La falsa autopercepción como justificación de la acción

Paradise Papers y Revolución Rusa, a 100 años de distancia, nos demuestran que -para los poderosos- algunas cosas nunca cambian.

Por Javier Boher
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En el día de ayer se cumplieron 100 años de la Revolución Rusa. Sueño de igualdad, su realidad despertó amores y odios. Mientras algunos rescatan la importancia que tuvo en la lucha por la conquista de derechos sociales, otros la cuestionan por negar los derechos civiles y políticos de gran parte de la población.
Evento de trascendencia innegable para el destino político del siglo XX, la caída de la URSS desnudó las tramas de corrupción, autoritarismo y violencia maquilladas con ideología, que siguieron a los más de 70 años de gobierno soviético.
La gran brecha entre los valores pregonados en aquel entonces -y que todavía son defendidos por la izquierda clasista- encuentran un inesperado correlato en el escándalo de los Paradise Papers que se descubrió la última semana.
Figuras de todo el mundo se vieron salpicadas por la filtración de documentos vinculados a las actividades de ciertas organizaciones que operan en paraísos fiscales de todo el globo.
Políticos, artistas, empresarios, todos cayeron en la denuncia. Bono (el filantrópico líder de U2 que le preguntó a Macri por Santiago Maldonado y siempre se mostró como defensor de las causas populares) figuraba en el listado.
Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, Premio Nobel de la Paz y responsable del final del conflicto con las FARC también resultó salpicado.
Por Argentina, aunque con menos épica pacifista, el ministro Caputo y el secretario Aranguren figuran vinculados a las actividades de sociedades off-shore. A poco de anunciada una reforma tributaria que dejó gusto a beneficio a los empresarios, con esto queda mal parado a un gobierno que pretende redimir la imagen de oligárquico que lo acompaña desde el inicio de su aventura porteña hace casi 15 años.
Las explicaciones para sus acciones resultan poco convincentes. A pesar de que no son ilegales, sí hay una discusión más profunda, que tiene que ver con la ética de la función pública. Sin dudas, y aunque difícilmente tengan impacto político, las últimas revelaciones representan una nueva mancha en el discurso de transparencia, fundamentado como el igualitarismo soviético en un autoconvencimiento reñido con la realidad.
Pese a estar en las antípodas ideológicas, la Revolución Rusa que llevó al comunismo al poder y la Revolución Amarilla que puso a Cambiemos en el gobierno se unen en algo que se mantiene: por más grande que sea la ilusión que genere un proceso político, siempre hay una brecha entre retórica y acción.
Porque una cosa es lo que se dice que hay que hacer y otra lo que se hace. Y si no, basta repasar lo que dejó la filtración de los Panama Papers, que mostró que un tercio de las oscuras cuentas provenía de la China comunista.



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