Encanto ancestral

De manera insólita, para la banda de sonido de su película “Zama” (una adaptación de la novela de igual nombre de Antonio Di Benedetto) la realizadora Lucrecia Martel recurrió a las canciones de los discos de Los Indios Tabajaras, un dúo de guitarristas brasileños que triunfó en los años cincuenta.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

Cuando los conquistadores arribaron a las costas del actual territorio de Brasil, se encontraron con los pueblos tupíes, que eran originarios de la Amazonia pero que luego extendieron su dominio hacia el norte, el este y el sur. A ese grupo pertenecían, entre muchos otros, los tabajaras, que también cayeron bajo el yugo de los portugueses y se vieron sometidos al trabajo esclavo en las plantaciones de azúcar. No todos aceptaron pacíficamente este régimen y hubo encarnizados enfrentamientos, hasta que intervinieron los jesuitas e intentaron convertirlos pacíficamente. Con la expulsión de esta orden eclesiástica, muchos tabajaras se incorporaron a la vida cotidiana en las aldeas.
Los tabajaras tenían sus asentamientos en el nordeste de Brasil, aunque algunos antropólogos de aquel país desisten de denominar así a una etnia en particular y sostienen que es sólo una palabra que los aborígenes aplicaban indistintamente a sus cofrades y a sus enemigos. Lo cierto es que los tabajaras perdieron sus tierras a manos de los colonos y durante los siglos posteriores vagaron por diversas regiones, sin lograr afincarse en ninguna parte tras haber caducado los derechos sobre sus antiguas propiedades. En la actualidad, apenas sobreviven unos tres mil representantes de esta estirpe, distribuidos en cinco regiones del estado de Ceará.
Pero hubo un momento en que los tabajaras cobraron reconocimiento internacional. No fue producto de un levantamiento, ni de una revuelta ni de un reclamo para que les devuelvan lo que alguna vez les perteneció. Su nombre obtuvo repercusión porque dos miembros de esa casta se destacaron en el ámbito de la cultura, primero dentro de su país y después en el exterior. Aunque arrancaron su carrera profesional a comienzos de los años cuarenta, el dúo de Los Indios Tabajaras trascendió durante la década del cincuenta y se mantuvo activo hasta bien entrados los setenta.
Así como en la Argentina, por esa misma época, los folkloristas que triunfaban en Buenos Aires lucían ropajes gauchos, la dupla de tabajaras se presentaba con vestimentas y maquillajes correspondientes a los arreglos ceremoniales de su tribu. Armados de sendas guitarras, los hermanos Natalício y Antenor Lima grabaron adaptaciones para su instrumento del repertorio clásico y, gracias a su virtuosismo y a su exótica imagen, ganaron popularidad en todo el continente americano, para luego ingresar en el mercado anglosajón. Su abordaje del clásico “María Elena” se transformó en un hit mundial en 1963, cuando fue utilizado como cortina musical del informativo de una radio de Nueva York.
De manera insólita, a las canciones de los discos de Los Indios Tabajaras recurrió Lucrecia Martel para la banda de sonido de su película “Zama”, una adaptación de la novela de igual nombre de Antonio Di Benedetto. Por azar, la cineasta llegó hasta la obra de este dúo y consideró que sus guitarras podían musicalizar esas escenas ambientadas en una zona indefinida del noreste del Virreinato del Río de la Plata a fines del siglo XVIII, donde el corregidor Diego de Zama aguarda infructuosamente que se autorice su traslado a un lugar menos agreste.
En el marco de una reunión nocturna, plagada de sensualidad y de aguardiente, el aporte de los tabajaras encaja de manera forzada en el ciclópeo trabajo de la realizadora tendiente a reconstruir una época de la que casi no hay testimonios. Sin embargo, cuando la acción se traslada tierra adentro, entre ríos y esteros, la tonalidad sonora de los guitarristas brasileños se engarza a la perfección con ese entorno bucólico y, a la vez, siniestro. Porque, a pesar de que las piezas que ejecutan Los Indios Tabajaras no tienen nada que ver con su tribu, la magia con que las interpretan terminan dotándolas de un encanto ancestral.



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