Que no se caiga

Mientras trabajan sobre las nominaciones para la próxima edición de los Grammy, autores y compositores estadounidenses, los más perjudicados con el actual reparto de los beneficios que genera la industria musical, han iniciado una campaña de reclamo que cada día toma mayor relevancia.

Por J.C. Maraddón
jcmaraddon@diarioalfil.com.ar

grammyPara que la rueda del entretenimiento online siga girando, no sólo hacen falta plataformas que nos brinden películas o música. Lo fundamental es que haya una producción de contenidos suficiente como para alimentar y renovar esos catálogos, más allá del material de archivo que reúne todo lo que se hizo en el último siglo. Porque el streaming no crece con películas de cine mudo o joyas del jazz, sino con las nuevas temporadas de las series de moda o con los flamantes lanzamientos discográficos de las estrellas pop del momento. Sin embargo, la práctica casi monopólica que ejercen Netflix, Youtube, Spotify y Apple Music está causando estragos en las usinas creativas.
Visto desde la perspectiva del consumidor, estamos ante un paisaje idílico. Nunca antes habíamos tenido semejante stock a nuestra disposición, de manera gratuita o pagando un canon bastante razonable. Hasta no hace mucho, la opción era el alquiler de DVDs en videoclubs o la compra de discos compactos en una disquería. Y el usuario (en ese caso llamado “cliente”) dependía de la disponibilidad del producto en el local adonde había concurrido en su búsqueda. Además, como se trataba de objetos reales y no virtuales, era imposible hacerse de un número infinito de discos o videos, tal como ocurre hoy.
Quizás haya llegado el momento de ponerse a pensar cuál es el costo que bajó para que ese milagro haya ocurrido. Y rápidamente nos daremos con que la cadena se ha cortado por el eslabón más débil; por la materia prima que es la que resulta imprescindible para que podamos disfrutar de esas producciones culturales: los autores, compositores guionistas y todos los que estén en condiciones de reclamar esos derechos de autor que representan un resabio de la economía precapitalista. Son ellos, sin duda, los que representan el papel de patos de la boda.
En el mundo de la música, muchas de sus figuras han reclamado que el pago de estas plataformas es exiguo y en algunos casos han optado por retirar sus discos de esos catálogos. Pero tarde o temprano deben rendirse ante la situación, porque no estar en Spotify es mantenerse fuera de juego y arriesgarse a quedar sin el pan y sin la torta. Bastante peor es lo que les toca a esos trabajadores menos conocidos, los que componen canciones de moda y sólo aparecen en los créditos. Para ellos, la reducción de ingresos ha sido drástica, porque no pueden compensarlos con shows en vivo o el cobro en calidad de intérpretes.
A partir de las reuniones en las que se empieza a trabajar sobre las nominaciones para la próxima edición de los Grammy, autores y compositores perjudicados por el actual reparto de los beneficios han iniciado una campaña de reclamo que cada día toma mayor relevancia. Nombres escondidos detrás de los hits de Beyoncé, Miley Cyrus o Justin Bieber, empiezan a firmar petitorios en los que enumeran sus penurias, como que algunos perciben una rendición de U$S 1.100 de parte de Youtube, por una canción que ha tenido más de 30 millones de reproducciones. Si a ellos les pagan eso, es fácil imaginar lo que ocurre de allí hacia abajo.
Como es lógico, la mirada de estos trabajadores de la industria musical es apocalíptica. Aducen que, frente a semejante destrato, sus esfuerzos artísticos comienzan a carecer de sentido. Y proponen la elaboración de leyes que protejan su desempeño, antes de que el edificio del negocio del entretenimiento se desmorone por fallas en sus cimientos. En los Estados Unidos de Donald Trump, suena por lo menos utópico que se contemplen estas demandas. Y en el resto del mundo… bien, gracias.



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