La lealtad en tiempo de elecciones

En las puertas de un nuevo proceso eleccionario, un repaso por la composición de las cámaras y las lealtades que hay en ellas.

Por Javier Boher
javiboher@gmail.com

elecciones¡Feliz día, compañero lector! Tal como dijo el General, peronistas somos todos, así que tomémonos el día para celebrar la lealtad.
Hay algo simpático en el hecho de aquella respuesta ingeniosa que dio Perón para graficar la fortaleza del movimiento. Si todos son peronistas, casi ninguno lo es, porque llegado ese punto de unanimidad justicialista -y con lo peleadores que somos los argentinos- seguro vamos a buscar excusas para diferenciarnos.
Cada vez quedan menos fieles que puedan recitar de memoria las 20 verdades peronistas. Si con la mitad de mandamientos hay gente que se los olvida, con las dos decenas de verdades estamos exigiendo demasiado esfuerzo. Se supone que se las aprende para defenderlas, pero ¿de quién defenderlas, si peronistas somos todos?
Mientras tomaba mate en pleno feriado, me agarró curiosidad por saber cuántos justicialistas hay en el Congreso, así que me puse a contar bloques y monobloques. Resulta que de 40 que hay, 22 son peronistas (así que si necesitaba un número, juéguele al loco).
Por supuesto que no todos votan de la misma manera, porque en pleno 2017 tienen más divisiones que pastillero de hipocondríaco. Son 147 diputados de 257, que representa el 57% de la Cámara.
Si forzamos un poco los números, contando a los radicales de origen que hoy están en otras fuerzas, los devotos del Peludo juntan 54. Sólo el 21% del total.
El PRO queda afuera de esa cuenta, con 41 (casi 16%). Los contamos aparte porque todavía representa un engendro frankeinsteneano de difícil encuadre para los politólogos.
El 6% restante se divide en distintas opciones de izquierda y derecha, con más o menos cercanía al peronismo o al radicalismo. Pasamos desde el rojo del FIT al amarillo de Olmedo para rellenar los huecos de la amplia gama cromático-ideológica que tiene el electorado.
Eso es con los números duros, porque después los apoyos y lealtades se van cruzando de maneras insospechadas, que nada tienen que ver con las cuestiones ideológicas. Los dos sabemos, compañero lector, que en política mandan las necesidades y las posibilidades, no las ideas. Sino pregúntele a la flor del radicalismo bonaerense que hoy está con el compañero de Tigre compartiendo fórmula para el Senado.
Mientras seguía en mis profundas disquisiciones partidístico-legislativas me puse a pensar en el Senado, la casa de los espíritus de la política pasada. Allí deambulan los cuadros más experimentados, como exgobernadores o expresidentes, que conocen bien el paño de la negociación.
Ahí el peronismo domina con 52 senadores sobre 72, casi tres cuartos del total de miembros. Para no perder la esencia se dividen en 14 bloques (ahí tiene otro número, el de la ministra Bullrich). La mayoría del peronismo es abrumadora si la comparamos con el resto de las fuerzas, donde el panradicalismo apenas supera el 15%.
Lo realmente interesante es lo que va a pasar a partir de la semana que viene. Después de las elecciones se viene la renovación de bancas y hay que ver cómo se acomoda todo. Si la escuchó a Cristina esta semana, negando lealtad al exministro de la indebida gestión de trenes, ya sabe que la cosa se va a poner interesante.
Por extremo que suene, 20 de los 24 senadores que se renuevan son de origen peronista, aunque sólo 15 pertenecen al bloque del Frente para la Victoria. Sobre esos números -y siguiendo los de las PASO- el peronismo podría llegar a perder ocho bancas, que pasarían a manos del oficialismo. Así, Cambiemos podría sacar el 50% de las bancas en juego
Como peronistas somos todos, en 2011 el justicialismo ganó en los ocho distritos que eligen senadores y en cuatro salió segundo, pegado a la reelección de la Reina del Calafate. Lo que podría pasar ahora, con un peronismo en retroceso y con la señora entrando al Senado, es algo que ni los oficialistas más optimistas (como aquellos formados en los seminarios de pensamiento positivo de Rozitchner) se podían imaginar hace seis meses.
Una de las peores noticias para los acólitos peronistas es que el ingreso de la expresidenta puede significar el final de la “máquina de impedir” que encontraron todos los gobiernos de otro signo político en el Senado.
El malabarista rionegrino Miguel Ángel Pichetto, que hoy encabeza la banacada del PJ/FPV, debería dar un paso al costado para que conduzca Cristina. O romper con ella y armar un nuevo bloque que represente al remanente del peronismo. Esa incógnita se va a empezar a dilucidar a partir de la próxima semana.
Hay un dato de color: aunque la señora haya levantado la copa del triunfo en las PASO, lo hizo con poco más de un millón de votos. La banca que renueva, que ganó Aníbal Fernández en 2011 con el 56% de los votos significó haber recibido -agárrese- 4,6 millones de votos. En seis años, tres millones y medio de bonaerenses cambiaron su voto por otras opciones. Esa licuación de apoyo popular en la cuna del peronismo puede anticipar una fractura.
Después de las elecciones y a medida que vayan pasando los meses vamos a ver de qué manera se acomodan las lealtades, porque todos sabemos que una vez que se ubiquen en la poltrona, la única verdad que conocen los legisladores es la de Groucho Marx: “Estos son mis principios, y si no les gusta, tengo otros”.
Así que, amigo lector (discúlpeme, pero me cuesta sostener la impostación del compañerismo justicialista), ahora se viene lo interesante. Dentro de unos días y con los números puestos, veremos cómo sigue la segunda mitad del gobierno de Gatricio.
Paciencia, queda menos de una semana.



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