Ana Iliovich y su libro de memorias

La autora nos muestra en palabras, y según su propia experiencia, cómo se reconstruye el horror de La Perla y lo que implica ser víctima del terrorismo de Estado. La memoria se hace presente por miles. “La escritura está ‘detonada’ por la necesidad de transformar el horror en palabras, en objeto, darle forma para, finalmente, alejarlo”, asegura.

La palabra, testigo y sobreviviente del dolor

Por Santiago Pfleiderer
san.pflei@gmail.com

IliovichAna Iliovich nació en la localidad cordobesa de Bell Ville, al sureste de la provincia, en 1955. Es Psicóloga, docente y alfabetizadora, y actualmente reside en Villa Allende.
Luego de una primera presentación en el mes de junio, el sábado 16 de septiembre presentó nuevamente su libro “El Silencio, postales de La Perla”, junto a los comunicadores Mariana Romito y Dante Leguizamón, en el Museo Histórico y Cultural Villa Allende.
Ubicado sobre la ruta nacional 20 a 12 kilómetros de la ciudad de Córdoba, yendo hacia Carlos Paz, La Perla fue el principal centro clandestino de detención durante la última dictadura cívico militar que duró desde el 24 de marzo de 1976 hasta el 10 de diciembre de 1983, aunque el establecimiento funcionó desde 1975 hasta 1979. Junto con La Ribera, el D2 (Departamento de Informaciones de la Policía), Malagueño, y la “Casita de Hidráulica”, La Perla fue el lugar donde se concentró la tortura, los asesinatos y desaparición de personas por parte del Tercer Cuerpo del Ejército liderado por Luciano Benjamín Menéndez. Entre 2000 y 2500 personas pasaron por las instalaciones del horror. Ana Iliovich fue una de ellas, testigo y sobreviviente del plan sistemático de exterminio. Allí estuvo secuestrada desde 1976 hasta 1978 hasta que quedó en una extraña situación de “prisión domiciliaria” en la cual pudo visitar a su familia en el sur de la provincia y relatar el terror de lo vivido. Un cuaderno y la memorización de nombres le ayudaron a mantener viva la memoria a pesar de la asfixia del dolor.
Luego de haber vivido en el Chaco, en Perú y en Tucumán, y 25 años después de haber pasado por el centro clandestino de detención más grande del interior del país, Ana comenzó a ponerle palabras a sus recuerdos y sacar a la luz retazos de oscuridad. Así, este 2017 y bajo el sello de Los Ríos Editorial, nació su libro.
“El silencio” es una referencia ineludible hacia lo que no está: los desaparecidos, los cuerpos, los nombres, la identidad, las ideas, el origen, todo lo que la dictadura hizo callar, aunque gracias al valor de quienes pudieron sobrevivir, a quienes denunciaron y a quienes aún testifican, la vida de los propios y de 30.000 se resignifica. La voz y la palabra vinieron a romper el silencio.
-¿Cómo se hace para ejercer la memoria siendo víctima del terrorismo de Estado y transformar el dolor en un libro? ¿Hubo un detonante que te impulsó a contar tu experiencia?
-Trabajé en este formato de “postales” o micro relatos que tiene que ver con la manera en cómo los recuerdos aparecen: fragmentados, mezclados, pasando de la escena a la reflexión sobre la escena. La escritura está “detonada”, como vos decís, por la necesidad de transformar el horror en palabras, en objeto -como la escultura de Luis sobre el texto- darle forma para, finalmente, alejarlo. La escritura restañando. Un poquito de cura. Hizo falta todo este tiempo para mostrar y mostrarme, y ayudó muchísimo tener una amiga editora, Tamara Pachado, que confió en el texto y me ayudó a darle forma. No sé si lo hubiera hecho sin ella.
-Tus testimonios fueron claves en los juicios. ¿Qué sentís con respecto a eso?
-En realidad lo mío no fue más importante que lo de los cientos de testigos que aportaron a que la verdad salga a la luz. Puedo decir que no fue fácil, que el testimonio implica un “volver a vivir” inevitable del que se sale mejor o peor según las circunstancias personales que uno esté atravesando. En mi caso, y esto lo describo en el libro, entre el 2008 y el 2014 hubo diferencias sustanciales. De uno salí bastante “herida de pasado”, y del otro, mucho más libre de lo que me sentía antes de hacerlo. Y esta sensación es muy bonita. De a poco me he ido sintiendo mejor, útil, encontrándole sentido a la sobre vida. Y el 25 de Agosto de 2016, día de la Sentencia de la Megacausa La Perla-Campo de La Ribera, fue como la culminación de ese sentir colectivo. Un luminoso día de justicia.



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