El Pac–Man macrista

El contundente triunfo de Cambiemos en las pasadas elecciones esconde, no obstante, un lado B que es necesario seguir con cierta atención.

Por Pablo Esteban Dávila

El contundente triunfo de Cambiemos en las pasadas elecciones esconde, no obstante, un lado B que es necesario seguir con cierta atención. Se trata de la compulsión del macrismo cordobés por deglutir a sus aliados, a modo de un insaciable Pac-Man político.
No le faltan ni apetito ni enzimas para metabolizar a cualquier compañero de ruta que, por el motivo que fuera, resultare disfuncional a sus intereses. A los amantes de los juegos arcade les encantaría divertirse con la versión PRO del insaciable bichito que, al igual que el original, también es de color amarillo.
El primero en ser devorado fue la versión local del partido de Ricardo López Murphy. Imposibilitados de constituir una filial en el distrito con las formalidades de la ley, las primeras avanzadas de Mauricio Macri idearon una coalición de papel con los referentes del exministro de Economía de Fernando de la Rúa. Poco tiempo después, y sin que hubieran enfrentado elección alguna juntos, RECREAR terminó en el estómago del PRO, olvidado para siempre de su fundador y de sus electores.
Luego fue el turno de la UCEDE, aunque todavía algunos de sus miembros resistan la compulsión por comérselos. En este caso, la gula macrista tiene la estética de la más pura traición.
Como casi cualquier político sabe, el PRO encontró en la UCEDE el huésped adecuado para desarrollarse cuando todavía Macri era jefe de gobierno porteño. Al promediar el 2013 los liberales cedieron buena parte de su dirigencia al nuevo socio y permitieron que se instalase en la histórica casona de Deán Funes 228. Fue con aquélla primera estructura política que un recién llegado Héctor Baldassi pudo transformarse en diputado nacional en las elecciones de aquel año.
Pero, lejos del agradecimiento, la dirigencia amarilla comenzó a descubrir que sus anfitriones no era lo que ellos buscaban. Por supuesto, les resultaba cómodo estar en aquella casa o usufructuar buena parte de la experimentada dirigencia ucedeísta, pero el flamante aliado tenía el problema de una historia turbulenta, como la de cualquier partido con suficiente trayectoria.
Pronto comenzaron los desaires que presagiaron los mordiscones del Pac-Man. Uno de los primeros fue la introducción inconsulta de Luis Juez y su Frente Cívico a la alianza Cambiemos. Dejando de lado que el líder del “Fin del Choreo” terminó sin aportar gran cosa y que todavía ahora, ya embajador, continúa ocasionando fuertes quebraderos de cabeza al presidente, en aquel momento alguien debería haber reparado en que el personaje fue uno de los más odiosos enemigos de la dirigencia de la UCEDE tras su paso por la Municipalidad de Córdoba.
Nada de esto importó al PRO. Ni siquiera los argumentos liberales sobre que, amén de la dudosa credibilidad de Juez, sus mentiras arruinaron la carrera de muchos dirigentes sinceramente alineados con el proyecto macrista. Ni García Márquez lo hubiera escrito mejor: el juecismo terminó en el mismo espacio que los amigos de Germán Kammerath. Realismo mágico con sabor a peperina.
Luego se sumó la UCR, partido de caballeros si los hay. No obstante, algunos de sus dirigentes vetaron que la UCEDE participase de Cambiemos en las cruciales elecciones de 2015, argumentando también sus difíciles antecedentes. Solícito, el PRO decidió apartar a sus compañeros de la primera hora reemplazándolos por el Frente Cívico, los ignotos lilitos de la CC y los radicales. Los liberales, rehenes en su propia casa usurpada, tuvieron que festejar a escondidas el triunfo de Macri.
Quedaba, al menos, un consuelo: Javier Pretto continuaba al frente del PRO. Pero eso tampoco duró. Bastaron unas confusas acusaciones contra el ENINDER (un ente del cual Pretto fue vicepresidente cuando se desempeñaba como intendente de La Carlota) para que “la Coneja” saliera de la galera de la lealtad y pronunciara las inevitables palabras de las vestales políticas: “yo no puedo estar al lado de alguien sospechado de corrupción”.
Como nadie dentro del PRO lo puso en su lugar, Baldassi se salió con la suya. Pretto ya no es más presidente (está en uso de licencia más o menos perpetua) y Darío Capitani ocupa el sillón principal en la casa de la UCEDE. No hay dudas que el éxito reciente del árbitro mundialista lo ha elevado a un sitial de enorme gravitación interna y que no abdicará por sí de tal centralidad. El Pac-Man está terminando de devorar a su socio indefenso.
En el radicalismo hay cierto escozor. Si el asunto terminara con la UCEDE poco importaría, pero hay señales de que el apetito no se encuentra saciado con aquella presa. Hubo una muestra de lo que se puede esperar con el armado de listas, en donde el dedo de la Casa Rosada impuso a “la Coneja” y al incógnitoGabriel Frizza en los primeros lugares, a despecho de los deseos de la UCR.
¿Ocurrirá lo mismo cuando Cambiemos deba elegir su candidato a gobernador? A muchos radicales le corre un frío por la espalda de sólo pensarlo. Militar para hacer de Baldassi el sucesor de Juan Schiaretti es un precio demasiado alto a pagar. Si esto ocurriera, buena parte de la dirigencia del centenario partido terminaría, al estilo de Jonás, en el estómago macrista, aunque sin el auxilio de la divinidad para librarse de la inminente digestión.
Algún español podría exclamar ¡vamos hombre con la novedad! y recordarnos que los deseos del poder son siempre expansivos, aún a costa de cargarse a aliados y conocidos. Cualquier político podría transformase en un Pac-Man letal con sólo tener la oportunidad. Esto es correcto y está fuera de discusión. La novedad, sin embargo, radica en que supuestamente el PRO es algo diferente y representa al Cambio. Pero, y a menos que en su plataforma política figure algo así como el derecho de tragarse crudos a sus socios sin importar el grado de compromiso que hubieran demostrado, será inevitable reflexionar sobre que, después de todo, ni Baldassi ni Capitani (el Salieri de Pretto) representan todo lo nuevo que se promete, mucho menos alguna clase de lección moral impartida desde la nueva política.