las mejores mentiras, jugando con su equipo.
Si hoy se juega como si fuese póker, el actual gobierno genera el suspenso que tiene a los otros jugadores en vilo.
Pero usted lo sabe mejor que yo, amigo lector. En los naipes, da lo mismo cuál es el juego. Al final lo que realmente importa no es tener las mejores cartas, sino saber cómo jugar las que se tiene.



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