Aprender a educar

Una nueva edición del operativo Aprender vuelve a desnudar el debate sobre el destino de la educación en Argentina, de la que nos decimos orgullosos pero que retrocede frente al mundo.

Por Javier Boher
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Hoy se realizará en todo el país el operativo Aprender, destinado a evaluar el nivel educativo de todos los alumnos de sexto grado y sexto año de la Argentina. Aplicadas el año pasado siguiendo el ritmo de hacerlo cada tres años, los magros resultados llevaron a repetirla para tener ampliar la base de información.
Los niños y jóvenes evaluados cursaron los años críticos de su escolaridad durante los mandatos de Néstor y Cristina Kirchner, por lo que serán una buena muestra de los resultados obtenidos por su política educativa, que adaptó el célebre “alpargatas sí, libros no” para convertirlo en “netbooks si, exigencia no”.
La evaluación pasó por distintas etapas, desde la negación inicial que presentaron algunos docentes y estudiantes cuando se implementó el año pasado hasta la apatía que reina hoy por hoy, en el que los medios han decidido no cubrir el hecho.
Uno de los temores es que la nueva gestión confunda evaluar o medir rendimientos con definir una política educativa. Para justificar su existencia, la implementación de exámenes anuales puede convertirse en objetivo de decenas de empleados que engrosan las filas del área educativa.
En el ritualismo burocrático que caracteriza a los responsables de las políticas públicas en educación predominan profesionales poco capacitados que pretenden copiar modelos educativos del exterior como si fuesen fácilmente extrapolables.
En ese sentido, la meca para los reformadores es Finlandia, país con el que la semana pasada se firmó un convenio educativo. Los burócratas que deben encarar la reforma pierden de vista las condiciones que le permiten al sistema finlandés (uno de los más flexibles del mundo) funcionar a la perfección.
La descentralización educativa, el progresivo abandono de las materias tradicionales y la preferencia por la lengua y las artes en el primario se corresponden con una sociedad madura, responsable y -sobre todo- educada con fuertes valores morales -aunque suene totalitario o anacrónico-.
Si comparamos con nuestro país, los europeos nos superan en todos los ránkings, desde transparencia del gobierno hasta confianza en el poder judicial, pasando por indicadores más subjetivos como “nivel de felicidad” o confianza en otras personas. Es un país donde prácticamente no existen el desempleo, la pobreza ni las brechas de género o sexual.
En ese contexto, sin embargo, hay experiencias que -sin ser las mejores- han logrado despegarse del resto. Al conocerse los resultados del Aprender 2016 a comienzos de este año, los números destacaron el rendimiento de los alumnos cordobeses, que hicieron podio en prácticamente todos los segmentos.
Eso sólo puede explicarse por la voluntad del gobierno provincial de mejorar los indicadores educativos, con prácticas que -si bien cuestionadas en un principio- demostraron ser más eficientes en el mediano y largo plazo. Nuestro país debe olvidarse de copiar modelos y superar los debates que se debe internamente, que son mucho más básicos que el rol de tal o cual partido político, o tal o cual programa económico.
No hay modelo educativo que dependa exclusivamente de lo académico, porque lo social y lo económico son variables funtamentales a trabajar para mejorar el sistema, pero tampoco se solucionan los problemas educativos cerrando la grieta y subiendo los sueldos.
Para eso es esencial que el Estado acompañe a las familias para que, junto a las escuelas, aprendan a educar.



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